Lady Filstrup

Un homenaje a los actores españoles y, siempre, a Bruguera

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Nombre: Los Burgomaestres
Lugar: Barcelona, Spain

lunes, junio 29, 2009

Dos mujeres que brillan: Concha Velasco y Berta Riaza


Dos mujeres, dos sensacionales actrices, están de actualidad estos días con motivo del merecido reconocimiento a sus trayectorias que ambas han cosechado. Nos referimos a Concha Velasco y a Berta Riaza, dos mujeres cuyas dilatadas carreras han transcurrido por sendas bien distintas, caracterizada la de la primera por un constante seguimiento popular y la de la segunda, en cambio, más revestida de un prestigio crítico no tan conocido por el gran público. Y no es que a doña Concha no se le hayan concedido prestigiosos galardones, que los tiene en cantidad (y muy merecidos –el penúltimo, hace pocas semanas, la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo), ni que el de Berta Riaza no haya sido un rostro popular (especialmente durante su etapa profesional en Televisión Española), pero no cabe duda de que la primera por mor, en gran medida de la naturaleza de sus trabajos, más inscritos en el gusto del público más amplio, es mucho más famosa que la segunda.

Hoy coinciden los sus nombres en los periódicos porque a Concha Velasco (Concepción Velasco Varona -y no "Verona", como suele constar-, Valladolid, 29-11-1939) se le concede el premio de la Academia de la Televisión a Toda una Vida (al que podría sumar el de mejor Actriz, por su trabajo en la teleserie “Herederos”) y a Berta Riaza (nacida en Madrid, en 1932 ), en la quincuagésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida se le ha entregado el tercer premio Scanea por el conjunto de su carrera y por la impronta que su paso por el festival pacense ha dejado.

Aquí, en Lady Filstrup, celebramos la concesión de los premios a estas dos magníficas actrices, las cuales, cada una en su terreno, nos han regalado a los espectadores tantas soberbias actuaciones, y por ello nos sumamos entusiásticamente a la ovación general que ambas merecen mediante esta apresurada e impaciente nota.

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viernes, junio 19, 2009

Manuel Collado, también, telón


Hoy hemos sabido que el pasado lunes, 15 de junio, la Fatalidad no quedó satisfecha con el fallecimiento de un cómico, sino que, ensañándose con tan noble oficio, tras cobrarse la existencia de Fernando Delgado impuso también, con sólo tres horas de diferencia, que expirara Manuel Collado. Los dos actores y directores estaban ingresados en el mismo hospital de Madrid y sus cuerpos reposaron, antes de ser incinerados, en el mismo tanatorio, separados tan sólo por un delgado tabique.

Si doloroso fue despedir a Fernando Delgado, a quien, como espectador, este burgomaestre estaba acostumbrado a su presencia a lo largo de toda su vida, no deja de causarnos pesar saber del final de este otro actor, por mucho que su imagen, incomparablemente menos difundida, no nos fuera tan familiar. Para este burgo, Manuel Collado era, ante todo, el afortunado mortal que se había desposado con la gran Julia Gutiérrez Caba, pero, como trataremos de explicar en los párrafos siguientes, don Manuel era incluso más que eso.

Manuel Collado Álvarez, hijo del actor Manuel Collado Montes y de la bailarina María Álvarez Esparza, nació en Barcelona, en 1921. Tras estudiar bachilleratos español y alemán, se graduó en Berlín, en la Escuela de Arte Dramático del Deutscher Theater. Siendo todavía poco más que un muchacho, vivió su primera experiencia fílmica en la película de Benito Perojo rodada en tierras germanas, “El barbero de Sevilla”, que protagonizaban Miguel Ligero, Roberto Rey (como Fígaro), Raquel Rodrigo y Estrellita Castro, haciendo el breve papel de criado del conde de Almaviva (Fernando Granada). En 1941 firma su primer contrato profesional con el Teatro Municipal de Estrasburgo y en años sucesivos trabajará en los teatros de Essen, Salzburgo, Wurttemberg, Stutgar, entre otras localidades del país teutón. Cuando regresa a España, en 1948, lo contrata Gregorio Martínez Sierra, en la compañía de Catalina Bárcena para cumplir con las funciones de actor y de director. A este periodo seguirá el que le puso en las filas de la compañía de la no menos gran actriz, Conchita Montes. Entre 1958 y 1963, Manuel Collado realiza una gira que se extiende por toda la geografía europea y, tras tan fenomenal periplo, firma con Alberto Closas, con cuya compañía establece una relación profesional que se prolongará siete años y que le proporcionará la oportunidad de conocer (durante el montaje de la obra “Edición especial”, de Ben Hecht, precisamente) al que será el amor de su vida, Julia Gutiérrez Caba. Según el propio Manuel Collado recordaba en palabras recogidas por Manuel Román en su libro correspondiente de la serie “Los Cómicos” (Ed. Royal Books, 1996) : “Yo hice una vez un ínfimo papel en la obra “Flor de cactus” con tal de estar junto a Julia en un escenario”. Coincidirían muchas veces en escena, en distintas obras, tales como “Olivia” o “Luz de gas”, pero la coincidencia total la alcanzaron en 1964 al contraer matrimonio. También el cine recogió aquellos años de este “triángulo artístico” que formaban, en primer plano Alberto Closas y Julia Gutiérrez Caba y, ocupando un discreto segundo término, Manuel Collado, en películas como “Operación Plus Ultra” (Pedro Lazaga, 1966) o “Las viudas” (en el episodio firmado por Julio Coll, titulado “El aniversario”). En la primera, Manuel Collado intervenía para dar vida a un cirujano, mientras que en la segunda, incorporaba al dueño del hotel en el que el díscolo Alberto Closas echaba una cana al aire a costa de la abnegada esposa a la que encarnaba Julia Gutiérrez Caba, dándose, por cierto, el gustazo de, al término del episodio exclamar admirativamente “¡Es una gran señora!” de aquella que, precisamente, en la vida real llevaba dos años siendo su mujer.
Terminada la relación laboral con Alberto Closas, en 1970, Manuel Collado formó compañía con su mujer, estrenando juntos obras de destacado mérito y éxito, como “Triángulo”, de Gregorio Martínez Sierra o “La profesión de la señora Warren” , de George Bernard Shaw. Internándose en la década de los ochenta, Manuel Collado reduce la intensidad de su actividad, dedicándose fundamentalmente a supervisar y gestionar la carrera de Julia Gutiérrez Caba, y a divulgar sus vastos conocimientos teatrales. Entre sus últimas intervenciones como actor, son destacables sus interpretaciones en “Vente a Sinapia”, de Savater, en el Teatro Español, en “El día de Gloria”, de Ors, en el Fígaro, y en “El jardín de los cerezos”, de Chéjov, en el María Guerrero, representación en la que, precisamente, compartió escenario, además de con su esposa, con el compañero que le precedió el pasado lunes en el último mutis, Fernando Delgado.
Sirvan estas torpes y apresuradas líneas como despedida para otro actor, otro hombre del teatro que nos ha dejado, que prefirió, desde su grandeza, relegarse al segundo plano, ese que permite trabajar al nivel de la excelencia sin tener que rendir tributo a la popularidad.

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martes, junio 16, 2009

Adiós a Fernando Delgado


Ayer, a los 79 años de edad y como consecuencia fatal de una larga dolencia pulmonar, nos dejó Fernando Delgado, uno de los actores cuyo sensacional trabajo cautivó a toda una generación de televidentes, entre los que este burgomaestre, como ha repetido frecuentemente en este weblog (o lo que sea), se cuenta.

Fernando Martínez Delgado (Porcuna (Jaén) -donde nació porque por allí pasaban, durante una gira, sus padres-, 28-06-1930, Madrid, 15-6-20009), hijo de la pareja de actores formada por Luis Martínez Tovar y la impresionante Julia Delgado Caro, padre a su vez de los actores Alberto y Fernando, que perpetúen la estirpe, fue el “jurado número 11”, uno de los inolvidables “Doce hombres sin piedad” del drama judicial de Reginald Rose, que ningún telespectador ha podido ni querido olvidar. Fue esta una intervención de las más señaladas, por el impacto popular que cosechó la obra en la audiencia, de las alrededor de dos mil que realizó Fernando Delgado en la pequeña pantalla. Iniciado en el escenario teatral de la mano de sus padres, siendo niño, cosechó su primer triunfo representando el estreno en el Teatro Español, el 14 de octubre de 1949, de la mítica “Historia de una escalera” de Buero Vallejo, siendo un joven apenas veinteañero, dirigido por Cayetano Luca de Tena, y acompañado sobre las tablas por su madre, Julia Delgado Caro, y por un elenco extraordinario que incluía a María Jesús Valdés, Manuel Kayser, Gabriel Llopart, Adela Carboné, José Cuenca, Alerto Bové, Adriano Domínguez (actor de su generación con el que tantas veces coincidiría en televisión) y Elena Salvador (de la que precisamente hablábamos algo, hace pocas fechas, en este mismo weblog), entre otros. Para entonces, llevaba ya nueve años pisando las tablas del Teatro Español, y continuaría haciéndolo, en décadas sucesivas, desde su condición primera de niño-actor hasta alcanzar la plenitud de comandar su propia compañía en el escenario del María Guerrero, en los años ochenta . En esa trayectoria, Fernando Delgado asumió roles en obras tan reconocidas como los clásicos shakespeareianos “Macbeth” (montaje en el que coincidió con otro jovencísimo actor, conocido en este weblog, Mario Berriatúa), “Hamlet”, “Ricardo III” y “El mercader de Venecia”, o en la “Antígona” de Sófocles vista por José María Pemán, o en “El villano en su rincón” de Lope de Vega, o, en dos ocasiones (1950 y 1952), el “Don Juan Tenorio”, todas ellas en el Teatro Español, y de otras tan renombradas como “Murió hace quince años”, de Giménez Arnau (todavía en el Español), o , ya en los años ochenta y en el María Guerrero, “La de San Quintín”, de Pérez Galdos o “La velada en Benicarló”, de Manuel Azaña, o la lectura dramatizada de “La gallina ciega”, sobre textos de Max Aub, en la que compartió escenario, como dijimos en su día, con Ángel Picazo. Entre unas y otras, el estreno de “Mañana te lo diré”, versión de Claudio de la Torre de la obra de James Sannders en la que Fernando Delgado actuó junto a Verónica Luján, Manuel Díaz, Julio Núñez, Sancho Gracia y el gran Manuel Díaz González, del que nos ocupamos un tanto, en este weblog.

A los telespectadores a quienes nos criaron los responsables de los espacios dramáticos de TVE con sus “Novelas”, “Estudios Uno”, “Ficciones”, nos emocionaba don Fernando con gran suficiencia. Un temblor de su labio inferior, un titubeo en la bien modulada voz, una amplísima frente que se fruncía y arrugaba, una mirada de ojos claros que se refugiaban bajo cejas circunflejas, nos comunicaban la inquietud, la zozobra de su personaje, sin permitirnos nunca desentendernos de sus cuitas. A lo largo de los años sesenta y setenta, Fernando Delgado dominó, al lado de otros grandes compañeros como Pablo Sanz, Jesús Puente, Tomás Blanco, Ismael Merlo, José Bódalo, Luis Prendes o José María Rodero, los primeros papeles de la inmensa mayoría de las innumerables producciones dramáticas con las que TVE llenaba su añorada programación. Director, además de intérprete (tal función, por ejemplo, desempeñó muchos años del “Estudio Uno” o en la telenovela “Anna Karenina”, con María Silva como protagonista), Fernando Delgado inscribió su nombre, junto al de los antedichos, en el libro de oro de la memoria (por desgracia, a menudo tan frágil) de la televisión española.

En los últimos años, había recobrado el contacto popular con su participación en la seguidísima serie televisiva “Hostal Royal Manzanares”, protagonizada, como es bien sabido, por el “fenómeno Lina Morgan”. El cine, en términos generales, poco generoso con Fernando Delgado, le reservaba en sus últimos años un papel destacado en un film llamado al éxito, la versión de José Luis Garci de la “Ninette y un señor de Murcia”, el de “Monsieur Pierre”, el padre de la protagonista. Anteriormente, en contadas ocasiones el séptimo Arte supo aprovechar su solvencia interpretativa, aunque participó en algunas películas excelentes, como “Todos somos necesarios” (José Antonio Nieves Conde, 1956 -citada aquí a propósito de José Sepúlveda), “Plácido” (Luis García Berlanga, 1961), y “091, policía al habla” (José María Forqué, 1960) y “Tres de la Cruz Roja” (Fernando Palacios, 1960), de las que hablamos en este weblog, en la entrada dedicada a Manolo Gómez Bur, o “La prima Angélica” (Carlos Saura, 1973), de la que hablaremos en una entrada futura, que se ocupará de glosar la trayectoria artística de Luis Peña.


Quede esta apresurada nota necrológica como sentida despedida de este burgomaestre de pacotilla, mero aficionado a la magia de los cómicos, con los que siempre mantendrá una deuda pendiente que intenta pagar a base de gratitud sincera. Y al lado, una promesa cierta de una futura entrada en la que recoger, más propiamente, la afortunada y espléndida carrera de Fernando Delgado.

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jueves, junio 11, 2009

Jesús Tordesillas, un genérico de largo recorrido (tercera y última parte)

De los éxitos de 1950, a Jesús Tordesillas le correspondió recoger frutos en 1951, tales como la Placa San Juan Bosco que le fue concedida por el semanario “Fotogramas” y que le fue entregada en el cine Alexandra de Barcelona en el solemne acto correspondiente por el director de la revista, don Antonio Nadal-Rodó la noche del 5 de febrero del aquel año. Clausurando la entrega de premios, se procedió a proyectar, en sesión de pre-estreno en la Ciudad Condal, “Balarrasa”, otro film en el que Jesús Tordesillas, como vimos en la entrega anterior, tenía un destacado papel. La década de los cincuenta comenzaba para Jesús Tordesillas excelentemente, situándole en un lugar de privilegio dentro del cine español. A su constante colaboración con Juan de Orduña sumará entonces participaciones en rodajes de directores con los que no había trabajado aún y que firmarán algunas películas memorables con su nombre en el reparto.

Apogeo en torno a la sesentena con Luis Lucia, Ladislao Vajda y Eduardo Manzanos (1951-1960)


Con Luis Lucia: de Benavente a Calvo Sotelo

De Luis Lucia (Luis Lucia Mingarro, Valencia, 1914-Madrid, 1984) ya habíamos dicho en alguna ocasión (hablando de su estupenda “Jeromín”, con toda probabilidad) que había accedido a la dirección desde el terreno administrativo, pues sus primeros contactos con el medio cinematográfico se dieron desde su puesto de jefe de producción en CIFESA, siendo aún muy joven. Su primer esfuerzo como director de un film se tradujo en “El 13-13”, que se estrenó en 1943, cuando Luis Lucia no había cumplido todavía los 30 años de edad. En todo momento, su ejecutoria como máximo responsable de las películas que llevaron su firma se caracterizó por la búsqueda del éxito popular, basado con frecuencia en el protagonismo de alguna figura con gancho entre el público y en un estilo realizador sencillo y eficacísimo.
La primera película que puso a Jesús Tordesillas a las órdenes de Luis Lucia fue un claro ejemplo de esa búsqueda de popularidad a la que hacíamos referencia. Desde el mismo título, “De mujer a mujer” remarcaba, de cara a la galería, que se trataba de un film que contaba con dos primeras figuras femeninas en la cabecera del cartel, sin duda las dos actrices con mayor tirón para la taquilla (y mejor pagadas) con las que contaba CIFESA en el momento de ser proyectada (dejando al margen el “fenómeno Aurora Bautista”, que disfrutaba en aquel momento de un estatus especial y único). “De mujer a mujer”, estrenada el 13 de septiembre de 1950, adaptaba para el cine (por Antonio Abad Ojuel y Ricardo Blasco, con guión técnico del propio Luis Lucia) la obra de Jacinto Benavente “Alma triunfante”, dramón tremebundo que se había estrenado en el Teatro de la Comedia de Madrid el 2 de diciembre de 1902 por la compañía titular del local. En “De mujer a mujer”, se cuenta la historia de Isabel (Amparo Rivelles) y Luis (Eduardo Fajardo), un matrimonio que pierde a su hija Maribel en dramáticas circunstancias (la niña se mata al caer de un columpio que era su mayor ilusión y que acababa de regalarle su padre por su cumpleaños). El terrible suceso provoca en la mujer un desequilibrio mental que la lleva a ser internada en una institución de salud, dirigida por el eminente doctor Hernández (Fernando Fernández de Córdoba, tan pagado de sí mismo como de costumbre) y siendo en ella atendida por otro joven galeno, un tal Javier (Manuel Fábregas). Prodigándole atentos cuidados, se encuentra además la abnegada enfermera Emilia (Ana Mariscal), quien traba pronta amistad con el marido de la paciente. Esa naciente relación amistosa evoluciona hasta convertirse en amorosa, con las consecuencias del nacimiento de una niña. Al tiempo, Isabel, gracias a las más modernas técnicas experimentales a las que le ha sometido Javier, recobra la razón y regresa a su hogar. Su marido decide entonces poner fin a su relación con Emilia, aunque su corazón y su sentido del deber se halla dividido entre su esposa y la mujer que le ha consolado en sus momentos de desesperación y le ha dado una hija (hecho en extremo relevante, toda vez que el matrimonio no podía tener más hijos, tras el nacimiento de la fallecida Maribel). Luis intenta rehacer su vida marital con Isabel, pero una inoportuna enfermedad de su pequeña hija le obliga a revelar su secreto a su esposa. Isabel localiza a su rival, enfrentándose a ella haciendo valer su condición de “legítima”, pero en el transcurso del diálogo las dos mujeres llegan a comprenderse hasta el punto de que ambas deciden quitarse de en medio en beneficio de la felicidad de su amado Luis. Isabel finge haber vuelto a caer en la locura para conseguir ser internada nuevamente. Por su parte, Emilia es más expeditiva e intenta suicidarse con gas. Es encontrada aún con vida por el doctor Javier y por Isabel, pero no puede salvarse su vida. Antes de morir, liberando así a Luis de la ordalía en la que estaba viviendo, cede, además, al matrimonio, el tesoro de su hija. Jesús Tordesillas, en el papel del abuelo de Maribel, despliega en principio su tipo de caballero proclive a la milicia, que ansía un nieto varón al que instruírle en el ejercicio de las armas, para pasar después a tratar de acompañar, en el piélago de desgracias, a sus hijos. Secundándole en esta difícil misión, se encuentra el padre Víctor (Manuel Luna). En papeles episódicos hallamos al siempre estimulante Antonio Riquelme, como Gutiérrez, el secretario de Luis, y a Irene Caba Alba, como una de las locas recluídas en el sanatorio del doctor Hernández.
De la siguiente película que unió laboralmente a Luis Lucia con Jesús Tordesillas, “Jeromín” (1953), hemos hablado repetidamente en “Lady Filstrup”. Recogimos aquí la presencia, apenas entrevista, de Valeriano Andrés, en la entrada a él dedicada. Volvimos a mencionar el film, algo más extensamente, cuando hablamos de Antonio Riquelme, que desarrolla en él una verdadera creación, la del personaje de Diego Ruiz, justamente premiada en su día. Y volvió a comparecer “Jeromín” cuando, en la entrada dedicada a José Sepúlveda, le tocó el turno por ser este título uno de los muchos de la filmografía del actor, esposo de la actriz Josefina Serratosa. A lo dicho en esas tres entradas cabe hoy añadir que esta adaptación de la obra del padre Coloma, que supuso el debut en la actuación de un niño que llegaría a ser, de adulto, primer actor, Jaime Blanch, brindó a Jesús Tordesillas uno de los papeles de mayor relieve y lucimiento de los que había desempeñado en la gran pantalla por la enormidad de la figura representada, nada menos que el emperador Carlos I y V de Alemania, cuando ya vencido por la edad se retira al monasterio de Yuste y reconoce al hijo ilegítimo, fruto de un desliz que, autoindulgente y magnánimo, se disculpa, como don Juan de Austria. A pesar del envaramiento que se les supone a los films “de época” de la cinematografía del franquismo, en “Jeromín” (pese a algunos “ladrillos” que salen de las bocas de los personajes), encontramos, merced a la labor de sus fenomenales actores y al buen oficio de Luis Lucia, verdadera emoción y algunos momentos excelentes. Del lado de la naturalidad mejor fingida, encontramos a Riquelme y Tordesillas, mientras que Ana Mariscal y Rafael Durán optan por artificios brillantes más aparentes. Las interpretaciones de los cuatro son disfrutables por públicos actuales. Por su parte, Adolfo Marsillach, como Felipe II, está afectado y poco o nada creíble. No sorprende que se olvidara de comentar su intervención en el film cuando redactó sus memorias.
Las dos siguientes películas que, dirigidas por Luis Lucia contaron con Jesús Tordesillas en su reparto, fueron protagonizadas por Valeriano León, actor cómico de larga trayectoria teatral (en la que le acompañó su esposa, Aurora Redondo). La primera, “La lupa”, estrenada el 10 de octubre de 1955, era una comedia que parodiaba el género detectivesco y contaba con un reparto de cómicos excelentes, representante de dos generaciones que se daban la mano: de una parte, el protagonista Valeriano León, que incorporaba a Francisco Cascales “Don Paco”, que estaba acompañado por otros genios de su generación, como Antonio Riquelme, en el rol de Felipe, y de otra, por artistas algo más jóvenes, como José Luis López Vázquez, que hacía un sacerdote (como en “Esa voz es una mina”, de aquellas mismas fechas), Antonio Ozores, como un “modisto medieval”, la gran Julia Caba Alba, como Virtudes, Luis Sánchez Polack “Tip” y Joaquín Portillo “Top”, Valeriano Andrés o Goyo Lebrero. Haciendo una especie de terribles “Hermanas Gilda” estaban las impresionantes Margarita Robles e Irene Caba Alba, como Gertrudis y Eduvigis Hinojosa. Dando el conveniente basamento “serio”, se hallaban los Manuel Luna (quien, por cierto, había estado siete años, en la década de los treinta, integrando la compañía de Valeriano León) como don Victoriano de la Encina, Rafael Durán en el papel de Fernando Orozco, Maruchi Fresno, como María, y el propio Jesús Tordesillas en su tan frecuentado papel de sacerdote, como el Padre Miguel. El film, una farsa cómica paródica articulada en forma de episodios, en cierto modo, semejantes a las primeras historietas de Mortadelo y Filemón, que estaban por iniciar su andadura, que protagonizaban el dúo de detectives titulares de la agencia “La Lupa”, incluía el relato del robo de una figura de un niño Jesús en una parroquia, segmento que, precisamente era en el que se desenvolvía el papel de Jesús Tordesillas. La segunda película, “El Piyayo”, se inspiraba en un poema del mismo título de José Carlos de Luna y, estrenada el primer día del mes de febrero de 1956 resultó el título póstumo de la filmografía de su protagonista, Valeriano León, a cuya memoria está dedicado el film. Cuenta la historia de un anciano pícaro sevillano que se busca la vida por las calles haciendo diversas monerías taurinas, aflamencadas y circenses lo que le convierten en una figura muy popular entre la vecindad. El caso es que el “resalao” vejete tiene a su cargo una numerosa prole constituida por sus nietos, que quedaron huérfanos al fallecer su madre, la hija del “Piyayo”, Milagros García Baena. Al espectador le queda claro que el abuelo no se da mucha maña en la labor de cuidar de sus nietos porque a los quince minutos del film ya se le ha muerto una niña pequeña, Rosariyo. Por fortuna, no está del todo solo. Un amigo suyo, Jerónimo, un comprensivo guardia municipal al que encarna Manuel Luna, le consigue un trabajo de camarero en un bar. La colocación, no obstante sus buenas intenciones, le dura poco al “Piyayo”, por gastarle un bromazo a Valeriano Andrés. Paralelamente, uno de sus nietos, el rebelde José, se ve mezclado con un ladronzuelo al que da vida Eugenio Domingo y con la madre de éste, a la que encarna Irene Caba Alba. La cosa se pone fea cuando roban dos mil pesetas y el comisario (José Franco) estrecha el cerco sobre José. La víctima del robo, el cura don Carlos (Jesús Tordesillas) confía en la promesa del “Piyayo” de que el dinero será devuelto en breve plazo. La desesperación lleva al pobre viejo a aceptar una apuesta que cruza con don Paco (Miguel Pastor Mata), asegurando que toreará un novillo en la finca de don Juan Manuel (Rafael Durán), en presencia del diestro al que da vida Antonio Puga, quien, descuidando un momento su misión de “estar al quite”, no puede evitar que la res cornee al improvisado novillero. Finalmente, don Paco repone el dinero robado porque “El Piyayo” ha ganado su apuesta, a pesar de que el precio ha sido muy alto, pues expira como consecuencia de las heridas. Don Juan Manuel promete en el lecho del agonizante, que se ocupará de que nada les falte a las criaturas del “Piyayo”, en un final debidamente lacrimógeno. La actuación de Jesús Tordesillas en esta su penúltima colaboración con Luis Lucia podría considerarse rutinaria, dada la frecuencia con la que incorpora el papel de sacerdote, del que don Carlos es una nueva muestra. Su misión en el film es dar consuelo y apoyo al protagonista, como ya hizo un lustro antes en “Pequeñeces”o como volverá a hacer un lustro después en “El pobre García” (Tony Leblanc, 1961), film sobre el que se ha hablado repetidamente en este weblog, como por ejemplo, en la entrada dedicada a Manolo Gómez Bur.
Ya inmerso en la década de los sesenta, el último film de Luis Lucia que contó con Jesús Tordesillas en su reparto fue “Un ángel tuvo la culpa”, adaptación al cine de la obra de Joaquín Calvo Sotelo “Milagro en la plaza del Progreso”, obra estrenada en el teatro Infanta Isabel el 12 de noviembre de 1953, con Mariano Asquerino en el papel del protagonista, Claudio, y con Ricardo Juste incorporando a su jefe don Carmelo Viñas (en la película se llamará Don Eustaquio). El reparto de la comedia incluía a Irene Caba Alba, en el papel protagonista de Eulalia y a sus hijas Irene y Julia Gutiérrez Caba en papeles de menor responsabilidad. El estreno de “Ún ángel tuvo la culpa”, producción Santos Alcocer- Exclusivas Floralva, se verificó el 25 de abril de 1960 en los cines Gayarre, Pompeya y Palace de Madrid con José Luis Ozores en el lugar más alto del elenco, como el inconsciente cobrador Claudio Martín, que habiendo cogido una melopea de consideración, se pone a repartir el dinero de su jefe, don Eustaquio Viñas (Roberto Camardiel). Denunciada la merma ante el comisario a quien da vida Alfredo Mayo, y ante la angustia de su esposa, Eulalia (Emma Penella), Claudio trata de aprovechar el plazo que se le ha concedido para recuperar el dinero distribuido, buscando a las personas a quienes se lo dio, tarea en la que le acompaña, por la cuenta que le trae, don Eustaquio. su jefe. Sumada a la acción directa, el matrimonio toma la iniciativa de buscar el apoyo de San Cosme, a quien le ponen velas. Las distintas historias y circunstancias de los diferentes personajes que van surgiendo, constituirán el cuerpo argumental de la película, el “milagro” del título original, consistente en que el dinero será devuelto. En “Lady Filstrup” ya hablamos del film con motivo de la entrada dedicada a Gerard Tichy pues es el actor teutón uno de los que incorpora a un personaje de los que intervienen en el film, concretamente, el marido burlado que, tras haber acariciado la idea del suicidio, ante el gesto de Claudio, reconsidera su primer (y negativo) impulso y decide entregar una fuerte suma de dinero al bondadoso y desprendido empleado. En el desfile de figuras de la escena que representan roles de personajes favorecidos por la prodigalidad del ebrio Claudio, que incluye nombres tan destacados como los de las madre e hija María Fernanda Ladrón de Guevara y Amparo Rivelles, Jesús Tordesillas encarna al conde de Campoy, un aristócrata venido a menos que, en curiosa coincidencia con la actitud del actor (como veremos al cierre de esta entrada, enemigo del ahorro y la previsión), empleará el dinero insospechadamente recaudado en convidar a una legión de gorrones sólo para sentirse bien. Su parlamento, en el momento del final de la juerga (motivado por el agotamiento de sus recursos) resulta conmovedor sin caer en la cursilería ni en la sensiblería por la naturalidad con la que el actor expone la poco creíble situación. Otras presencias estimulantes del film las constituyen la pareja que forman José Luis López Vázquez y la neumática María del Valle, o la del doblador Francisco Sánchez (a quien dedicamos en su día una entrada que no registraba esta intervención), que da vida a un ateo que, “no obstante”, demostraba tener conciencia, o la de la trágica y excelente Margarita Lozano, en una desgarrada creación de tintes sociales. El obligado final feliz, que fuerza el optimismo basado en la más sólida moral conservadora, consustancial al autor del argumento, culmina un relato aleccionador que sólo es rescatable del olvido por los valores de su excelente reparto.

Tres joyitas de Vajda: de los sucesos, a la página taurina, pasando por la zarzuela
En los años cincuenta, en España, un húngaro, Ladislao Kubala, escribió algunas de las páginas más brillantes de la historia del balompié nacional. Un compatriota suyo, que llevaba el mismo nombre, desplegaba en el cine (una disciplina probablemente tan noble y casi tan importante en las vidas de los españoles como el fútbol) una labor igualmente brillante, Ladislao Vajda. De las excelencias del cine de Vajda sirva como indicativo las afirmaciones siguientes: La primera, que el cine español gozaría hoy de una mucho mejor consideración crítica y popular de haber coexistido el realizador húngaro con otros cuatro de su mismo nivel y la segunda, que Ladislao Vajda, por su talento y conocimiento profundo del proceso creativo cinematográfico, habría encajado perfectamente en el exigente engranaje del mejor cine de Hollywood, de haberse dado las circunstancias adecuadas. A las órdenes de este director, firmante de algunas de las obras mayores del cine español, tuvo ocasión de trabajar Jesús Tordesillas en tres ocasiones: la primera, en la muy interesante “Séptima página”, estrenada en 1951; la segunda, en la brillantísima “Doña Francisquita”, que llegó a las pantallas en 1952, y la tercera, en la solemne “Tarde de toros”, proyectada para el público por vez primera en febrero de 1956.
Si de Luis Lucia decíamos que había accedido a la dirección cinematográfica desde las tareas administrativas, como jefe de producción, el caso de Ladislao Vajda es muy distinto. Hijo del actor, director, guionista y escenógrafo del mismo nombre (colaborador, entre otros de Michael Curtiz, Alexander Korda o Georg W. Past), nació en Budapest el 18 de agosto de 1906 y por imposición de su progenitor se curtió en todas las disciplinas de la cinematografía para conocer a fondo sus secretos antes de iniciarse en la dirección. Trasladado muy joven a Alemania con su familia, sus comienzos profesionales se produjeron en Berlín, en el campo del montaje. El triunfo del nazismo impulsa al joven Ladislao a buscar horizontes más serenos y encamina sus pasos a Londres, donde, tras unos primeros tiempos en los que trabaja como montador, no tarda a dirigir sus primeros films. De Inglaterra pasa, en pocos años, a regresar a su patria, Hungría, donde continúa dirigiendo. Diversos avatares profesionales le llevan a continuación a rodar en Italia, país del que la desconfianza en Mussolini y los rigores de la Segunda Guerra Mundial le llevarán a abandonarlo, recalando en España donde dirigirá entre 1943 y 1945 hasta ocho títulos, fundamentalmente inscritos en el género de la comedia. Tras una nueva experiencia en Inglaterra, de la mano de Alexander Korda, Ladislao Vajda se establece definitivamente en España en 1950, alcanzando la ciudadanía en 1954, año en que estrena su mayor éxito, “Marcelino, pan y vino”, tras haber obtenido dos años antes la condecoración de la Cruz de Isabel la Católica.
“Séptima página”, film al que en su estreno en el cine Windsor de Barcelona, en octubre de 1951, la prensa lo comparó con “La ciudad desnuda” (1947) de Jules Dassin, es una de las películas más complejas y a la vez más ágiles que se hayan realizado nunca en España. Su intrincada trama argumental, expuesta a través de un extensísimo reparto, transcurre sin embargo con fluidez pasmosa y asombra la cantidad de variadas peripecias que son capaces de plantearse y resolverse a lo largo de un metraje, por otra parte, muy escaso. El argumento y guión, obra de un escritor totalmente inhabitual en el terreno cinematográfico, Ángel Gamón, fue pulido minuciosamente por un estrecho y fiel colaborador de Vajda, José Santugini y la precisa maquinaria del guión (que fue justamente recompensada con el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos de 1951) fue desenvuelta a la perfección por el director magiar en celuloide. En esa labor milimétrica fue auxiliado por un aprendiz de excepción, Fernando Palacios, quien afinó el tino para las películas corales, como demostraría en el futuro. Se cuenta en “Séptima página” un retazo de la vida de una larga lista de personajes, cuyas incidencias vitales se verán amalgamadas por el destino en la página de sucesos del diario “La jornada”, en el que trabaja un joven periodista, Méndez (Adriano Domínguez) que es el encargado de las notas de la citada sección. La voz en off de Fernando Rey nos sitúa en la vocación coral del film al introducirnos en la intención del relato de unas horas en las vidas entrecruzadas de una serie de personajes. Nos invita a entrar en la redacción de “La jornada”, donde además de a Méndez, que está enamorado de la telefonista (Carlota Bilbao) pero que no se atreve a decírselo por considerarse “poca cosa”, conocemos al redactor jefe, el señor Prado, que está nervioso porque está a punto de ser padre por primera vez, y a Diego (Raúl Cancio), el cronista de sociedad, en cuya compañía nos introduciremos en el “night club” “Montecarlo”, donde encontraremos a nuevos personajes del drama. Allí están celebrando la despedida de soltero de Fernando Montalvo (Rafael Arcos), un joven atolondrado que ha bebido de más y al que acompañan sus amigos, entre los que está el periodista Diego. Uno de ellos, Carlos (José María Rodero), no parece muy contento, luego sabremos porqué. En el mismo local, asistimos a la conversación entre Paco (Alfredo Mayo, que actúa con la voz prestada por Ángel Picazo) y Maruja Ramos (Anita Dayna). Ambos son vividores que tuvieron algo que ver en el pasado. Ella le pide que deje a su actual amante, su hermana Leonor (María Asquerino), porque está casada y piensa que su marido, Manuel (Luis Prendes) es un buen hombre que no se merece tal humillación. Paco es un delincuente que ha atracado la noche anterior una fábrica y un cínico al que tales miramientos le tienen sin cuidado. Maruja, por su parte, es una mantenida a la que el banquero José Arrosti (Jesús Tordesillas) le ha puesto un piso en la Avenida de las Acacias. Se da la circunstancia de que Arrosti es, precisamente, el padre de Isabel (María Rosa Salgado) y futuro suegro, por tanto, de Fernando, el joven beodo que está celebrando su despedida de soltero. Aparece en escena Manolo, el cuñado de Maruja, que trabaja de camarero en el “Montecarlo”. Durante un baile, Fernando, muy patoso, se pelea con Paco. Interviene el inspector Fuentes (Rafael Durán) quien, tan redicho como siempre, pone fin a la pelea con un inaudito: “¡Esto se ha concluido!” cuando cualquier otro mortal se habría limitado a exclamar “¡Se acabó!”. La aparición del policía hace actuar a Paco, que lleva encima la pistola con la que efectuó el atraco la noche anterior, dándosela al camarero Manolo del cual está muy lejos de imaginar que es el marido de su amante. Fernando y Paco terminan en comisaría, Manolo se queda sin cobrar la mesas que había servido y lo despiden. Diego recoge una comprometedora foto que se ha caído del bolso de Maruja.
En el domicilio de los Arrosti, al enterarse de la informalidad manifiesta de Fernando, se decide que se cancela la boda de la niña, para disgusto, especialmente, del padre del novio (Manuel Arbó), que ve esfumarse la participación en la fortuna del consuegro. No obstante, Diego interviene fulminantemente, enseñando la foto recuperada en el tumulto del “night club” al banquero, coaccionando suavemente al que califica, con toda intención de “hombre íntegro”. Arrosti accede al chantaje y cambia de idea sobre la boda de su hija. En todo caso, queda de manifiesto que Isabel no sabe lo que quiere y que no está realmente enamorada de Fernando. Su padre la retrata ante su mujer con una frase lapidaria (y ofensiva para su esposa, a la que, no olvidemos, le es infiel): “Tan terca como yo, y tan tonta como tú”. Paralelamente, conocemos a Javier (Rafael Romero Marchent), un estudiante de medicina, a punto de acabar la carrera, que comparte habitación de realquilados con Méndez. Es un joven idealista e inocente que se halla enamorado “hasta las cachas” de una muchacha llamada Amparito, quien es, realmente, Maruja Ramos, que mantiene esta doble vida incapaz de desengañar a Javier, por un lado, y de dejar su medio de subsistencia (el banquero pagano) por otro. Mientras los encuentros entre Javier y Amparito son de una ternura que conmueve más en cuanto que están cimentados en una mentira, los de Manolo con su esposa Leonor en el domicilio conyugal resultan de una aspereza agria que incomoda. La mujer reprocha al marido que no sabe ganar dinero para darle el lujo que ella merece, le echa en cara que si no fuera por su hermana no tendría ni qué ponerse (y así, de paso justifica los regalos que le compra Paco) y, en consecuencia, siempre sufre dolor de cabeza a la hora de cumplir con el débito conyugal. A Manolo, la situación lo mantiene a un paso de la desesperanza. El inspector Fuentes le echa un cable, al menos en lo laboral, consiguiéndole una colocación en otro local nocturno de los que él controla, uno que regenta un señor con la extraña cara de Manuel Aguilera. Entonces, al probarse la chaquetilla nueva, el dueño del garito observa que el recién llegado lleva una pistola, lo que comenta al policía por si lo del arma de fuego fuera cosa suya. Fuentes habla con Manolo y éste le entrega “la pipa” asegurándole que iba a decírselo y que podría identificar a quien se la dio. El policía se pone en contacto con su superior (José Sepúlveda) quien ordena al agente Robles (Francisco Arenzana) que haga las pertinentes pruebas balísticas en el laboratorio de la brigada criminal. Así comprueban que se trata del revólver empleado en el atraco a la fábrica. Fuentes se pone de acuerdo con Manolo para tender una trampa a Paco con el pretexto de que va a devolverle la pistola. Lo imprevisto se produce cuando Paco, al presentarse con Leonor, provoca la reacción desesperada del infeliz camarero, que dispara sobre su adúltera esposa, matándola. Fuentes detiene a Paco, no sin sufrir un balazo. Previamente a este final del relato criminal, se ha resuelto felizmente el caso sentimental de Isabel, al desencadenarse la intervención de Carlos quien, ante la inminente ruina económica del banquero Arrosti, da un paso al frente y se postula, desde su modestia de abogado recién licenciado, a ayudar en lo posible y a casarse con Isabel. Este gesto deslumbra tanto al padre como a la hija, que reconoce en él al amor tranquilo “de toda la vida” que necesita. El otro caso planteado, el de Javier y Amparito tiene peor desenlace, pues la joven, tras recibir una amable patada por parte del reformado Arrosti, ha sido descubierta en su doble vida por una indiscreción de su criada (Julia Caba Alba) ante Javier, el cual queda anonadado ante la noticia. Tanto es así que cae en una especie de trance y se echa a andar sin rumbo fijo por las calles de Madrid. Méndez, que trata de hacerle reaccionar, presencia cómo su amigo provoca, al cruzar la calzada sin ninguna precaución, un accidente que tiene como consecuencia un herido de consideración. Este suceso consigue que el médico que hay en el interior del desconcertado joven se imponga, devolviéndole el dominio de sus actos. Al final de la película, todo lo sucedido queda reflejado en las páginas de “La jornada”, revelando la dimensión de lo cotidiano que en realidad poseían unos hechos que expuestos dramáticamente, habían parecido excepcionales. Méndez, que ya se ha decidido a declararse a la telefonista, repasa el ejemplar del diario en su compañía.
Al argumento de “Séptima página” anteriormente relatado es indispensable añadir que se le suman incidencias secundarias, anécdotas y personajes que contribuyen decisivamente a hacer del film la excepcional obra que es. Tres grandísimos actores, tales como Pepe Isbert, Manolo Morán y Joaquín Roa, protagonizan tres “sketches” de tono cómico magníficos. El primero, como vendedor en una tienda de bolsos, a la que acude Paco acompañado de su amante Leonor, que argumenta con lógica aplastante que los bolsos de imitación son más caros que los de cocodrilo legítimo porque los de imitación hay que hacerlos y en cambio, los cocodrilos “ya están hechos”. El segundo interviene como el vigilante de la fábrica que atracó Paco, al cual interroga, en la cama que ocupa en el hospital, el inspector Fuentes. Cuenta lo sucedido con gran lujo de detalles y dándole al relato la máxima emoción de que es capaz, hasta que descubre que quien le está preguntando no es un periodista, sino un policía. Entonces cambia radicalmente el tono de su discurso y explica los hechos sucinta y desganadamente. El tercero da vida a un carterista llamado Arría que ha sido detenido y se encuentra en comisaría. Al ver pasar a Fuentes le saluda e intercambia unas palabras cordiales. Cuando el inspector se marcha, Arría alza la vista a lo alto (como sólo Joaquín Roa sabía hacerlo) y exclama “¡Me quiere mucho!”. Julia Caba Alba, por su parte, desarrolla su rol de criada con uniforme al servicio de la señorita Maruja Ramos dándole el adecuado tono de escudera sensata que mira por la buena fortuna de su señora. Su presencia, como dijimos en la anterior entrega de esta enciclopédica entrada, forma parte de lo que podríamos llamar “área de coincidencia” de esta película con su predecesora “Balarrasa”, de la que formaría su núcleo el trío formado por Jesús Tordesillas, María Rosa Salgado y José María Rodero quienes casi repiten sus respectivos papeles del film de José Antonio Nieves Conde. Si cabe, Tordesillas aumenta ligeramente su nivel de sinvergonzonería previo al incluir el adulterio en su lista de pecados. Como todo el reparto, su interpretación se encuentra a gran altura. Nos queda por citar José Prada, como el médico doctor Vargas, que asiste a la esposa del redactor jefe de “La jornada” en su embarazo e inminente parto y la dinámica (y exigente con la orquesta, por cierto) pareja de baile de ritmos caribeños formada por Óscar López y Mayra, pues por tener, “Séptima página” tiene de todo, hasta dos breves números musicales. En papeles de menor relieve, todavía podemos destacar a Paquito Cano, como uno de los amigotes de Fernando, a Carlos Díaz de Mendoza, como el gerente del “Montecarlo” y a Eloísa Muro, como la sufrida esposa del banquero Arrosti. A título anecdótico, no nos resistimos a reseñar que la noticia tal como puede verse en el final de la película, en la página del diario “La jornada” incluye dos errores de bulto. De una parte, puede leerse que llama al camarero Manolo “Francisco González” y a su víctima, su esposa, “Leonor Pastor”, cuando hemos oído que se apellidaba Ramos.
La admiración que despierta “Séptima página” como magistral pieza de cine difícilmente encuadrable en ningún género (contiene una descripción bastante verista de una investigación criminal, además de varios lances melodramáticos y sentimentales), y que no se vio correspondida por la adecuada resonancia popular (sin duda motivado ello por la endeblez de su productora, Peninsular Films y su distribuidora, José Fuster Candel), no hace sino aumentar en el siguiente film que reunió a Jesús Tordesillas con Ladislao Vajda, “Doña Francisquita”, esta vez sí, más fácilmente encasillable en un género, el musical, de los peor tratados, por cierto, por la cinematografía española. Por otra parte, la consideración que obtuvieron en el reparto anual de premios del Sindicato Nacional del Espectáculo fue similar. Los dos títulos fueron seleccionados, si bien hubieron de conformarse con sendos premios de los de inferior cuantía. Vista hoy, en su maravilloso “Cinefotocolor”, esta adaptación de José Luis Colina y José Santugini de la zarzuela homónima de los autores Romero y Shaw con música del maestro Amadeo Vives, resulta un espectáculo delicioso, digno émulo de los títulos que en Hollywood firmaría un Vincente Minnelli, trasplantados a la temática y las resonancias de nuestra zarzuela. Algo de la ligereza, de la magia, de la ensoñación, del sentido del ritmo, del sano distanciamiento que se encuentra en los mejores films de Minnelli puede rastrearse igualmente en “Doña Francisquita”, lo que resulta especialmente chocante si se tiene en cuenta que sólo un año antes, Ladislao Vajda ha firmado “Ronda española” la cual, si bien le valió una condecoración, carece por completo de sus excelentes cualidades, lastrada quizá en exceso por los condicionantes “oficialistas” que generaron su existencia.
El argumento de “Doña Francisquita” es sencillo como corresponde a un buen musical. La protagonista y titular de la historia (encarnada por la argentina Mirtha Legrand), una joven cantante que se prepara con el maestro Lambertini (Pepe Isbert) para representar la zarzuela “Doña Francisquita”, conoce al desocupado galán Fernando (Armando Calvo), un apuesto mozalbete que se dedica a la esgrima y el sablazo a expensas, fundamentalmente, de su padre, don Matías (Jesús Tordesillas), quien, precisamente, se ha encaprichado de la joven a la que asedia llevándola a paseo y a espectáculos aunque siempre con la mamá, doña Francisca (Julia Lajos, siempre estupenda) como carabina. La joven Francisquita, siguiendo la trama de la zarzuela que está ensayando, trata de ingeniárselas para que don Matías cambie de objetivo y se dedique a cortejar a su madre en lugar de a ella y, al mismo tiempo, que Fernando deje su relación con la temperamental diva de la canción popular, Aurora “La Beltrana” (la bellísima Emma Penella, todavía por aquel entonces actuando con la voz prestada). A Fernando le acompaña siempre su amigo-póliza (en definición de Jardiel Poncela, aquel que siempre va pegado a uno y no vale más de dos pesetas), su condiscípulo Cardona (Antonio Casal, que se reencuentra con Jesús Tordesillas, por cierto, después de haber estado en su compañía teatral casi veinte años atrás), que cumple la función de ser el “gracioso” de la obra. Junto a Aurora, también hay un personaje-lapa, el de su representante Lorenzo, a quien da vida Manolo Morán, que será utilizado por la diva para dar celos a Fernando. Los esfuerzos de Francisquita terminan, como no, por dar sus frutos y consigue el amor del mofletudo y atildado galán superando todos los obstáculos y dificultades, en un final en el que, como dicta el tercer y último acto de la zarzuela, “la juventud triunfa” y la vejez, representada por el pobre Jesús Tordesillas, se queda con un palmo de narices. Junto a momentos musicales de gran belleza y riesgo, como las diversas ensoñaciones y fantasías que se entreveran en la acción (en una de ellas, por cierto, casi de figurante aunque destacada, podemos ver a Elisa Montés, hermana de Emma Penella), la película brinda momentos cómicos para lucimiento de los excelentes integrantes del reparto, como el número que protagonizan Antonio Riquelme y Antonio Casal, verdadera rutina de “pícaro”, en la pastelería de doña Francisca (“El buen gusto”, sita en la calle de La Pasa), en la que trabaja el personaje del primero y donde el segundo consigue merendar de balde. Otro momento memorable es el chasco fenomenal que se lleva don Matías cuando, pertrechado de un esplendente ramo de flores, se presenta en el domicilio de su amada para pedir la mano de Francisquita y es recibido por su madre que está convencida de que es por ella por quien se interesa. El planchazo es colosal y tanto Tordesillas como Julia Lajos bordan sus teatrales acciones. Por lo demás, el protagonista de nuestra entrada está excelente en su papel, que como ya dijimos en la entrega anterior, guarda una gran semejanza con el que le había correspondido en “La Lola se va a los puertos”, sólo que en esta ocasión, el tono resulta, lógicamente, más ligero. Tordesillas se muestra espléndidamente galante, poseedor de un porte y una elegancia ejemplares, severo cuando lo requiere la ocasión y adulador en el momento siguiente. Sus miradas de intenso deseo hacia Francisquita superan con suficiencia y audacia cualquier veto censor y, por descontado, las del melifluo (aunque voluntarioso) galán titular, el bueno de Armando Calvo. Sin más desventaja que su mayor edad, el personaje del padre parece mejor dotado (no sean mal pensados, me refiero a la personalidad) que el del hijo para las conquistas amorosas y comete, por añadidura, el imperdonable pecado de ser más delgado que su vástago. En participaciones de menor extensión encontramos a la genial actriz especializada en el medio radiofónico, Juana Ginzo (como ya dijimos en su día, en la entrada a ella dedicada), al secundario habitual José María Rodríguez (que también tenía una hilarante intervención al principio de “Séptima página”) como camarero que sirve dos horchatas, precisamente a Juana Ginzo y a Mirtha Legrand, y a Ángel Álvarez, en una fugaz aparición como intruso que se interpone en el “truco del pañuelo que se deja caer” que practica Francisquita para “pescar” a Fernando. El film en su conjunto reclama para sí el calificativo de “Brillante” en todos sus fotogramas y nos hace derramar una furtiva lágrima por todo lo que el género musical se perdió en España por no haber tenido “Doña Francisquita” ninguna continuidad. Y no es que no se estrenaran con posterioridad “películas con canciones” que obtuvieran triunfos mucho mayores, que las hubo y muy sonadas (como “El último cuplé” (Juan de Orduña, 1957), también con Armando Calvo, y “La verbena de la Paloma” (José Luis Sáenz de Heredia, 1962) por citar dos ejemplos de éxitos recaudatorios), pero el toque de distinción, a un tiempo cosmopolita y localista y, por tanto universal, de “Doña Francisquita”, nosotros no lo reconocemos en películas posteriores.
Alguien, llevado de un sentimiento trágico nacionalista se lamentará de que la mejor película de tema taurino hecha en nuestro país la firmara un húngaro de nacimiento. Valga para ellos el consuelo de que Ladislao Vajda ya se había nacionalizado español cuando rodó “Tarde de toros”. Por otra parte, para este burgomaestre a quien la llamada “Fiesta nacional” le parece una lata fenomenal y el patriotismo, una aberrante anomalía emocional, el film le parece magistral y extremadamente disfrutable, del mismo modo en que, por ejemplo, repudia la guerra y la propaganda imperialista, pero se emociona con “Objetivo Birmania”. Hecha esta precisión tan poco interesante, digamos que “Tarde de toros” fue producida por “Estudios Chamartín”, empresa que, fundada en 1942, había hecho posible el estreno del anterior éxito (uno de los más grandes de toda la historia del cine nacional) de Vajda, “Marcelino, pan y vino” (1954) y que produciría también sus siguientes obras maestras, “Mi tío Jacinto” (1956), “Un ángel pasó por Brooklyn” (1957) y “El cebo” (1957), y que su estreno se produjo en Madrid el 24 de febrero de 1956 en el cine Coliseum. En el film se cuenta el transcurso de una jornada de corrida en la plaza de Las Ventas de Madrid según argumento y guión de Manuel Tamayo y Julio Coll a cuya versión definitiva contribuyó José Santugini (de manera análoga a como hizo en el caso de “Séptima página”). Se nos presenta a los tres diestros que van a torear, encarnados por tres matadores de toros auténticos (extremo que se refleja hábilmente en los primeros instantes del film cuando vemos que el cartel de la corrida de los toreros de ficción sustituye a otro en el que figuran los nombres auténticos de los intérpretes). Así, Antonio Bienvenida será Juan Carmona, el torero que vive el auge de su carrera profesional y que tiene algo descuidada a su familia; Domingo Ortega dará vida a Ricardo Puente, diestro que vive, en cambio, el declive de su trayectoria y que necesita recuperar la confianza en sí mismo obteniendo un triunfo en la plaza para sacudirse, de paso, la influencia de su amante, Paloma (María Asquerino), que le está hundiendo con sus desprecios. El tercer integrante de la terna es el joven Luis Montes, Rondeño II (Enrique Vera), que tiene sobre sus inexpertos hombros la tremenda carga de haber heredado el nombre de su padre, Luis Montes (Jesús Tordesillas, que emplea el acento andaluz que tiene ya muy practicado en el pasado), matador retirado a cuyo sobrenombre consiguió, a base de grandes faenas, adherir un gran prestigio. A la emoción inherente a todo evento taurino se añadirán, pues, las rencillas profesionales, los celos, las necesidades y afanes de las particulares circunstancias de cada diestro y a todo ello concurrirán, además, las intervenciones de los personajes secundarios al drama de la fiesta. Así, por ejemplo, presenciamos los esfuerzos de dos jóvenes maletillas, “El Trepa” (Jesús Colomer) y Manolo (Jorge Vico), que se cuelan en la plaza para saltar el segundo en el transcurso de la fiesta al ruedo, con el trágico resultado de, tras haber dado una serie de pases memorables, sufrir un cornalón en el pecho que, tras rápida y sobrecogedora agonía asistido en la enfermería por el médico del coso interpretado por Félix Dafauce y por el cura padre Fermín, a quien encarna José Prada, le provoca la muerte. A la angustiosa lucha contra el temor que libra ante el toro el joven Luis Montes, asisten, desde el tendido, su padre, el muy orgulloso y pundonoroso “Rondeño”, a quien acompaña don Felipe, el que fuera su mozo de estoques y actual hombre de confianza, a quien da vida Pepe Isbert sin apenas hablar, en gran medida por los nervios, y desde el burladero, el apoderado que fuera del padre y ahora del hijo, Julián (Mariano Azaña), secundado por José María Rodríguez como mozo de estoques, sufriendo todos horrores con las comprensibles dudas y zozobras del bisoño diestro. Como empresario del festejo actúa don César (Juan Calvo), y entre el público que presencia el drama de la tauromaquia se encuentran dos aficionados exaltados, Luis Sánchez Polack “Tip” y Joaquín Portillo “Top” que discuten acaloradamente separados, afortunadamente, por una valla. También en el público, una guapa actriz extranjera (Jacqueline Pierreux) trata de desentrañar los misterios de “la fiesta” asesorada por el experto a quien da vida Manuel Arbó. En el terreno del burladero, asistiendo al diestro “enrachado”, Juan Carmona, se encuentra Pinto (Casimiro Hurtado), mientras que Francisco Bernal, en el papel de Ramón, hace lo propio con el matador en crisis, Ricardo Puente. También en los tendidos se encuentran Pedro Porcel, en el papel de un padre que ha ido a los toros con el niño, que se aburre porque ha salido irremisiblemente futbolero; el emocionado apoderado de Juan Carmona, Jiménez, a quien encarna Manolo Morán, y una pareja de “enteradillos” (Antonio Prieto y Raúl Cancio) que, precisamente, se sientan detrás de Luis Montes y don Felipe, a los que mortifican con sus comentarios despectivos sobre la faena y el futuro que espera a “Rondeño II”, desprecios que tendrán que terminar tragándose cuando al chaval le salga la casta torera y complete una gran faena en su segundo toro, para regodeo de don Felipe, que se encara con ellos. Todavía quedan más intervenciones reseñables, una de las cuales ya comentamos en su día, cuando dijimos que José Sepúlveda tenía en “Tarde de toros” el papel del apoderado de Ricardo Puente, siendo las otras las de Rafael Bardem, como amigo del mismo diestro, Manuel Aguilera, en el breve rol del conserje del hotel en que se aloja Juan Carmona o la de Amparo Martí, como doña Julia, sufrida esposa y madre de los Luis Montes, padre e hijo. Finalmente, y con el contrapunto trágico de la muerte de Manolo, el espontáneo, los diestros salen del festejo triunfantes: Juan Carmona se ha enterado de que su mujer espera un niño y cancela la gira que tenía prevista en Sudamérica, Ricardo Puente se ha reivindicado a sí mismo y se ha sacudido la nefasta influencia de Paloma, y Luis Montes, “Rondeño II” ha cosechado el triunfo que necesita para impulsar favorablemente su incipiente carrera.

Protagonista de una birria: El andén de Eduardo Manzanos
En el libro de Pascual Cebollada sobre el astro (Fernando) Rey, el universal intérprete, protagonista de “Viridiana”, decía, por todo comentario, a propósito de “El andén”: “No me acuerdo nada de esta película”. Algo parecido (es decir, olvidarla) debió hacer con el film el escaso público que decidió verlo cuando, al fin, transcurrido un lustro desde su producción, se estrenó el 23 de diciembre de 1957. Sin embargo, para Jesús Tordesillas, este título significó volver a ser protagonista de una película, cosa que no sucedía desde 1939, cuando compartió la cabecera del cartel de “La malquerida” con Társila Criado. Además, el Círculo de Escritores Cinematográficos le distinguió con el premio al mejor actor de 1953, pese a que “El andén” no se había llegado a estrenar. Sin duda, debió suponer una satisfacción de sabor agridulce alzarse, después de recoger varios galardones por su labor desempeñando papeles secundarios, con el del mejor actor principal por su actuación en una película que pareció, durante mucho tiempo, que el público no llegaría a ver. Y que casi no vio, después de cinco años de letargo.
La productora Unión Films, fundada por Eduardo Manzanos Brochero (Madrid, 1919-1987) en 1952, sería la empresa idónea para financiar sus propios esfuerzos en el terreno de la dirección, tras unos años en el que se había dedicado a la escritura de guiones. “El andén”, el primero de esos intentos, se basaba en un relato de Manuel Pilares (quien años después colaboraría con Fernando Fernán-Gómez en los magníficos libretos de “La vida por delante” y “La vida alrededor”), y contaba la historia de don Javier (Jesús Tordesillas), el viejo jefe de estación de un pueblecito llamado Vallina, situado en el paso de la línea del TALGO Madrid-Irún, que llegaba, sin darse cuenta, a la edad de jubilación. Su enorme humanidad, que le llevaba a vivir pendiente del bienestar de sus vecinos, le hacía acreedor de un merecido homenaje popular e institucional al final de la película. Falta de conflictos de envergadura, la cinta recreaba con la pátina amable de una visión costumbrista dulcificada, el día a día de los habitantes de Vallina, de sus esfuerzos y anhelos. Sólo dos notas discordantes aportaban tensión a la trama. Por la primera, nos enteramos de la problemática de los carreteros, con el inquieto Manuel (José Bódalo) al frente, que perciben como un peligro la apertura de una línea auxiliar de ferrocarril que transportará los troncos del bosque vecino a la serrería más rápidamente que ellos, lo que les dejará sin trabajo. Tal situación motivará un intento de abandono del pueblo del colectivo de carreteros que el viejo jefe de estación, con buenas palabras, conseguirá impedir, apelando a las bondades de mantenerse establecidos en la localidad. El otro conflicto, de corte sentimental, enfrenta a Manuel con don Enrique (Fernando Rey), por el cariño de Pilar (Marisa de Leza), la sobrina de don Javier. Que, en cierto modo, es continuación del problema anterior, pues la relación de Manuel con Pilar, aún en estado incipiente, ha venido a enturbiarse con la llegada de Enrique, el ingeniero de la nueva línea de ferrocarril, con lo que Manuel le toma la comprensible ojeriza por doble motivo. El reparto de “El andén”, imaginativamente presentado con los actores asomándose a las ventanillas de un vagón de tren, saludando al oír su nombre pronunciado por un locutor, en lugar de mediante los habituales rótulos, incluía a José Luis Ozores (que también tenía un papel destacado en el film de Antonio Lara “Tono” igualmente producido por Unión Films en 1952, “Habitación para tres”, que comentamos con ocasión de la entrada dedicada a Manolo Gómez Bur) en el papel de Joselón, el ayudante de don Javier, con el que se dedicaba a realizar tareas simples, como clasificar la correspondencia por el original sistema de archivar las cartas, sin leerlas, en dos categorías: las escritas “a mano” y “a máquina”, o como jugar a las cartas para distracción del señor alcalde (Juan Calvo), o como limpiar la campana de la estación. Otros personajes de “El andén” eran don Víctor, el inevitable representante del clero a quien prestaba su blanda presencia Miguel Pastor Mata, y don Marcos, el dueño de la serrería, que era interpretado por Félix Dafauce. En un papel no acreditado, respondiendo al nombre de Mariano, debutaba en la pantalla Arturo Fernández, como uno de los habitantes de Vallina, los cuales encontraban su mayor distracción en asistir al veloz paso del tren TALGO por su estación, sin detenerse nunca. La ilusión porque el ultramoderno tren se detuviera alguna vez en su población supone el mayor anhelo de los ciudadanos de Vallina y eso es justamente lo que sucede al final del film, en homenaje al abnegado don Javier, a cuyo rostro acuden lágrimas de emoción ante el reconocimiento que las autoridades le ofrecen, promovido por sus conciudadanos. Antes del climático final, que busca tocar la fibra sensible del respetable con artes heredadas de las “comedias humanistas a lo Capra”, hemos asistido a detalles convenientemente enternecedores, como cuando don Javier comenta, al enterarse de que le ha llegado la hora de jubilarse: “Yo, que me sé de memoria la edad de todos los del pueblo y no me sé la mía”, o como cuando le vemos pasarle novelas del Oeste a un niño llamado Miguelín (de José Mallorquí, que son sus favoritas, autor del que, por cierto, Eduardo Manzanos mediante Unión Films primero, y Copercines después, producirá un buen número de films). En general, la película, vista hoy, dista mucho de ser una gran obra, pero son reconocibles las buenas intenciones, su fondo conservador pero no doctrinario y cierta modestia no exenta de chantajismo emocional. Es un film para ser visto de manera condescendiente, disfrutando de buenas actuaciones, llenas de naturalidad impostada (que es la más creíble). La crítica del momento se limitó a comentar que como el TALGO ya no era novedad en España, el film había perdido interés desde el momento de su confección hasta su estreno. Hoy, en cambio, que estamos hartos de viajar en el AVE, lo que es un espectáculo insólito es ver en la pantalla a gente sencilla relacionándose entre sí movidos por buenos sentimientos.

El declive de Juan de Orduña (1951-1962)
La intención generadora de “La leona de Castilla” parecía evidente: reeditar el éxito de “Locura de amor”, el cual había sido refrendado con las excelentes acogidas por parte del público de “Pequeñeces” y “Agustina de Aragón”. Así, Orduña regresa a la ambientación de su primer drama histórico exitoso, cambiando la figura de la hija de los Reyes Católicos por María de Pacheco, “La leona de Castilla”, personaje que le correspondió defender (y a fe que lo hizo con bravura) a Amparo Rivelles. El film, como suele suceder con los que se prefabrican en pos de repetir un éxito pretérito, fue un rotundo fracaso. Estrenada en el cine Rialto de Madrid el 28 de mayo de 1951, esta historia situada en el Toledo de 1521, ni conmovió ni convenció al público a pesar de contar, eso sí, con el excelente elenco habitual en los films CIFESA que dirigía Orduña. El protagonismo masculino, en el papel de don Pedro, duque de Medina Sidonia, recaía una vez más en Virgilio Teixeira y tenían papeles destacados los habituales Manuel Luna y Eduardo Fajardo, desempeñando la función de encarnar a los traidores de la trama, don Ramiro y su despiadado lugarteniente, respectivamente. Jesús Tordesillas encarnaba a don Lope, un caballero leal a María Pacheco, viuda de Juan de Padilla (Antonio Casas), uno de los Comuneros ejecutados junto a Bravo y Maldonado, que se mantenía fiel a la reina cuando el pérfido Ramiro, regidor de Toledo en ausencia de Juan de Padilla, trataba de procurar su caída. Rafael Romero Marchent, quien en el futuro tendría a sus órdenes al mismo Jesús Tordesillas, dirigiéndole en varios films, encarnaba al hijo de María Pacheco, que clama venganza por la ejecución de su padre. El gallardo Alfredo Mayo encarnaba al capitán del bando castellano, frente a los imperiales, quienes contaban con el marqués de Villena (Miguel Pastor Mata) como emisario. El fracaso de este film se vería superado en intensidad por el siguiente que rodó Orduña para CIFESA, y que ha quedado como paradigma del cine de “cartón piedra” con el que se ha querido injustamente representar el común de la cinematografía española durante el franquismo, “Alba de América”.
Según las cifras aportadas por Fèlix Fanés en su fundacional “El cas CIFESA:vint anys de cine espanyol (1932-1951), “Alba de América” obtuvo en taquilla unos ingresos algo superiores a los recaudados por “La leona de Castilla”, consiguiendo en permisos de importación (al conseguir, tras mucho batallar Vicente Casanova, la categoría de “Interés nacional”) más de dos millones de pesetas, pero como el coste total del film sobre la odisea de Colón fue muy superior, alcanzando casi once millones de pesetas, las pérdidas fueron, en consecuencia mayores. Los números rojos de “Alba de América” se elevaron hasta los tres millones y medio de pesetas, que cayeron como una losa a las pérdidas acumuladas por los otros films de la empresa valenciana estrenados el mismo año. Tanto “Una cubana en España”, como “La leona de Castilla” perdieron unos dos millones y “Lola la Piconera”, un millón más. En total, 1951 supuso un desastroso negocio para “La antorcha de los éxitos”, arrojando un saldo negativo de unos nueve millones de pesetas. Teniendo en cuenta que los éxitos de 1948 de “Locura de amor” y “Currito de la Cruz”, sumados, reportaron ocho millones de beneficios, cabe concluir que la insistencia en los mismos parámetros creativos había trocado las mieles del triunfo en el acíbar del fracaso.
“Alba de América” nació impulsada por las más altas instancias del régimen franquista. El propio dictador y el almirante Carrero Blanco estuvieron detrás de la génesis del film con la intención de dar la versión imperialista española frente a la irresponsable visión que de la figura del descubridor del continente americano y de la gesta hispana (dejando muy mal parados a los Reyes Católicos) habían dado los ingleses (“Christopher Columbus”, de David MacDonald, 1948). El Instituto de Cultura Hispánica convocó un concurso público para que las productoras españolas e hispanoamericanas presentaran sus proyectos, pero con imposiciones tan insalvables como el nefasto guión, que ya obraba en poder del propio Instituto, original de José Rodulfo Boeta, o como el asesoramiento de diversas personalidades del propio Instituto. Se ponía, eso sí, a disposición de la productora, una reproducción de la carabela Santa María. A Juan de Orduña se le puso entre las manos aquel gigantesco artefacto y, viendo la película, se comprende fácilmente que no sabía qué hacer con él. El presupuesto, que alcanzó la astronómica cifra de los diez millones de pesetas, resultó corto y el film, además de aburridísimo, parece pobre (de tres carabelas, por citar un ejemplo claro, al espectador se le escamotean dos). El propio director clamaba por la necesidad de que la película se hubiera rodado en color, pero es dudoso que tal mejora la hubiera rescatado de su condición de “tostón”. El tedioso guión no ofrecía al público la oportunidad de emocionarse con nada de lo que ocurría en pantalla en una historia por completo carente de suspense (por supuesto, América “iba a ser descubierta”) y Orduña se limitaba a componer una estampa tras otra, mostrando al adormecido espectador una larga sucesión de actores disfrazados. Cierto es, no obstante, que la figura de Cristóbal Colón, en torno a la cual gravita todo el film, está bien resuelta en lo externo, con la caracterización de Antonio Vilar, y que otro tanto puede decirse de José Marco Davó, convincente como siempre, y su Martín Alonso Pinzón, o de nuestro protagonista de hoy, que se hace cargo del papel de fray Juan Pérez, quien acoge a Colón en el monasterio de La Rábida y que hace valer su influencia ante la reina Isabel (Amparo Rivelles), de la que había sido confesor, para favorecer al marino genovés. En el mismo monasterio, junto a Tordesillas, encontramos al entrañable Nicolás Díaz Perchicot en el rol del cosmógrafo fray Antonio de Marchena y cabe afirmar que es este primer segmento, el que transcurre en La Rábida el único aceptable de todo el film. Hasta llegar al grito de “¡Tierra a la vista!”, por la pantalla desfilarán actores tan solventes como Alberto Romea, en el papel del cardenal Mendoza, y otros tan dolorosamente inadecuados como José Suarez, que incorpora a un inaceptable rey Fernando el Católico, logrando parecer más incómodo en su papel de lo que en él es habitual. Mary Martín, aporta su atractivo algo canalla como Beatriz, y Eduardo Fajardo tiene su ocasión de lucir su altura como Gastón. Francisco Bernal hace un mesonero y Manuel Luna es el banquero judío Isaac. Un juvenil Rafael Arcos pasa por la escena como enviado del rey Juan de Portugal y Antonio Almorós (acreditado como Almorox) encarna a un entrevisto Vicente Yánez Pinzón. Entre los marineros de la Santa María, formando a la descontenta tripulación, tres característicos llamados José: Sepúlveda, Jaspe y Riesgo, más un Francisco, Arenzana, y un Fernando, Sancho. Formando una junta de letrados, ante los que Colón se niega a dar pruebas de sus proyectos, distinguimos a los más dignos Carlos Díaz de Mendoza, Benito Cobeña y Francisco Pierrá. Ricardo Pastor se ocupó de dar vida a Pedro Vázquez de la Frontera, navegante caballero portugués afincado en Palos quien, naufragando en el océano, barruntó el lejano continente por descubrir, y Antonio Casas, por su parte, fue Juan de la Cosa. A Villamarín, de la corte de los Reyes Católicos, fue Félix Dafauce quien lo interpretó y a Quintanilla, secretario de la reina, Vicente Soler. Así, sin otro aliciente que ir descubriendo a los diversos actores que se pasean por la pantalla, el film termina, para alivio del espectador al cabo de dos fatigosas horas de proyección. José María García Escudero, recién nombrado director general de Cinematografía en verano de 1951, le había negado a “Alba de América” la categoría de “Interés Nacional”, decantándose, significativamente, por premiar a “Surcos”, de José Antonio Nieves Conde. Es difícil pensar en dos películas más dispares. No fue sino con la destitución de García Escudero, y tras mucho insistir Vicente Casanova que, por fin, en marzo de 1952 (la película se había estrenado en diciembre de 1951, en el cine Rialto de Madrid) “Alba de América obtuvo la clasificación que llevaba aparejados ocho permisos de importación, lo que rebajó en dos millones cuatrocientas mil pesetas la magnitud del naufragio.
Tras las sonadas ascensión y caída de Juan de Orduña en el seno de la productora CIFESA, uno de los films de su carrera que muestra una mayor continuidad con los que conforman su línea de aciertos se estrenaría en enero de 1955 y lo distribuiría igualmente la empresa valenciana de los Casanova, aunque lo produciría una nueva marca, la de la actriz Elena Espejo. Su título, el mismo que el de la novela que adapta para la pantalla, “Zalacaín el aventurero”, de Pío Baroja.
Por segunda vez, transcurridos siete años desde la producción de “Las inquietudes de Shanti Andía” (Arturo Ruiz-Castillo, 1947), Jesús Tordesillas dispondría de un papel en una adaptación de una obra barojiana. Si de aquella dijimos que mostraba las pulsiones de un cineasta atrevido que se enfrentaba a su primer largometraje, en la presente ocasión, Juan de Orduña trata de reincidir en lugares que le habían proporcionado éxitos y reconocimientos en el pasado reciente. Si quisiéramos despachar el comentario de “Zalacaín el aventurero” en pocas líneas, podríamos asegurar que se trata de algo así como de una recuperación de una de las partes que componían “Agustina de Aragón”, como si se hubiera desgajado de ella todo el metraje protagonizado por Virgilio Teixeira. La presencia del actor portugués, que tanto recuerda a la del propio Orduña en sus tiempos de galán de “Nobleza baturra”, sumada a los decorados de Sigfrido Burman, y a las incidencias argumentales articuladas sobre los sucesivos enfrentamientos del protagonista con su antagonista, remiten al espectador a algo ya visto en el film dedicado a la heroína de los Sitios de Zaragoza. No obstante, suficientes elementos de interés conviven con esta impresión general, tantos que, de quedar expuesta en soledad, resultaría injusta con el film. El primero de esos elementos, y en verdad remarcable, es que se trata de la primera producción de “Espejo Films” una productora que, por el mero hecho de ser su titular una mujer, ya supondría pretexto suficiente para detenerse en su consideración. Elena Espejo del Valle (Tánger, 30 de junio de 1930) se inició artísticamente como bailarina y fue descubierta para el cine, en 1948, por el infatigable Ignacio F. Iquino, que la hizo debutar en un pequeño rol en un film dirigido por él para su productora Emisora Films, “Canción mortal”, y en otro de más entidad en la cinta que asimismo produjo y que dirigió Manuel Tamayo, “Un hombre de mundo”, para el mismo sello. Fue una de las herencias que el arrollador cineasta de Valls legó a la productora poco antes de abandonarla por discrepancias personales con su cuñado y socio, Francisco Ariza, pues éste fue quien, manteniendo activa la productora mientras pudo (lo que no supuso más allá de un trienio), más oportunidades brindó a la actriz, convirtiéndola en la estrella de la productora, llegando a estrenar cuatro títulos en 1950 con Elena Espejo en la cabecera del cartel, siempre como pareja artística del galán de la firma barcelonesa, Conrado San Martín. Liquidada Emisora Films tras el breve periodo en el que Francisco Ariza sostuvo sus riendas, Elena Espejo, una mujer de delicada belleza, que recordaba, por ejemplo, a la Linda Darnell de la Fox hollywoodiense, emprendió la aventura de la producción, constituyendo su primer esfuerzo en este terreno, “Zalacaín el aventurero”, con un director de prestigio como Juan de Orduña y con un guionista, colaborador de éste en sus mejores logros, que la había dirigido en su primera actuación de cierta entidad en un film, el citado “Un hombre de mundo”.
Si en “Las inquietudes de Shanti Andía”, Pío Baroja realizaba una intervención hacia su final, interactuando con el mismo protagonista del film, el cual le confiaba sus recuerdos, en “Zalacaín”, el escritor aparece en pantalla al principio de la acción, en una especie de prólogo que le muestra en diálogo con el director de la película, Juan de Orduña, lo que representa una suerte de asunción por parte del autor de la obra de la adaptación al cine de la misma, de la cual se hace así partícipe. Y no es esta cuestión menor, toda vez que es, precisamente, el prólogo del film la parte que de manera más sustancial modifica la novela original, pues siguiendo la costumbre de Orduña de iniciar sus películas con un breve preludio, en el cual aparecen los personajes ya ancianos, que da paso a un largo “flash-back”, así, “Zalacaín” (el film), toma el epílogo de la novela y lo coloca en el comienzo de la acción para poder ajustar el libro al modelo habitual del cineasta. El giro, quizá sugerido por el propio Orduña, pero contenido, en todo caso, en el guión firmado por su colaborador habitual, Manuel Tamayo, dota de un pequeño suspense, de tinte fantástico, a todo el relato y confiere a la figura de Zalacaín una dimensión mítica apenas insinuada en el referente literario.
La acción del film se inicia cuando el enterrador de Zaro, un pueblo vasco-francés, echa una carta al correo dirigida al novelista Pío Baroja. Asistimos después a la visita que Juan de Orduña efectúa al literato, de cuya obra planea realizar una adaptación fílmica, en el transcurso de la cual se abrirá la misiva enviada por el enterrador, en la cual se contesta a una pregunta que don Pío le había formulado. Relata entonces el autor de la obra adaptada al cineasta, las circunstancias en las que entró en conocimiento de la figura de su protagonista, Martín Zalacaín de Urbía. Y ellas fueron que paseando por la serena soledad del cementerio de Zaro, dio con una tumba en la que reposaban tres lozanas rosas, de diversos colores, una blanca, otra amarilla y roja, la tercera. Observado por el enterrador (Manuel Arbó), el escritor conoce entonces el misterio de aquellas tres flores que se mantienen inexplicablemente frescas desde el entierro del difunto Martín Zalacaín, muerto, según reza su lápida, el 26 de febrero de 1857, a los 28 años de edad, largo tiempo atrás. Baroja se propone desentrañar el enigma y monta guardia junto a la sepultura hasta que descubre a tres ancianas que son las que periódicamente renuevan su ofrenda floral manteniéndola siempre viva. La curiosidad mueve al literato a interrogar a las tres mujeres por los méritos contraídos por el muerto para obtener de ellas tal devoción. Así, Catalina (Elena Espejo), Rosa (Margarita Andrey) y Linda (Rosario León) inician el relato de la vida de Martín Zalacaín, desde los años de su infancia, cuando las tres lo conocieron. Cuentan que Martín, huérfano desde muy niño, se crió sin padre, arrogante y pendenciero, ausente de la escuela, arrojado y fanfarrón, en un caserío cercano a las lindes del pueblo de Urbía con su madre y con su hermana menor, Ignacia. Que su madre (María Cañete, que solía tener reservado en las películas de Orduña un papel de criada o de institutriz, preferentemente al servicio del personaje de Aurora Bautista), una mujer de escaso carácter, vivía casi de la caridad de los Ohando, la familia más rica del lugar y dueña de una ubérrima propiedad vecina. En sus andanzas infantiles, el pequeño Martín, indomable, se haría pronto popular por su arrojo y capacidad de liderazgo entre la chiquillería y se ganaría muy pronto el odio de Carlos Ohando, el hijo de la familia rica, envidioso de la buena fama de Martín y receloso del cariño que éste cultiva con su hermana, Catalina Ohando. Los dos niños se enfrentan a golpes y bien pronto queda patente que en este terreno Carlos no es rival para Martín. Esto no hace sino acentuar el odio y el desprecio rabioso que el niño rico siente por el pobre, el cual, dotado de un corazón más noble, no siente la misma animadversión por su contrincante. Sorprendido por su tío abuelo, el viejo librepensador Tellagorri (Jesús Tordesillas), el pequeño Martín recibe de su anciano tío estímulos para continuar con su belicoso comportamiento. Poco después, Martín traba conocimiento con Linda, la sobrina del director del Circo Pascuali (Ramón Martori), cuando intenta ver la función a través de un resquicio en las tablas del tinglado. Sorprendido por el severo director del espectáculo, el niño promete pagar con frutas que piensa robar en el huerto de los Ohando. Para entonces ya ha conquistado el corazón de Linda. Después, en el camino, conoce, al abordar su carruaje, a Rosa, una niña, hija de un general, a quien causa una tan honda impresión que ésta le durará toda la vida. En la función de circo a la que asistirán Martín, con sus jóvenes conquistas, por un lado, Tellagorri por otro y la madre de Martín acompañada de Ignacia, por otro, se produce un accidente motivado por las protestas de Tellagorri, que increpa al jefe de pista y director del circo por no considerar aceptable que la joven y guapa domadora exponga su cabeza en las fauces del león. Al acceder a los requerimientos del viejo escandaloso, el número del león termina en una tragedia, pues el felino escapa y provoca una estampida del publico la cual se cobra como víctima a la madre de Martín. En el lecho de la agonía, la pobre mujer deja el destino de sus hijos repartido. Ignacia pasará a vivir en casa de los Ohando, donde servirá, mientras que Martín se quedará con su tío Tellagorri. Pronto Martín es puesto a trabajar por su tío como postillón de diligencia y pasamos a encontrarle ya adulto, con la apariencia de Virgilio Teixeira. Estalla entonces la segunda guerra carlista, de la que Martín considera que “es hermosa” y de la que piensa sacar provecho, tal como le enseñó su tío – abuelo. Cuando regresa a Urbía se encuentra con que Tellagorri está a punto de morir. Dispone el viejo del tiempo justo para legarle sus ahorros (un calcetín lleno de monedas de oro que guarda en el colchón) y a su perro “Marqués”. Martín le endilga el can a los Ohando, valiéndose del ascendiente que tiene sobre Catalina, con el consiguiente disgusto de Carlos quien, no obstante, se ve obligado a “tragar”. Entre tanto, el atravesado joven se ha encaprichado de la criadita que le han metido en casa, Ignacia (María Dolores Pradera). Este acoso está muy mal visto por Martín, quien no duda en emplear parte del dinero heredado de Tellagorri para “comprarle” un novio a su hermana menor. Tras rechazar Ignacia varios candidatos propuestos, por distintas razones, Martín consigue que acepte a Bautista, a quien ofrece como dote, ciento veinte reales con los que comprar un horno con el que establecerse por su cuenta como panadero. Se concierta la boda con Bautista (Humberto Madeira) y se celebra. En pleno banquete, Carlos, furioso, interviene obligando a Catalina a que abandone el festejo. Martín decide entonces dejar Urbía con la finalidad de prosperar y hacerse digno merecedor de Catalina. Cuando va a despedirse de ella, esa misma noche, la pareja es sorprendida por Carlos, quien, escopeta en ristre, pone en fuga a Martín. En su huida, Martín tropieza con la partida de Luschía (José Sepúlveda), que se dedica a negociar con armas y al asalto de diligencias, entre otros negocios ilícitos propiciados por la guerra. Con los de la partida, y reclutado por la fuerza, se encuentra a Bautista, que no ha tenido oportunidad de disfrutar de su noche de bodas. Martín trata de sacarle del apuro inventándose la existencia de un alijo de treinta fusiles con el que tentar al codicioso Luschía, persiguiendo una oportunidad para escapar. Se presenta entonces la ocasión de asaltar una diligencia en la que viaja, precisamente, Rosa (Margarita Andrey) que va acompañada de su madre (Josefina Serratosa, esposa, por cierto, del “asaltante” José Sepúlveda). Martín sugiere entonces a Luschía que deje marchar a las mujeres en la diligencia con el pretexto de que eso, precisamente, retrasará la acción de los guardianes de la ley. Esta maniobra la aprovechan Martín y Bautista para escapar en la misma diligencia. Sufren un accidente en su loca fuga y, mientras Bautista y la mamá de Rosa huyen por un lado, Martín y Rosa se aprestan a defenderse haciéndose fuertes en un parapeto. El tiroteo, en el cual Martín resulta herido, termina con la intervención de los miqueletes que ponen en fuga a los de Luschía. La convalecencia de Martín en los amorosos brazos de Rosa, hija del general liberal Briones, concluye cuando el joven comprende que por ese camino se aleja de su objetivo original, Catalina, por lo que decide volver a Urbía. Para emprender el regreso, sablea a Bautista, al que despoja del dinero que él mismo le había dado para comprar su panadería. Al llegar a Urbía se encuentran con que allí se ha librado una batalla de la que resultó víctima la madre de Catalina y que ésta ha huído a Estella a refugiarse en el convento de la Madres Recoletas. Para allá marcha Martín, acompañado del fiel Bautista quien nuevamente deja plantada a Ignacia, no pareciendo demasiado entusiasmado, por cierto, con la consumación pendiente del matrimonio. En Estella, Martín termina por acudir al casino pues es el único lugar en el que puede pasar la noche, y allí se encuentra con Linda que es quien regenta el local. Se reconocen a pesar del tiempo transcurrido y poco después, Martín ve a Carlos, vestido con el uniforme de capitán carlista, en la mesa de juego. Le pide a Linda que conduzca a Carlos a una habitación reservada, donde él le esperará y le propinará una soberana paliza, tras lo cual le desposeerá de su uniforme de capitán carlista. Con él disfrazado y acompañado de Linda, conseguirá llevarse a Catalina del convento. El uniforme carlista le procurará seguidamente un disgusto a Zalacaín, pues es apresado en Logroño por el bando alfonsista. Afortunadamente, el padre de Rosa, el general Briones (Modesto Cid) interviene en su defensa. Liberado, Zalacaín se dispone a casarse con Catalina y emprende viaje para reunirse con ella en Bayona, acompañado de Rosa y Linda. Paralelamente, Carlos Ohando se entrevista con Luschía para pedirle que le ayude a vengarse de Martín Zalacaín. El bandolero, que recuerda la jugada que le hizo el de Urbía, accede a auxiliarle para ajustarle las cuentas a Martín. Cuando el héroe está viajando en diligencia, acompañado ya de su flamante esposa, Catalina y de sus dos admiradoras, Rosa y Linda, formando un atractivo cuarteto, es llevado a una encerrona en una venta donde le esperan Carlos Ohando y la partida de Luschía. Allí, el primero, tras rechazar la oferta de paz de Martín, que al fin y al cabo le advierte de que han emparentado, insulta a su hermana Catalina a la que acusa de haber deshonrado el apellido Ohando, lo que provoca que Martín le demuestre una vez más que puede vapulearle. Se entabla una feroz pelea (muy similar a la que el mismo Virgilio Teixeira sostuvo cuatro años antes en “Agustina de Aragón” en una venta muy similar con José Bódalo) que pronto se ve decidida del lado de Zalacaín, lo que provoca la intervención de Luschía, quien le dispara, causándole la muerte, ante sus tres enamoradas, quienes consiguen asistir a tan trágico momento. De vuelta al tiempo actual, el propio Pío Baroja abrirá la carta del enterrador de Zaro, donde le desvelan que, a pesar de los decenios transcurridos desde su anterior visita, en la tumba de Zalacaín siguen frescas las tres rosas.
Jesús Tordesillas, en su recreación de José Miguel Tellagorri, un tío del protagonista al que este llama repetidamente abuelo, compone un personaje bastante ajustado al descrito en la novela. La caracterización física, obra del maquillador Francisco Puyol, siguiendo la descripción de la novela, coloca en el noble rostro de Tordesillas una voluminosa y ganchuda nariz postiza. Por lo demás, es una muestra más de la versatilidad del actor, al que hemos visto encarnar con la misma eficacia al refinado aristócrata frecuentador de suntuosos salones, que al más ascético hombre religioso, que al rústico y tosco hombre del mundo rural, como en el presente caso. Tellagorri, al que se le ha limado el anticlericalismo del que hace gala en la novela, es un personaje de fuerte carácter y gran independencia, de exterior rudo y buen fondo, al que a Tordesillas le basta con dar vida en tres intervenciones de escasa duración, para dotarle de la entidad necesaria para resultar convincente y entrañable. Del resto del reparto, nos queda por destacar que, en papeles circunstanciales, de breve extensión, encontramos a Luis Induni, que se limita a lucir el uniforme y a Joan Capri, que hace un desmadejado sereno en la noche de Estella.
En términos generales, “Zalacaín el aventurero”, la segunda versión fílmica de la novela homónima de Pío Baroja, constituye un espectáculo razonablemente distraído y bien construido, que juega sus bazas dignamente. En relación a películas precedentes de Orduña, con las que guarda evidentes puntos de coincidencia, revela su más modesto presupuesto, en la misma medida que las dimensiones de “Espejo Films” se diferenciaban de las de CIFESA. En lo que se refiere a la adaptación, la utilización de las frases finales de la novela como germen del prólogo de apertura del film es para este burgomaestre su rasgo más ingenioso, aunque no supone ninguna novedad en las prácticas del binomio Orduña- Tamayo. El original literario queda muy disminuido, como parece inevitable, en el trasvase al celuloide, condensándose, por ejemplo, en el personaje de Luschía un puñado de los de la novela. Los episodios bélicos se soslayan para la película en gran medida, quedando la segunda Guerra Carlista como un vago telón de fondo. Por otro lado, mientras que la parte de la infancia del héroe se respeta en gran medida, la aventura del casino de Estella, entera, está inventada para el film y (sea quizá por esta razón) es una de las que mejor funcionan cinematográficamente hablando, según el patrón hollywoodiense.
El último film que puso a Jesús Tordesillas a las órdenes de su director más habitual fue “Teresa de Jesús”(1962), película producida por la entonces recién constituida cooperativa Agrupa (de efímera existencia, pues sólo estrenaría dos películas más, en 1964 y 1965, ambas dirigidas por José Luis Madrid y adaptaciones las dos de obras de José López Rubio y con Marisa de Leza, y el matrimonio formado por José María Seoane y Rosita Yarza en el reparto) y distribuida por CEA, en cuyos estudios se rodó. Curiosamente, la vida de Teresa de Jesús había sido uno de los proyectos mastodónticos de CIFESA que incluso se llegó a anunciar, en verano de 1951, con dos guiones ya dispuestos que enfocaban de manera distinta la temática, uno de Guillermo Díaz Plaja y el otro de Carlos Blanco. Es muy posible que ya entonces estuvieran destinados a ser Juan de Orduña el director y Aurora Bautista la actriz protagonista, pero la complicadísima situación económica de la productora y los problemas que se plantearon con la censura eclesiástica, truncaron el proyecto. Once años más tarde, el cineasta y su más celebrada estrella, que habían acumulado experiencia por el duro método de saborear más de un fracaso, se reunían nuevamente con un ambicioso reto por delante: llevar al cine la vida de Santa Teresa de Jesús, la santa de Ávila. El resultado, por desgracia para el espectador, fue un mamotrero que superaba las dos horas de duración, más cercano a la cualidad plúmbea de “Alba de América” que a las amenas “Pequeñeces” o “Agustina de Aragón”, aunque en reconocimiento, quizá, a sus valores religiosos o a los de su extensísimo y deslumbrante reparto, el film obtuvo el Premio Especial a la Mejor Película del Sindicato Nacional del Espectáculo de 1962 y, en el mismo año, también el Premio Piedra del Sol del Festival de cine de Acapulco. Pese a que el guión, firmado por José María Pemán, Manuel Mur Oti y Antonio Vich, no resultaba tan anti-cinematográfico como lo había sido el que José Rodulfo Boeta había pergeñado para “Alba de América”, la verdad es que se acercaba bastante. Tanto uno como otro film se basaban en la figura omnipresente de su protagonista, en ambos casos, seres iluminados por un ideal de dimensión sobrehumana, tocados ambos por un designio divino. Si Cristóbal Colón se mostraba poseído por una fuerza que le llevaba a descubrir nuevas tierras, a Teresa de Cepeda y Ahumada, la gran mística española del siglo XVI, una fuerza no menor la transporta a un descubrimiento de aún mayores dimensiones, al mismo Dios. El peso de las dos películas gravitaba sobre sus figuras principales y sus respectivas obsesiones, el uno con comandar una expedición allende los mares y la otra con fundar un convento tras otro por toda la geografía de la península ibérica. En su recorrido, los dos totémicos personajes tropiezan con dificultades similares, con la incomprensión de la jerarquía establecida que, incapaz de aceptar las inusuales propuestas por ellos representadas, los someterán a examen y juicio constante. Como reforzando este paralelismo entre estos dos famosos aunque desafortunados films de Orduña, el papel que Jesús Tordesillas desempeña en ellos es muy similar, pues si en “Alba de América” era fray Antonio de Marchena, en “Teresa de Jesús” será otro venerable fraile, fray Pedro de Alcántara, de la orden de Sana Francisco de Asís, el cual, como sucedía en el film de 1951, se manifestará de parte del personaje protagonista, siendo uno de sus más firmes apoyos y valedores.
“Teresa de Jesús” cuenta con un arranque estimable, con un prólogo en el que vemos actuar al Santo Oficio contra una monja que finge estar estigmatizada y ser capaz de sobrevivir practicando ayuno absoluto. La joven Teresa de Cepeda y Ahumada (Aurora Bautista, verdaderamente encantadora, en estos primeros minutos del metraje), se entera del incidente por boca de uno de sus admiradores, don Álvaro de Osorio (Antonio Durán, que será a partir de este momento un habitual en las realizaciones de Juan de Orduña), con el que coquetea Teresa al tiempo que no desengaña a otro pretendiente, su primo don Pedro. El juego galante de la muchacha provoca una pendencia entre los dos fogosos jóvenes cierta noche que han sido citados ambos. Interviene el padre de Teresa (Roberto Rey) poniendo fin a la querella y, a continuación, ordena a su hija que ingrese en el convento de la Encarnación, de las madres Agustinas. Allí empieza a destacar, chocando a menudo con la madre superiora. En una visita, su tío don Pedro de Cepeda (Rafael Bardem) le presta libros de San Jerónimo, que tendrán gran influencia en ella, conduciéndola por el camino de la mortificación. A partir de este momento, la película discurre fatigosamente describiendo el creciente afán de Teresa por fundar su nueva Orden y los conventos en que se habrá de profesar. Los episodios se suceden sin que nada parecido a una progresión dramática o a una estructura narrativa aceptable aparezca. Así, como dijimos de “Alba de América”, la única distracción consiste en asistir al desfile de grandísimos actores que ocupan, por un momento, el centro de la pantalla, con la tremenda dificultad para el espectador de que casi todos ellos encarnarán autoridades eclesiásticas. Así, José Bódalo interviene para dar vida a un sacerdote a quien llaman para asistir a Teresa que ha enfermado de visita en un pueblo donde, precisamente, había ido para ver a una sanadora. Tras hablar con la monja, el sacerdote queda muy afectado al reconocer en ella a una mujer santa. Rafael Durán, como párroco del convento de la Encarnación, es de los primeros superiores que tropiezan con la arrebatada Teresa, a quien seguirá Antonio Prieto, que da vida al Provincial de la Orden. En contraste con los muchos que se oponen a las reformas que persigue la futura santa, surgen algunas voces que la apoyan, como la del ex duque de Gandía (Alfredo Mayo), que, tras entrevistarse con ella afirma. “Dios está con ella”, o como la de doña Agriomar, cierta noble a quien da vida Lina Yegros, que será decisiva para la primera fundación de un convento de las Carmelitas Descalzas. También tendrá su influencia positiva el personaje de Jesús Tordesillas, fray Pedro de Alcántara, que encontrará la manera de que el en principio reluctante padre Baltasar Álvaro (José María Caffarel), acepte un encuentro con la monja, seguro de que ella sabrá convencerle. Llega el momento de la fundación del convento de San José y también el de que Teresa adopte su nombre definitivo: “de Jesús”. Más complicaciones surgen con el pueblo de Ávila, que se opone a la fundación. Interviene la Junta de Gobierno, con su corregidor al frente (Jesús Puente), ante la que el padre dominico Ibáñez (José Franco) comparece para apoyar a la fundadora del nuevo convento. Más serios aún son los encontronazos con la princesa de Eboly (María Luz Galicia), con la que se enemista, y con la Inquisición (ante la que la ha denunciado la princesa tuerta), que la somete a un juicio ante un tribunal presidido por un Manuel Dicenta cuya voz suena más severa que nunca. En el proceso se deslizan acusaciones escandalosas que insinúan ciertas relaciones pecaminosas de Teresa con el padre Jerónimo Gracián (José Moreno, quien, junto a Antonio Durán, protagonizará muchas de las zarzuelas cinematográficas que Juan de Orduña dirigirá en la última etapa de su carrera), las cuales, naturalmente, no tienen ningún fundamento. Fray Pedro de Alcántara tiene una intervención casi “milagrosa” en el juicio y Teresa sale reforzada de él. No así Jerónimo Gracián, a quien su superior, interpretado por Carlos Casaravilla, le anuncia que ha sido destituido de su cargo de visitador de la Orden del Carmen. Y así, poco a poco, funda que te fundarás, la película se va arrastrando hasta su final, el cual, por cierto, suponemos sugerido por Manuel Mur Oti, por su coincidencia con el de “Cielo negro”, su mejor película, igualmente basado en el efecto exultante del toque de campanas. Así, cuando expira la santa Teresa, el sencillo carretero Recuero (Roberto Camardiel), que la ha estado transportando en su humilde carro por los caminos, de fundación en fundación, y le ha tomado gran devoción, sube al campanario al grito de “¡A muerto no, a gloria, a gloria!”, refiriéndose al toque de campana que debe sonar en tal ocasión. Como mínimo, este final debió tener el efecto de despertar al público. Burlas aparte (que ustedes disculparán, dada su infinita paciencia), en la película pueden verse excelentísimos actores defendiendo a veces unas pocas líneas y valga decir que, si pudiera considerarse aisladamente fragmento por fragmento, el film sería mucho mejor de lo que es en su conjunto, o sea, una lata. Así, por ejemplo, vale la pena ver juntos a Antonio Riquelme, José Álvarez Lepe y a Erasmo Pascual, haciendo de los médicos que no aciertan con la cura para Teresa en una breve escena incidental, o tropezarse, como por casualidad, con Félix Dafauce en el papel del teólogo Francisco de Salcedo, o con Margarita Lozano, de dama de compañía de doña Agriomar, o con Julio Gorostegui, como alguacil del Santo Oficio, entre muchísimos otros miembros de un reparto tristemente irrepetible.

La tetralogía Torrado (1961-1964)

Ramón Torrado Estrada nació el 5 de abril de 1905 en A Coruña, en el seno de una familia acomodada. Hijo de un coronel de artillería y de la hija de un almirante de la Armada, y nieto de armadores, disfrutó de una infancia que se desarrolló en un marco económico desahogado. Siente una temprana vocación por la pintura que la oposición paterna no consigue malograr del todo, pese a que se ve obligado a iniciar estudios de peritaje industrial. Su inclinación por la plástica va derivando hacia el terreno teatral, dedicándose a la escenografía. En 1934 contrae matrimonio y se establece en Madrid, donde llega a montar un espectáculo musical cuyo estreno se salda con un sonado fracaso. Paralelamente, su hermano Adolfo (1904-1958) ha ido consolidándose como uno de los más populares autores teatrales de la escena española y será de su mano que Ramón se iniciará en el cinematógrafo, al firmar (junto al cubano Heriberto Santaballa Valdés) una primera versión fílmica de una obra suya, “Manolenka”, en 1939, que dirigió Pedro Puche. A esta seguirá “El famoso Carballeira” (Fernando Mignoni, 1941) en la que participa como co-adaptador, asesor técnico y encargado de la ambientación. El film supone el primer contacto de Cesáreo González con el cine, al ser el primero en el que invertirá dinero este decisivo productor. Se inicia así la que será una colaboración habitual en lo sucesivo entre el financiero y Ramón Torrado, en el seno de la productora Suevia Films-Cesáreo González. Ya con este recién creado sello como divisa, se estrena “Polizón a bordo” (1941) película dirigida por Florián Rey en la que la labor de Ramón Torrado se extiende desde el argumento hasta los últimos detalles relativos al acabado plástico y a la ambientación del film. Como en el título anteriormente comentado, la protagonista femenina era Lina Yegros y si en “El famoso Carballeira” el masculino era José Nieto, en éste el protanismo se lo repartiron Ismael Merlo y Antonio Casal. Tras otros dos films en los que Ramón Torrado cumplía funciones similares (aunque el primero se basaba en un argumento de Wenceslao Fernández Flórez),“Unos pasos de mujer” (1941) y “La rueda de la vida” (1942), ambos dirigidos por Eusebio Fernández Ardavín, debuta como director de un largometraje con el film de ambiente futbolístico “Campeones” (1942), proyecto en el que Cesáreo González tenía puesta una gran ilusión como futbolero forofo y “protector” del Celta de Vigo. A este título seguirán “El rey de las finanzas” (1944), comedia vehicular de la algo apagada estrella Miguel Ligero, “Castañuela” (1944), título con la tonadillera Gracia de Triana, que no requiere mayor explicación, “Mar abierto” (1946), muestra de costumbrismo gallego, y “El emigrado”, que contaba con argumento de su hermano Adolfo y de ambientación vasca. Esta serie de películas, insertas en los planes de producción de Suevia Films, no se muestran hoy sino como la preparación del film más decisivo de la carrera de Ramón Torrado, “Botón de ancla” (1947), éxito popular apoteósico que marcará el resto de la trayectoria profesional del director. En lo sucesivo, la fórmula del archi-popular film que protagonizaron Jorge Mistral, Antonio Casal y Fernando Fernán Gómez, la repetirá Ramón Torrado con diversas variaciones, tratando inútilmente de repetir tan incontestable acierto de taquilla. Así, dando un vertiginoso salto en el tiempo, podemos considerar “Ella y los veteranos” (1961), primera de las colaboraciones de Jesús Tordesillas con Ramón Torrado, una de las parientes lejanas de “Botón de ancla”, por ser la camaradería de la milicia (en este caso, en su versión más veterana) el sustrato común de ambos films.
Estrenada en Madrid en el cine Palacio de la Música el 12 de diciembre de 1961, “Ella y los veteranos” basaba casi todo su encanto en el atractivo de unos actores espléndidos, los que se encargaban de dar vida a los “veteranos” del título, y gran parte de su insuficiencia, en la falta de atractivo de su pareja de jóvenes protagonistas, la guapa pero algo insulsa Mari Luz Galicia y el imposible Javier Armet, quizá el galán con menor capacidad de seducción de la historia del cine español. La película se correspondía en todos sus aspectos con el perfil característico de las producciones típicas de Copercines, la cooperativa de producción de la que eran socios Eduardo Manzanos, el músico Manuel Parada, el director Ramón Torrado, el operador Ricardo Torres y el guionista Miguel Martín, todos ellos implicados en el proyecto. Afín al grupo directivo y artístico es la práctica totalidad del reparto, encabezado por una estrella femenina, la ex “bailaora flamenca” (debutó, no por casualidad, en “Duende y misterio del flamenco”, film de Edgar Neville de 1952), Mari Luz Galicia, que era la pareja de Eduardo Manzanos, con quien contrajo matrimonio, abandonando el cine en 1963, tras rodar un par de producciones más “Copercines”. Acreditado en el guión, junto a Manzanos, otro fijo de los proyectos de la empresa, Joaquín L. Romero Marchent, completa la configuración “marca de la casa” del film.
La fascinación por lo castrense palpita a lo largo de la proyección de “Ella y los veteranos”, que se inicia con imágenes del desfile del día de la Victoria, un primero de abril y termina con otro desfile, al que ya sólo puede acudir a titulo póstumo don Joaquín Aguirre, el personaje de Tordesillas y uno de los cuatro que forman el grupo de “veteranos”. Los otros tres son Faustino (Juan Calvo) y Félix (Joaquín Roa), por un lado, ex combatientes del bando carlista, y Ramón (José Álvarez “Lepe”), compañero, en el bando liberal, de Joaquín. Los cuatro ancianos conviven en una modesta vivienda realquilados, asistidos por la patrona Ángeles (Rosario Royo). Un habilitado, don Florián (Juan Cazalilla –acreditado, por cierto, como Juan Calzalilla) les suministra la modesta pensión del Estado (la cual, al principio del film se ve incrementada en cinco opíparos durazos) de la que viven. Su entrañable convivencia, sacudida por cotidianos encontronazos en honor a sus pasadas contiendas bélicas, se ve realmente afectada cuando irrumpe en escena Ana María, jovencita zamorana sobrina de don Joaquín. Su llegada al domicilio de los simpáticos carcamales la anuncia una misiva que lleva el cartero al que encarna Paquito Cano (cercano a ser el célebre Locomotoro). Al poco de llegar Ana María, un joven teniente de infantería, Gustavo De la Cruz (Javier Armet, que actúa con voz prestada) empieza a pretenderla, rendido a sus muchos encantos. En el proceso de cortejo, visitan un puesto de tiro al blanco con escopeta que regenta Xan Das Bolas, un inevitable de casi todos los repartos del cine español y muy especialmente inevitable cuando el director era Ramón Torrado. La película se entretiene en minucias de muy ligero calado entre las que destacan las características de los cuatro militares retirados: la cortedad de vista de don Joaquín, la sordera de Félix (que perdió el oído por culpa de un cañonazo que disparó, precisamente Joaquín), la irascibilidad de Faustino o la afición desmedida a los dulces del sordo Félix (aunque, curiosamente, y por lo que sabemos, el goloso del grupo era realmente José Álvarez “Lepe”). El conflicto amoroso interesa poco al espectador y difícilmente se teme por que el romance (visto con buenos ojos y propiciado por los abueletes) llegue a buen puerto. Ana María, por ejemplo, trata de dar celos a Gustavo saliendo con don Florián, el habilitado, pero la maniobra apenas puede considerarse como “de distracción”. El final del film trae el fallecimiento de don Joaquín, uno de los muchos decesos que interpretó Jesús Tordesillas, rodeado de sus amigos, lo que le da la oportunidad de pronunciar la emotiva frase: “Me alegra irme el primero porque eso me evita la pena de perder a mis amigos”. La película, que recuerda vagamente en algunos momentos a “Blancanieves” o a su versión para adultos, “Bola de fuego”, merece recordarse por la grandeza de sus intérpretes de mayor edad, siendo más bien olvidable por todo el resto.
Muchísimo mayor éxito obtuvo la siguiente película Copercines, también dirigida por Ramón Torrado y también con Jesús Tordesillas en un papel destacado, “Fray Escoba”, película que abriría un pequeño ciclo de films protagonizados por un nuevo lanzamiento para la pantalla, el actor de origen cubano y procedente de Venezuela, René Muñoz, del que se dice que fue descubierto, en plena Gran Vía madrileña, cuando los productores ya desesperaban de dar con un protagonista adecuado para su film. El parecido que mantenía el joven Muñoz (veintidós años) con la imaginería de Fray Martín de Porres le sirvió, a la postre para protagonizar, merced al éxito cosechado, no sólo un film sobre el personaje y una serie de televisión (en México) sobre el mismo, sino también un buen número de películas más, hasta su fallecimiento, a causa de un cáncer en México en mayo del año 2000. La acción de “Fray Escoba”, film estrenado muy oportunamente, el día de los Santos Inocentes de 1961, se sitúa en el año 1580, en la ciudad de Lima (Perú), donde asistimos a la vida del pequeño Martín que vive con su madre, soltera, Ana Velázquez y su hermana Juana. Los tres viven pobremente y no contribuye a mejorar la situación que el pequeño Martín sea irresponsablemente desprendido, entregando a los pobres las pocas ganancias que su madre consigue reunir limpiando en el hogar de una mujer bien situada (Carmen Porcel). Un día, un enviado de su padre (Juan Cazalilla) acude a la pobre casa de Ana Velázquez para llevarse a los niños a Guayaquil. Por el camino, Martín entrega una limosna a un pobre que encuentra en el camino (José Álvarez “Lepe”) que le premia con una caracola. En Guayaquil, Mateo (Roberto Rey), un maestro cirujano, enseña al muchacho Martín el oficio de barbero y sacamuelas y, ejerciéndolo admirablemente sobre un desesperado José Sepúlveda, vemos a Martín ya adulto. La gran devoción que siempre ha sentido le empuja a ingresar en un convento de Dominicos en el que el prior es Jesús Tordesillas, y Juan Calvo, el portero, un hermano lego. La convivencia del nuevo fraile, que accede al puesto de donado, con el resto de hermanos es por lo común plácida, salvo con el hermano fray Cirilo (Mariano Azaña), hombre colérico e intransigente. Sin embargo, la gran bondad de Martín, su extrema generosidad, que le lleva a practicar verdaderos milagros para favorecer a los más desprotegidos (multiplicación de alimentos, encubrimiento de ladronzuelos, expulsión de los ratones del huerto), pronto vencen todas las dificultades. Entre estas se encuentra la presión que ejerce sobre él su padre, un caballero español (Alfredo Mayo) que estaría dispuesto a reconocerle para que abandone la vida conventual, y que el joven Martín logra superar, apoyado por el personaje de Tordesillas, su superior y “padre espiritual”. Entre otros episodios frailescos, en un momento de dificultades económicas del convento, el padre prior encarga a Martín que vaya a vender unos valiosos cuadros al usurero (y tratante de esclavos) Samuel (Barta Barri) y, como tiene por costumbre desde niño, su desinteresada generosidad le impulsa a repartir con los pobres el producto de la venta. En todo momento, desde su ingreso en el convento, mantiene un diálogo con el Cristo de la Sala Capitular, al que pide explicaciones por los milagros que realiza a través suyo, cuando él, humilde y sencillo, sólo pretende barrer con su escoba y ser un simple servidor. Estos diálogos remiten directamente al enorme éxito del cine español, “Marcelino, pan y vino”, revelando que era el film de Vajda la referencia que los productores tenían presente a la hora de proyectar el film. El éxito obtenido por “Fray Escoba” no alcanzó el mismo nivel, pero sí que justificó la continuidad del mismo equipo en dos nuevos títulos que igualmente contarían con la música de Manuel Parada y la labor del operador Ricardo Torres combinados con la dirección de Ramón Torrado y el protagonismo de René Muñoz y Jesús Tordesillas. Así llegará, transcurrido poco más de un año del de “Fray Escoba”, el estreno de “Cristo negro” (que se verificó el 11 de marzo de 1963). Si el film anterior, era una “vida de santo” en toda regla, con el referente claro de “Marcelino, pan y vino”, aquí el modelo a seguir está en el subgénero del “cine de las misiones”, en el que Jesús Tordesillas, por cierto, ya había transitado (recordemos “Misión blanca”, de Juan de Orduña, estrenada más de quince años antes). Esta segunda entrega de la trilogía Torrado-René Muñoz, en la que se ha producido un cambio de guionista (de Jaime G. Herranz se ha pasado a Joaquín Romero Hernández, en ambos casos con colaboración del director, Ramón Torrado), relata unos hechos más rotundos, argumentalmente hablando, que su predecesora, con un notable contenido de acción y violencia, y hasta algún pellizco de trama amorosa, propiciada por la presencia de la guapísima María Silva. Se cuenta la vida de Mikoa, un niño africano recogido en la jungla por el colono explotador Janson (José Bódalo) y entregado al padre Braulio (Jesús Tordesillas), quien se ocupará de su educación y evangelización. El niño es huérfano como consecuencia de que su padre ha sido asesinado por Charles, un sanguinario capataz (José Manuel Martín) que le dispara en el transcurso de una pelea motivada por un exceso de latigazos. Mikoa, al que le cambian de nombre, poniéndole el de Martín (suele rogar, curiosamente, a Fray Martín de Porres), crece en la fe cristiana y admirando a respetuosa distancia a Mary (María Silva), la hija de Janson, y recibiendo simultáneamente el manso acoso de una chica de su raza. El padre Braulio se encargará de quitarle al joven Martín toda clase de deseos, tanto los de venganza, como los de “ir a más” con la guapa Mary. También le pondrá a alfabetizar a los jóvenes nativos en una pequeña escuela misionera. La negrita que “le va detrás” a Martín sufrirá un intento de violación por parte del abyecto Charles, el hombre que mató al padre de Martín, del que será salvada por éste, que a punto está de matar con un machete al tipo que le dejó huérfano, pero la visión de la sombra de la cruz se lo impide en el último momento. Una revuelta de los negros del sector norte, comandados por el caudillo Vindú y promovida por Charles, trae como consecuencia un ataque en el que perecen el padre Braulio y Sor Alicia, una monja amiga de Mikoa. Finalmente, también él cae abatido por los rebeldes nativos, después de haber conseguido avisar providencialmente a Mary y a su recién adquirido esposo, el apuesto doctor Richard Crock (Fernando Hilbeck), y termina la película, justificándose así su título, con la crucifixión de su protagonista. El film obtuvo una buena acogida crítica y popular, lo que propició la realización de una tercera película con René Muñoz de protagonista, “Bienvenido, padre Murray”, que se estrenó el 24 de agosto de 1964, y que añadió el uso del color y el trasplante al género western a la fórmula de que se componían los proyectos previos. Así, la personalidad del protagonista, el “negro santo”, pasa al “universo western” sin demasiadas dificultades, bien secundado por actores adecuados, como Howard Vernon, Paul Piaget, Tomás Blanco y el imprescindible Fernando Sancho. Jesús Tordesillas tiene, en esta ocasión, menor protagonismo que en “Fray Escoba” o “Cristo negro” y el film, casualmente, fue el que menos éxito cosechó de la trilogía, sin duda porque el público natural del “western” era poco dado a aceptar esta clase de mixturas.

Luis César Amadori y otras suavidades
¿Dónde vas, Luis César?
Si Ladislao Vajda se pasó la juventud brincando de un país a otro huyendo del fuego de Hitler y Mussolini para terminar acomodándose en las brasas de Franco, Luis César Amadori alcanzó el mismo destino tras abandonar su país de adopción, Argentina, alejándose, acompañado por su esposa y musa, la actriz Zully Moreno, de las represalias contra los peronistas, las cuales le habían llegado a costar, por cierto, un mes de prisión. Luis César Amadori (Pescara, Italia, 1902 – Buenos Aires, Argentina, 1977) fue un cineasta que tras una carrera triunfal e internacional, llegó a España con vocación de tafetán, de envoltorio coquetón, que producía películas sin aristas, listas para consumir por un público renuente a las emociones fuertes, que aplaudiría sus films, huecos como pompas de jabón, con manos delicadas y enguantadas. Al poco de establecerse en nuestro país, tras estrenar en 1958 “La violetera”, que supondría una continuación del anterior éxito de Sara Montiel, “El último cuplé” (Juan de Orduña, 1957), Luis César Amadori firmaría “¿Dónde vas, Alfonso XII?”, uno de los mayores éxitos taquilleros de toda la historia del cine español. Jesús Tordesillas formaría parte de su reparto, ocupándose de dar vida al anciano mayordomo Ceferino, leal e incombustible punto de apoyo para su borbónico señor, Alfonso XII (Vicente Parra), el monarca al que el destino adverso le arrebataría a su joven esposa, María de las Mercedes (Paquita Rico). Tordesillas, sin aparentar el menor esfuerzo, dota a su personaje de la calidez humana que requiere y le bastan tres o cuatro fugaces intervenciones para calar en el ánimo del espectador, siendo la última, cuando se funde en un abrazo con su señor, al que cuida desde niño, dándole el consuelo que necesita por la pérdida de su amada esposa, la que perdura en memoria del público. En la insensata continuación del film, “¿Dónde vas, triste de ti?” (Alfonso Balcázar, 1960), secuela que pretendió, sin lograrlo, reeditar el éxito del original, el personaje de Ceferino lo heredaría, no obstante, Rafael Bardem, que en la película de Amadori había interpretado al médico que trata a María Mercedes (dicho sea de paso, con muy poca eficacia). El argumento, por ser de sobras conocido y por carecer por completo de interés, de “¿Dónde vas Alfonso XII?” no va más allá de mostrar el mutuo enamoramiento entre dos jóvenes que se da la circunstancia de que están en situación de regir los destinos de España, con el telón de fondo de los movimientos políticos que permitieron que el monarca accediera al trono de España tras la Restauración monárquica que sucedió a la Primera República. Para el espectador que no se pirre por los fastos de la corte, ni por los uniformes de gala, ni por los vestidos de organdí, ni por las cancioncillas que entonaba Paquita Rico, lo más valioso del film radicaría en el episodio en el que el gobernador civil de Madrid (Mariano Azaña), retiene (de manera cada vez más amable, conforme la situación política va derivando de la República a la Monarquía) a Antonio Cánovas del Castillo, personificado en José Marco Davó, y a don José Osorio y Silva, Duque de Sesto y Marqués de Alcañices (Pepe Alcañices, para los amigos) a quien encarnó espléndidamente, Tomás Blanco. Las dificultades inherentes a todo romance que se precie derivan de la enemistad que la derrocada reina Isabel II (madre de Alfonso XII) (Mercedes Vecino, sencillamente magnífica y encantadora, en su regreso al cine tras una larga ausencia de la pantalla que se había prolongado catorce años) mantenía con los Montpensier, la familia de la novia, a los que hacía responsables de su alejamiento del trono. Pero pronto este obstáculo se revela fácilmente salvable por la naturaleza dialogante e interesada del duque (Félix Dafauce) y por el cariño sincero que su esposa, la duquesa (Ana María Custodio), siente hacia su hermana Isabel. En papeles episódicos encontramos, casi de figurantes, a Xan das Bolas y a Modesto Blanch, subidos a una farola para aclamar al paso del gallardo reyecito montado en su caballo blanco (momento en el que no se desaprovecha la ocasión de recordar la volubilidad del populacho, al recordar el personaje de Modesto Blanch al de Xan das Bolas cómo aclamaba con el mismo entusiasmo a la República, pocos meses antes). Con algo más de diálogo y compartiendo el plano con el protagonista, a Antonio Riquelme le corresponde encarnar con su magra figura al pueblo madrileño, con el que el joven rey mantiene un contacto nocturno, al intercambiar opiniones con él, de riguroso incógnito, sobre lo que debe hacer en relación a su futuro matrimonial, encontrando en él apoyo y la comprensión del pueblo llano. En líneas generales, es obligado decir que el éxito de “¿Dónde vas Alfonso XII?” fue de tal magnitud y tan incontestable que probablemente supera las posibilidades de una crítica objetiva. Gustó muchísimo al público y calificarla de ñoña o gazmoña no dejaría de ser una falta de respeto en la que este burgomaestre no está dispuesto a incurrir. Sólo dirá, en beneficio de su sentido de la estética, que, de acuerdo con su criterio, Vicente Parra y Paquita Rico no hacían buena pareja.
Tras un muy fructífero año 1958, en el que, a los éxitos tremendos de “La violetera” y “¿Dónde vas, Alfonso XII?”, sumaría también el no pequeño de “Una muchachita de Valladolid”, Luis César Amadori volvería a contar con Jesús Tordesillas para su película, estrenada el 10 de septiembre de 1959 en el cine Coliseum de Madrid, “Una gran señora”, film sobre el que ya hablamos algo extensamente en la entrada dedicada a Manuel Díaz González, y en el que nuestro protagonista desempeñaba el papel de Richard Chrysler, el más que maduro hermano tarambana de Lady Greta Chrysler, la despistadísima y adinerada mujer a la que daba vida Isabel Garcés, en este alambicada historia de los amores de la soñadora modelo Charo (Zully Moreno, recordemos, esposa del director) repartidos entre dos hermanos gemelos, Adolfo y Willy Chrysler, hijos de Lady Greta. Comedia, dentro de la línea de su director, confeccionada a base de terso y brillante papel “couché” de la que se había limado todo atisbo de aspereza crítica. Para mayor abundamiento sobre el film, este burgomaestre se remite a lo dicho en su día en la entrada enlazada sobre estas líneas. En cuanto a la siguiente película que puso a Jesús Tordesillas a las órdenes de Luis César Amadori, también excusaremos el comentario y nos limitaremos a mencionarla, toda vez que ya se ha hablado por dos veces de ella en “Lady Filstrup”, la segunda, con suficiente detalle, en la entrada dedicada al recientemente fallecido Fernando Cebrián. Nos referimos a “El señor de La Salle” (1965), biopic sobre la figura de Jean Baptiste de La Salle (Mel Ferrer, en el film) en el que Jesús Tordesillas disponía de una intervención breve pero relevante, como juez en el proceso celebrado contra el protagonista.
Luis César Amadori estaba especializado en fundamentar la buena fortuna de sus películas sobre la sólida base de una estrella de probada popularidad (aparte, naturalmente, de las que daba a protagoniza a su propia esposa). En repetidas ocasiones (hasta tres, para ser exactos) dirigiría a la excesiva Sara Montiel, en dos a la ilustre veterana y excelente cómica Isabel Garcés (la segunda de ellas, con el refuerzo de la pizpireta Marujita Díaz), y en otras dos ocasiones, tanto al popular galán Alberto Closas, como a la más famosa pareja de gemelas del cine español, Pili y Mili, lo que, tratándose de una filmografía de corta duración (la carrera en España de Amadori se desarrolló entre 1958 y 1968) marca una tendencia clara, la cual queda definitivamente reforzada con la adición de un dato contundente, fue el director de Rocío Dúrcal (María de los Ángeles de las Heras Ortiz, Madrid, 4-10-44/ 25-3-2006) en nada menos que cinco películas, entre 1965 y 1968. En la segunda de ellas, “Acompáñame”, que se estrenó en Madrid, en el cine Palacio de la Música el 5 de agosto de 1966, tuvo un papel adjudicado nuestro protagonista de hoy, en la que sería su última colaboración en un film de Luis César Amadori.
“Acompáñame” reunía a Rocío Dúrcal con otra estrella de la canción del otro lado del Atlántico, el venezolano Enrique Guzmán (recordado todavía hoy por su versión del rock clásico “Bony Moronie”, “Popotitos”) en una peripecia tan ligera, burbujeante e inocua como la gaseosa. Fotografiados sin desperdiciar ni un ápice de la rutilante gama de colores de la cámara de Alejandro Ulloa (fenomenal operador, hijo del actor del mismo nombre), Rocío Dúrcal encarnaba encantadoramente a Mercedes, que vive con sus tíos, (Félix Navarro y Pilar Gómez Ferrer) a los que ayuda en la tarea del cuidado y limpieza del museo de Ciencias Naturales local, y Enrique Guzmán, al jovenzuelo estudiante Tony, que está ansioso por vivir la vida. Ambos son casual y equivocadamente tomados al servicio de doña Eduvigis (Amalia de Isaura), una anciana a la que la servidumbre (Laly Soldevilla y Erasmo Pascual) acaba de abandonar por considerarla gafe. La buena señora mira la vida a través de unos impertinentes hechos con unas aguamarinas que le regaló su hermano Atenodoro, lo que probablemente causa los males que provoca. El caso es que doña Eduvigis necesita que le acompañen a Tenerife, donde debe reunirse con su primo Pantaleón (Jesús Tordesillas) por un asunto de cobranza de una herencia, cosa que hacen Mercedes y Tony en calidad de dama de compañía y chófer, respectivamente. Los dos jóvenes, como es obligado, irán jugando el juego de encuentros y desencuentros propio del amor juvenil y, dada su cualidad canora, intercalarán en la acción tantas cancioncillas como sean capaces. Con la finalidad de que a la película no le falte en ningún momento la “chispa” y el “gracejo” deseables, hasta se contará con la actuación de “Los Beatles de Cádiz” en la correspondiente escala del viaje en la capital gaditana. Cumpliendo la función de amigos de los protagonistas a los que éstos pueden explicar sus inquietudes y que así nosotros nos enteremos de ellas, figuran Paquito Cano, como amigo de Mercedes y Pepe Sancho, como Trinidad, el amigo de Tony. Por último, para complicarle un poco las cosas al galán titular del film, Rafael Guerrero interpreta a un joven que le hace una blanda competencia por los favores de Mercedes, y María Isbert y Luis Morris cubren con solvencia el expediente de sus anecdóticos papeles. El final de la película, muy semejante al de “Una gran señora”, es el ideal para este género de películas. Todos quedan elegantísimos en la entrada de la iglesia.

Las otras “suavidades”

El mismo año que se estrenaba “¿Dónde vas Alfonso XII?”, Jesús Tordesillas intervenía en otras películas de regusto igualmente dulzón. Una de ellas le reunía, precisamente, con la protagonista femenina de ese gran éxito, la tonadillera Paquita Rico, que en 1958 había estrenado también, aprovechando su máxima popularidad, “La tirana”, de Juan de Orduña. Nos referimos a “S.O.S. abuelita”, película dirigida por León Klimovski y producida en 1958, aunque se estrenó el 16 de octubre de 1959, con la misma pareja masculina para Paquita Rico que se le había unido en “La tirana”, Gustavo Rojo. En “SOS abuelita” asistimos a una historia (debida al ingenio de Emilio Villalba, cuyo argumentó convirtió en guión Klimovski, auxiliado por José Santugini en los diálogos) de tintes fantásticos que recuerda poderosamente a “La dama de armiño” (That lady in ermine, 1948, Ernst Lubitsch), como precedente más o menos remoto, y a la serie televisiva “Ese señor de negro”, como plausible hija putativa. Se cuenta el caso de la sosa Clemen (Paquita Rico), a la que le han bastado tres años de matrimonio para aburrir a Raúl, su marido (Gustavo Rojo), hasta el punto de que éste le pide trasladar su cama a otra habitación. Tratando de recuperar a su pareja, Clemen organiza una fiesta para celebrar su tercer aniversario de bodas, pero la celebración (canción a su cargo, incluida) resulta letárgica. Ante la amarga desesperación de la joven esposa, su abuela, desde el retrato que preside el salón, toma cartas en el asunto, cobrando vida y saliendo de la pintura para tomar el lugar de su nieta y revitalizar, con su gracejo y salero, la convivencia conyugal. La nueva Clemen reconquista a Raúl, al tiempo que desconcierta al abuelo, su propio viudo (Jesús Tordesillas), que siente que se está enamorando de su nieta (su esposa, realmente) y alborota, en general, la testosterona de los amigos y allegados (entre los que se encuentran Ángel Jordán, Tomás Blanco o Antonio Molino Rojo). Finalmente, se restablece el estatus original, con el regreso de la abuela al retrato del salón y de la nieta al seno de su revigorizada vida.
Obligado por la edad, Jesús Tordesillas reincidirá frecuentemente en el papel de abuelo. Así, producida también en 1958, aunque estrenada en 1959, “Escucha mi canción” coloca a nuestro protagonista en el papel de abuelo de uno de los fenómenos populares más descollantes de su época, el niño cantor Joselito. Estrella de la productora de Cesáreo González, “Suevia Films” y dirigido siempre por Antonio del Amo (del que hablamos algo cuando comentamos aquí su “Sierra maldita”, en la entrada dedicada a José Sepúlveda), Joselito gozaba todavía de su máxima popularidad en 1958, año en el que, además de “Escucha mi canción”, había rodado “El ruiseñor de las cumbres”. Jesús Tordesillas accedía al “universo Joselito” en conjunción con otro fenómeno singular de la cinematografía española: Luz Márquez.
María de la O Martínez García Soler (Madrid, 12 de diciembre de 1935), artísticamente conocida como Luz Márquez, irrumpió en el medio cinematográfico por un camino harto inhabitual. Víctima de un postrante estado depresivo, esta hija de familia de buena posición, encontró en Torcuato Luca de Tena el oportuno “médico de su alma”, pues este dramaturgo, amigo de la familia de la afectada joven, sugirió y propició que participara en la película “Embajadores en el infierno” (1956), de la que era guionista, interpretando un pequeño papel, como terapia para salir de la depresión. El tratamiento fue tan efectivo que, en un inverosímilmente corto periodo de tiempo, Luz Márquez multiplicó su presencia, en papeles de protagonista, en la producción cinematográfica española. En 1958, la inexperta actriz (que sólo un par de años antes ni siquiera imaginaba que iba a dedicarse a tal oficio), aportaba su aristocrática presencia a nada menos que nueve títulos (lo que, teniendo en cuenta que la suma total de títulos del cine español de aquel año, coproducciones incluidas, alcanzaba la cifra de 75, representa una proporción asombrosa), entre los que había alguno que alcanzaría una popularidad y significación tan notable como el mítico “Las chicas de la Cruz Roja” (Rafael J. Salvia, 1958), la producción de Juan de Orduña que rodaría junto a la entonces en boga (como hemos visto antes) Paquita Rico, “La tirana”, o el film que le puso en contacto con Joselito y Jesús Tordesillas, “Escucha mi canción”.
En los minutos iniciales de “Escucha mi canción”, Joselito vive pobremente en compañía de una vieja de aspecto semejante a una bruja, a cuyo cuidado quedó abandonado diez años atrás, siendo un bebé. Sin los atentos cuidados de unos padres, el niño queda deslumbrado cierto día ante el atractivo de unos titiriteros (especialmente, el de Lucinda, una niña que va con ellos). Se fuga de su precario y triste hogar y se une a la “troupe”, de la que es el líder Trompetti (Barta Barri en uno de los papeles más largos de los que al actor húngaro le cayeron en suerte y en el que, además, cosa infrecuente, actúa con su propia voz). Pronto destaca en el espectáculo por su prodigiosa voz, hasta el punto de que un empresario del “show bussiness” (Salvador Soler Marí) lo aparta de sus queridos compañeros tras aflojar un bonito fajo de billetes. Joselito pasa a encontrarse en la proverbial situación del pájaro canoro en jaula dorada, alimentando su soledad con tebeos (que no es mal sustento, se le ve leyendo un “Pulgarcito”), cuando, a través de una actuación televisiva, es reconocido por Marta, su madre (Luz Márquez), que se desmaya de la impresión. Nos enteramos entonces que Marta, como hija del marqués de Albar fue engañada por un caza-dotes, quien, ante la oposición del noble al proyecto de boda (lo que le alejaba de su objetivo, la plata del marqués) consintió en casarse en secreto con ella, en el extranjero, con la intención de acceder a la fortuna del suegro una vez naciera el hijo de ambos. Marta no está de acuerdo con desvelar su boda a su padre, por lo que su expeditivo y ambicioso marido rapta al niño y lo entrega a una cómplice para forzar así a su mujer a hacerlo. El destino juega entonces su baza y el desnaturalizado padre encuentra la muerte en un accidente, dejando a su esposa sin posibilidad de conocer el paradero de su hijo. Tras el reencuentro materno-filial, propiciado por el moderno invento de la televisión, queda todavía por salvar el doble obstáculo de la delicada salud del marqués, que desaconseja emociones fuertes y de su desconfianza, que hace que del mismo modo que rechazaba al padre, sienta cierta prevención ante su retoño, pero, naturalmente, el buen corazón y temple de Joselito, unido a su talento musical, convencen al viejo marqués de Albar de que será un digno sucesor de su título. Un argumento emparentado, como vemos, con los folletines más rancios (¡no falta ni el detalle de la medalla, que el niño conserva devotamente, de la madre perdida!), no muy alejado de un pésimo film de 1943, “Schottis” (Eduardo García Maroto), que recordamos en la entrada dedicada a Mario Berriatúa. No sería poco el talento de Antonio del Amo si lo cifráramos exclusivamente en hacer aceptable tal propuesta, original de Emilio Canda, quien continuaría ocupándose de este menester en posteriores films protagonizados por Joselito.
Completando un año 1958 pletórico de trabajo, como si no fuera el año en que Jesús Tordesillas cumplía los sesenta y cinco de edad, el actor madrileño, tan aficionado a lo español, podía presumir de haber compartido cartel con figuras principales de la más racial copla, pues a sus películas con Paquita Rico y Joselito, sumaría una breve participación en “Venta de Vargas” (Enrique Cahen Salaberry), film cuya acción se desarrollaba en la Guerra de la Independencia y que protagonizaban la pareja en la vida real formada por Lola Flores y Antonio González “El Pescaílla”, tonadillera y guerrillero en la ficción, entre los que se interponía el consabido oficial francés a quien encarnaba Rubén Rojo. El tema de la guerra del pueblo español alzándose contra el invasor francés lo retomará Tordesillas catorce años más tarde, en el film de Rafael Gil “La guerrilla”, que comentaremos después.
Tras volver a incidir Tordesillas en el “filón Joselito” en 1960 con “El pequeño coronel”, una vez más de Antonio del Amo, le toca en suerte ser el abuelo, en “Margarita se llama mi amor”, de la figura protagonista, quien, en este caso, se trata de lo que se dice “toda una figura”, una mujer de las que, en lenguaje brugueriano sea dicho, “quitan el hipo”: Mercedes Alonso. Con dirección de Ramón Fernández, el film, estrenado el 31 de agosto de 1961 en el cine Coliseum madrileño, era un producto Aspa Films con argumento, guión y diálogos del “factotum” de la empresa, Vicente Escrivá. La liviana trama se limitaba a registrar la justificadísima idolatría que la población estudiantil practicaba hacia Margarita Rodríguez (Mercedes Alonso ¿quién si no?), una alumna de formas voluptuosas y rostro tan bello como sugerente que coqueteaba con toda la muchachada frívolamente, pero que quedaba “flechada” por un joven y serio profesor, Eduardo Heredia (Antonio Cifariello) hasta el punto de perder su habitual alegría de vivir, llegando al extremo de interpretar el tango “Esta noche me emborracho”, completamente beoda, ante un gran número de atónitos espectadores en una sala de fiestas. Consecuencia de la pelea resultante (sus compañeros la defienden del abucheo general), Margarita dará con sus hermosos huesos en el calabozo, lo que constituirá el punto más bajo de su autoestima. Jesús Tordesillas, en el rol de su abuelo, constituirá su única familia por manifiesta incapacidad de la madre, a quien interpreta Margot Cottens, que se pasa la película de viaje en los lugares más dispares y haciendo llamadas telefónicas a su padre al que deja atónito con las más absurdas peticiones (tres cajas de chirimoyas con destino al Polo Norte, por ejemplo). Entre los condiscípulos del género masculino, destacan Nacho (Manolo Zarzo), el más fogoso admirador de Margarita y el que más seriamente rivaliza con don Eduardo, José Luis Ozores, como “El Gurriato”, estudiante algo asilvestrado, y Jesús Colomer, que encarna a Desiderio Conesa Ortiz, “Desi”, el estereotipo del tímido y nervioso. Del lado femenino, son muy gratas las presencias de María Silva, Gisia Paradís y Amparo Baró, que era tan buena actriz que ya parecía una veterana desde sus comienzos. Entre los profesores, el lugar más destacado lo ocupa don Severino, el profesor de historia (Pepe Isbert), el cual suspira muy convincentemente y pone los ojos en blanco al paso de Margarita. En papeles incidentales, sólidos secundarios como Goyo Lebrero o Ángel Álvarez (que recibe muy graciosamente un porrazo en la cabeza) aportan consistencia a las peripecias del film. De la labor de Tordesillas, podemos destacar un emotivo brindis que dedica a los ausentes en una Navidad que celebra en la única compañía de su nieta Margarita y al término del cual irrumpe, bulliciosa, la tuna. Con su participación en esta película, Jesús Tordesillas completaba su inmersión en cierto sesgo del cine popular destinado a un público mayoritario, sin sentido crítico y con ánimo escapista y de recta moralidad, de acuerdo con los parámetros pertinentes. Continuará el actor el mismo camino (de hecho volverá a incidir en el), en plena ancianidad, rodando films producidos, fundamentalmente, por amigos suyos y discurriendo por terrenos similares, el de las “películas toleradas”, si bien habremos de distinguir algunas variedades, como lo son el cine de género western y aventurero y el cine “de estampitas” (y algo más) de Ramón Torrado. Pero antes de hablar de todo ello, procede hacer un paréntesis norteamericano.

Los amigos americanos: Bienvenidos Mr. Siegel y Mr. Lamas

La filmografía de Jesús Tordesillas se prolonga hasta rondar el centenar de títulos. Entre tal piélago de celuloide no es difícil, sin embargo, reconocer ciertas constantes, ciertas tendencias más o menos acusadas que hemos ido señalando y que podían resumirse en que el actor se empleaba preferentemente en un tipo de cine cercano al estereotipo del espectáculo confortable y confortador con raíces españolas (en lo folklórico y en lo moral) aceptable y hasta recomendable para el poder establecido. Con el paso de las décadas, la búsqueda de la trascendencia que caracterizaba a este tipo de cine hecho en España, iría dando paso a una mayor ligereza, hasta desembocar ejemplarmente, como veremos, en algunos títulos lamentables, como los que cerraron la longeva carrera de Jesús Tordesillas. Hablar de títulos insólitos en una trayectoria tan coherente es tarea imposible, pero sí que cabe considerar sendas rarezas dos películas barnizadas de tintes yanquis: “Aventura para dos” y “La fuente mágica”.
Estrenada casi simultáneamente en Madrid y Barcelona, en septiembre de 1958, “Aventura para dos” fue dirigida por Donald Siegel, lo que por sí solo ya constituiría una peculiaridad remarcable. En efecto, el director de “La invasión de los ladrones de cuerpos” o de “Código del hampa” parece tener un difícil encaje en la cinematografía española. Sin embargo, atendiendo a su argumento, que consiste, precisamente, en el relato de la visita de un norteamericano por las “esencias españolas”, la idoneidad de Siegel se revela en todo su esplendor. Se cuenta en “Aventura para dos” (cuyo título original “Spanish affaire” parece mucho más adecuado) el escarceo amoroso entre Mari Saruvia (Carmen Sevilla), secretaria del señor Carlos Sotelo (Jesús Tordesillas), y el arquitecto norteamericano Perry Blake (Richard Kiley), en viaje por España, donde acude para ultimar los detalles de un proyecto suyo que él consideraba ya aprobado. Sin embargo, la especial idiosincrasia española rechaza la dimensión sobrehumana de lo diseñado por el técnico yanqui. Ante la rebeldía de éste, que no acepta la negativa, Carlos Sotelo le invita a conocer y convencer a los responsables de la decisión, encargando a su secretaria, María, a quien ya había enviado a recibirle al aeropuerto, a acompañarle en el periplo que le llevará por distintos lugares de la geografía española. María no está del mejor humor para aceptar el encargo pues acaba de romper con su pretendiente, Antonio (José Guardiola), un palmero de un cuadro flamenco adecuadamente posesivo y celoso, que al enterarse de que la que considera aún su novia viaja sola con un hombre, se dedicará a perseguirles denodadamente. En tales condiciones, el itinerario se verá jalonado por diversos encuentros en los que se pondrán de manifiesto el tremendo contraste existente entre la mentalidad práctica y prosaica de los norteamericanos y la soñadora, voluble y algo ineficaz (pero mucho más humana) de los españoles. Así, conoceremos al padre de María, un pintor que vive en Toledo (José Marco Davó), bohemio e irresponsable, y al señor Oliva (Julio Peña), uno de los jerifaltes que ha rechazado el proyecto de Blake, considerándolo inadecuado para la mentalidad hispana. El señor Oliva se muestra hospitalario y encantador, pero mucho más interesado en jugar con sus hijos en la playa (se encuentran en Tossa de Mar) que en discutir con el arquitecto de ultramar. En la localidad gerundense, Blake encuentra asimismo a un marinero bilbaino (José Nieto) que le enseña algunos trucos y algo de la filosofía sencilla y profunda de la gente del mar. Finalmente se produce el esperado enfrentamiento entre Antonio y Blake, que pone de manifiesto otra característica española, a Antonio la fuerza se le va por la boca. La película, que está muy solidamente realizada, no carga suficientemente las tintas en ningún sentido, por lo que deja una curiosa sensación de indefinición a su conclusión, con la fresca y delicada belleza de Carmen Sevilla como su valor más seguro.
Si extraña resulta “Aventura para dos”, no deja de reflejar su cualidad de producto híbrido “La fuente mágica”, experiencia española de la pareja formada por Fernando Lamas y Esther Williams (que terminarían casándose en 1969 en el que sería cuarto y último matrimonio del actor), que constituiría el primer y único film que dirigió el elemento masculino del binomio. Estrenada el 4 de febrero de 1963 en el cine Capitol de Madrid, esta coproducción hispano-norteamericana que contó con el actor Mario Berriatúa como “inspector de producción” narraba la huida de un ejecutivo agobiado por los negocios, don Alberto (Fernando Lamas, que no sólo dirige e interpreta, sino que también canta en pantalla una canción en inglés, durante los títulos de crédito, con fuerte acento hispano), hacia un mundo más sencillo y natural, en el ámbito campestre, lo que le lleva al pueblo de la mágica fuente del título. Allí encontrará el amor bajo las formas de Jacinta Towers (Esther Williams), una americana que está haciendo una encuesta, un estudio sociológico en los pueblos andaluces, una atractiva mujer lindante a la madurez que tratará de oponer toda la resistencia posible a los requiebros del forastero con la finalidad de dar algún interés a la película. Simultáneamente, hará tomar conciencia a las féminas del lugar del sometimiento al varón en que viven y les explicará lo que significa la “liberación de la mujer”, con el consiguiente revuelo y quebranto para la vida cotidiana del lugar. También contribuye lo suyo a la “tensión dramática” el asedio al que la hija del posadero, Margarita, de dieciesiete años de edad, somete al atractivo don Alberto. Destacados miembros de la comunidad (en la que, por cierto, presenciamos la celebración de las fiestas de San Aniceto) son, entre otros, don Tadeo, el alcalde del pueblo al que interpreta Ángel Ortiz (que aparece demasiado joven para “dar” el papel, aunque el doblaje trata de avejentarle), el cura que “hace” Fernando Sancho, o Nicolás, el dueño de la fonda “La fuente mágica” y padre de Margarita, al que presta su físico (que no su voz) Félix Fernández. Jesús Tordesillas, rememorando tiempos pasados de, por ejemplo, las lejanas “Currito de la Cruz” (1925) o “Leyenda de feria” (1946), encarna a don José Serrano, dueño de una hacienda de reses bravas donde se celebra una tienta a la que asisten los protagonistas. Aparece en pantalla con toda la gallardía de que era capaz a sus sesenta y nueve años montando a caballo (sobre el que se sostiene con cierta inseguridad) y vestido con traje corto, campero. Al final, tras algunos malentendidos que los han separado, y como es de rigor, las aguas de la fuente mágica llegan a su cauce y el amor entre las estrellas del film se impone cuando se reencuentran en la Feria de Abril de Sevilla. La película, rodada en la capital hispalense, en Huelva, y en Palos de la Frontera, se beneficiaba de una espectacular fotografía en Eastmancolor y Cinemascope de Ricardo Torres (que prestó quizá su apellido sajonizado a la protagonista) y contenía una de las fugaces apariciones del gran doblador Vicente Baño.

Producciones de género y para todos los públicos (1958-1969)

Gran parte de la producción cinematográfica de los años sesenta la integran las películas rodadas en régimen de coproducción, preferentemente con Italia. De ellas, la práctica totalidad cabe encuadrarlas en alguno de los tres géneros siguientes, dominadores de las preferencias de un público con voluntad de distraerse sin demasiadas exigencias de tipo artístico: el “peplum”, el western europeo (o “spaghetti-western) y “de espías a lo Bond”. Sometidos al dominio de estas tres corrientes, pocos intérpretes españoles que estuvieran en activo en la década de los sesenta pudieron sustraerse a compromisos profesionales que los insertaron en ellos. Algunos, incluso, alcanzaron cierta especialización, como en el caso de Eduardo Fajardo, un trabajador estajanovista, que rodó gran número de westerns. Otros ilustres actores de sus características, con sólidas carreras dramáticas en los escenarios, como José Bódalo, José Calvo o Andrés Mejuto, incurrieron también en este subgénero y, más esporádicamente, también encontramos a José María Cafarell, José Suarez o Alfredo Mayo. Por lo que se refiera al “peplum”, ya vimos, cuando hablamos de José Sepúlveda (que cuenta, asimismo, con algún “spaghetti” en su haber) y de Mario Berriatúa, que, llegado el momento, el profesional de la interpretación no duda en vestir la túnica y toga correspondientes, o la minifalda en su caso, cuando la ocasión lo requiere. El gran Fernando Rey o el no menos grande Guillermo Marín, prestaron con eficacia su prestancia escénica a más de un “peplum”, compartiendo la pantalla con exuberantes esclavas o cortesanas, y fornidos gladiadores o tribunos. Igualmente en la variante más escapista del género de espías hallamos grandes actores dramáticos en papeles puramente unidimensionales, como al magnífico Luis Peña, al sobrio José Suarez, o a Ángel Picazo, al que recordamos aquí en su correspondiente entrada, en la película “Estambul 65”, o (también sin movernos de Lady Filstrup) a Fernando Cebrián o a Francisco Sánchez. Por su parte, Jesús Tordesillas tuvo intervenciones en las tres modalidades de cine de consumo a las que nos referimos. La primera de ellas, y una de las más destacables, en el “peplum” de Vittorio Cottafavi, verdadero especialista en el género, “La rebelión de los gladiadores”, coproducción con Italia que se estrenó en Madrid el 2 de febrero de 1959, en el cine Carlos III. En ella, Jesús Tordesillas era Crisipo, el gobernador de la provincia de Armenia, a donde el senador Lucio enviaba a su sobrino, el tribuno Marco Numidio (Ettore Mani, el actor con la mandíbula más cuadrada del cine), para, bajo el pretexto de combatir el aburrimiento con promesas de diversiones cinegéticas, sofocar a los descontentos nativos. El gobernador al que encarna Jesús Tordesillas, un hombre flemático que sólo se interesa por la buena vida y por el espectáculo de los gladiadores, vive ajeno a las maquinaciones de la sometida princesa Amira (Gianna Maria Canale), que pretende eliminar al rey niño Ostroe, y de su consejero y ministro, el escita Burjala (Rafael Durán) y sólo se ocupa de reprimir al pueblo armenio, acaudillado por el rebelde gladiador Asclepio (George Marchal), una suerte de Espartaco previo al film de Stanley Kubrick. Marco Numidio, secundado por el leal Lucano (Rafael Luis Calvo) pronto toma conciencia de las injusticias a las que se ve sometido el pueblo armenio, convenientemente aleccionado por la hermosa nativa Zahar (Mara Cruz). Las insidias y maquinaciones de la malvada Amira y de su codicioso ministro provocan la revuelta y la destrucción, además de la muerte, alcanzado por una flecha, del gobernador (en una de las muchas muertes que le tocó interpretar a Jesús Tordesillas), con intervención de un ejército invasor escita en una batalla final. El valeroso Lucano ya ha muerto traidoramente cuando, en el saqueo de Tesifonte, la capital, también resulta asesinado Burjala a manos de los hombres que él mandó llamar, al intentar salvaguardar su oro. La dulce y bella Zahar, torturada y sacrificada por la cruel Amira expira, también, en los brazos de Marco Tribuno. Suponemos que su tío, el senador Lucio, allá en Roma, estará satisfecho de tal escabechina. El caso es que la película significa un digno entretenimiento, en el que las peripecias se suceden con buen ritmo y la suma de personajes y situaciones consigue distraer sin fatiga. En el apartado de las interpretaciones, merecen destacarse las admirables voces, tanto las de los actores que aportan la suya (caso de Rafael Luis Calvo, o Rafael Durán, ambos dobladores), como las que suenan prestadas, como la de Vicente Baño (que tiene, a su vez, un breve papel) que dobla a Georges Marchal, la de Manuel de Juan, que dobla al senador Lucio, o la de Francisco Arenzana que hace lo propio con el protagonista, Ettore Manni. La escena en la arena del circo, inevitable en toda película de gladiadores, incluye una lucha inusualmente bien resuelta entre Asclepio y un león, en la que el personaje del gladiador lo incorpora el domador profesional Luigi Gerardi que da más ajustada réplica al felino de lo que el francés Georges Marchal habría podido hacer.
Cifrada en “La rebelión de los gladiadores” la contribución al “peplum” de Jesús Tordesillas, el terreno aventurero lo hollará el actor madrileño fundamentalmente en el western de raíz hispánica, tales como el ya citado “Bienvenido, padre Murray” y, sobre todo, los basados en obras del creador del justiciero enmascarado, “El Coyote”, José Mallorquí, “Cabalgando hacia la muerte”, de Joaquín L. Romero Marchent y “El vengador de California”, de Mario Caiano, ambas de 1963, a las que siguieron “El proscrito de Río Colorado” (Mauri Dexter, 1966), “Una tumba para el sheriff” (Mario Caiano, 1966), “Dos caraduras en Texas” (Michele Lupo, 1968) y “Dos hombres van a morir” (Rafael Romero Marchent, 1969). En su filmografía aventurera encontramos también un film que adapta a un personaje del cómic, “El misterio de las naranjas azules” (Philippe Condroyer, 1965), trasposición al cine de las aventuras del mítico Tintín que ya compareció en este weblog cuando nos referimos a la intervención del gran Félix Fernández en el rol del profesor Tornasol y que sin duda volverá a ser citada cuando nos ocupemos de Ángel Álvarez (que hace un papel de científico, el profesor Zalamea, con la voz prestada por Manuel de Juan) o de Barta Barry, quien incorpora a un fementido jeque árabe. En este film, Jesús Tordesillas actúa doblado por el recientemente fallecido Pedro Sempson y su papel consiste en ser, en calidad de primo del profesor Zalamea, el cortés anfitrión de Tintín, Milú y del capitán Haddock en su finca “Bello Horizonte”, a los cuales se presenta haciendo gala de la hospitalidad más exquisita y con los ademanes más gentiles con las siguientes palabras: “Yo soy, simplemente, don Lope de Zalamea de Rodríguez Arroba Lozarabia y Puyredom”.
De las intervenciones de Jesús Tordesillas en el género western cabe decir que arrancan con la convocatoria de Joaquín Romero Marchent, al que podemos considerar el fundador del western hispano, subgénero este construido sobre la base de la obra del prolífico José Mallorquí, para dar vida en la coproducción con Italia y Francia “Cabalgando hacia la muerte” a Raimundo, el anciano y fiel servidor de don José (el soso actor norteamericano Frank Latimore), el hacendado californiano que es la otra identidad del justiciero enmascarado “El Zorro”, la cual, pese a haber abandonado en el pasado decide retomar ante los crímenes que, en su nombre están cometiendo una banda de malhechores comandada por dos hermanos, uno de los cuales le está suplantando. La abnegación de que hace gala el pintoresco Raimundo (Jesús Tordesillas luce en el film una de las caracterizaciones más chocantes de su larguísima carrera) le lleva a aceptar sin pestañear la tortura a la que es sometido por los villanos para hacerle revelar dónde y bajo qué personalidad se oculta “El Zorro”. También MacDonald, un agente del gobierno de los EEUU, investiga con rudos métodos la incógnita de la identidad del enmascarado, no dudando en llegar a aplicar el mismo tratamiento que recibió Raimundo por parte de los bandidos a su nieto (Carlos Romero Marchent, hermano menor, por cierto, del director del film). En el papel del gobernador de California hallamos a José Marco Davó y en pequeñas intervenciones, al ubicuo Xan das Bolas (como empleado del telégrafo) y a las guapas María Silva y Raffaela Carrá. El protagonismo femenino correspondió a María Luz Galicia, la misma estrella que aportaría su misma inexpresiva belleza a “El vengador de California”, donde volvemos a encontramos a Jesús Tordesillas en el reparto. Dirigida por el italiano Mario Caiano (tarea en la que fue asistido por Rafael Romero Marchent), esta nueva entrega de la serie de westerns hispánicos coproducidos por Copercines (nuevamente asociada con PEA, empresa italiana) trae nuevas aventuras en la California de mediados del siglo XIX basándose en un relato y guión de José Mallorquí, con la diferencia, sobre el film comentado anteriormente, de que el justiciero enmascarado pasa a ser el original del autor, “El Coyote”, en lugar de “El Zorro”. Así, será el otro yo de César Echagüe (un insulso “cara de pan” Fernando Casanova), el encargado de poner coto a los desmanes de los corruptos yanquis. Jesús Tordesillas, en el papel del padre del héroe, hará gala de su hidalguía tradicional, en uno de sus registros habituales, que contrasta notablemente con el del film precedente. Si en “Cabalgando hacia la muerte” recibía en préstamo la voz de Manuel de Juan para completar su interpretación del humilde empleado Raimundo (personaje que en palabras de un emocionado don José, ante su asesinato: “Era para mí un amigo, un hermano, ¡como si fuera un padre”), en “El vengador de California” era doblado por Eduardo Calvo, que le confería la respetabilidad que requería el (esta vez sí) auténtico padre del héroe. En papeles incidentales, hallamos a estupendos genéricos como el gran Félix Fernández, en el rol de don Goyo, un amigo de los Echagüe, guardián del honor español que se exaspera con la pasividad del blando César, a Santiago Rivero quien se hace cargo del personaje del doctor Valdés, o a José Jaspe, que actúa como el más destacado de la cuadrilla de los rancheros.
En otro registro del género western, comentaremos, sirviendo de muestra, la interesante “Dos hombres van a morir” (Rafael Romero Marchent), película que, estrenada el 23 de junio de 1969, se acerca más al renovado western norteamericano que al propio del continente europeo. Así, algo en “Dos hombres van a morir” recuerda a “Río Conchos”, más que a “Por un puñado de dólares” y todas sus secuelas, sin dejar por ello de ser un producto hispano-italiano ni de contener elementos del subgénero al que, por procedencia y factura, pertenece. El intrincado argumento, original del productor, Eduardo Manzanos Brochero, que convirtió en guión Mario Caiano, cuenta una historia en la que la información va suministrándose al espectador con cicatería, para que a cada breve intervalo de tiempo se produzca un pequeño suspense y una revelación. El espectador sabe, por ejemplo, que hay una banda de forajidos que lidera un antiguo oficial del ejército sudista, Bill Anderson, a quien interpreta un Armando Calvo estupendamente mugriento, en flagrante contraste con su imagen atildada y algo meliflua de galán en los lejanos tiempos de “El escándalo” (Sáenz de Heredia, 1943) o “El último cuplé” (Juan de Orduña, 1957). Como lugarteniente suyo, el joven Kid, del que sabemos pronto que no es tan despiadado como su jefe pero que tiene emponzoñado su corazón con el odio hacia los nordistas, y que, además vive un romance (en verdad muy comprensible) con la hermosa Lucy (Diana Zurakowska). Las acciones de los forajidos, que incluyen torturas y ejecuciones a honrados habitantes de Springfield (Missouri) crean la comprensible alarma en la citada ciudad, donde se produce una reunión de sus fuerzas vivas con la finalidad de encontrar una solución para detener tales desmanes. Entre los circunstantes, el más significado es el mayor Corbett (Jesús Puente), que nos olemos debe ser el traidor, pues es notorio que la banda de maleantes actúa siguiendo los informes de alguien “respetable” que posee mucha y valiosa información, como el tal Corbett (quien, para mayor dramatismo, es el padre de Lucy), de cuya fortuna se desconoce con precisión su origen. Poseedor de un rancho, no obstante parece disponer de más dinero del que su propiedad podría darle. En la reunión se resuelve poner sobre el caso a un agente de la prestigiosa agencia de detectives Pinkerton. Entran entonces en escena dos individuos que buscan a la banda de Anderson, un tal Samuelson y un tipo sin nombre (luego sabremos que se llama Allan), ambos candidatos a ser el agente secreto de Pinkerton, pero no es ninguno de ellos, el primero resulta ser un caza-recompensas, y el segundo, busca a la banda de Anderson por motivos personales. El agente de Pinkerton resulta ser un tercero. Desenmascarado y muerto Corbett, la partida de facinerosos de Anderson huye hacia el Oeste, en dirección a Kansas. En su camino se topan con un grupo de mormones que viajan con sus carretas hacia la tierra de promisión, donde han adquirido una propiedad agropecuaria, liderados por un venerable anciano (Jesús Tordesillas). Anderson decide asesinar a todos los mormones y suplantarlos pensando que serán un disfraz ideal para su banda, pero al llegar al primer pueblo, su comportamiento les delata y provocan una pelea multitudinaria en el salón, el cual regenta un resuelto José Sepúlveda. En el trágico enfrentamiento final se revela que Allan es hermano de Kid, el cual muere abatido por el disparo de Samuelson (que en realidad, aunque no nos importe, se llama Dan), que desconocía tal parentesco. Anderson, por su parte, ya ha recibido cumplido merecido a su maldad. Rescataremos especialmente, de este alambicado y violento western la presencia del veterano José Jaspe, en el papel de Zachary, uno de los miembros de la banda de Anderson, uno de sus habituales “hombres duros” tan convincente como siempre, a la altura de sus equivalentes yanquis (al estilo de Jack Elam). En similar cometido, y a parecida altura, consta otro habitual, Frank Braña. En el bando de los señores con levita, Ángel Menéndez luce como el juez Grant, de Springfield (Missouri). Como detalle destacable, por lo poco habitual, reseñemos que los intérpretes españoles actúan doblados por sí mismos, es decir, usando sus propias voces.
Dirigido nuevamente por Mario Caiano, que lo había hecho antes en “El vengador de California”, Jesús Tordesillas también tuvo su oportunista película de espías “a lo Bond”, “Los espías matan en silencio”, estrenada el 6 de noviembre de 1967, la cual incurría en los tópicos habituales, con el consabido supervillano suelto que quiere dominar el mundo y siente una especial predilección por liquidar científicos. Uno de los que integran la lista de víctimas es el profesor Roland Bergson, que fue el papel que le repartieron a Jesús Tordesillas. El dinámico protagonista, luchador incansable que se bate en una docena de peleas a lo largo y ancho del metraje, saltando de Londres a Beirut y de Beirut a Madrid y vuelta a empezar, fue el canadiense Lang Jeffries.

La decadencia y senectud (1970-1973)

La década de los años setenta alcanzó a Jesús Tordesillas en franca ancianidad y al cine español en un momento muy complicado en el que la indefinición industrial era la norma. Las películas comerciales estaban tomando un rumbo que no coincidía con el camino de Tordesillas, que sí había encontrado acomodo en las producciones de género de los sesenta y en el cine familiar y “de estampita”. Títulos como “¿Es usted mi padre?” (Antonio Giménez Rico, 1970), o “Con la música a otra parte” (Fernando Merino, 1971) no contienen ningún elemento que permita rescatarlas del olvido o de la indiferencia con que fueron acogidas, por no hablar de “Los escondites”, inclasificable artefacto pseudo-fantástico-con-niño que dirigió el televisivo Jesús Yagüe y que contó, incomprensiblemente, con una gran actriz como protagonista, Berta Riaza, en una de sus escasísimas actuaciones cinematográficas, y con un reparto espléndido que incluía a Terele Pávez, Ana María Noé, Fernando Sánchez Polack, Ricardo Lucia y Elena Flores. Para completar el efecto desconcertante, la música del film la firmaba Juan Pardo. Producida en 1972, “La guerrilla”, siquiera sea por los restos del oficio de su director, Rafael Gil, y porque no fue un completo desastre para la taquilla, permanece como uno de los films más estimables de los que constituyen la parte final de la trayectoria de Jesús Tordesillas. Presentada como un homenaje a Azorín (José Martínez Ruiz, 1873-1967) en el año del centenario de su nacimiento, la película adaptaba un relato del escritor castellano sobre un episodio de la Guerra de la Independencia en un pequeño pueblecito en el que se combate secretamente al invasor francés, cansados y hartos de los abusos de la soldadesca. El vicario de la villa (Luis Induni), por ejemplo, se ha unido a la partida del bandido “El cabrero” (Paco Rabal), mientras que otros conciudadanos, como Juan, el alcalde (Fernando Sancho), su medroso secretario Paco Salomón (Rafael Alonso) y Valentín, el ventero (José Nieto) o el instruido don Alonso (Jesús Tordesillas), se las ingenian para “despachar” silenciosamente a los descuidados oficiales gabachos que se pueden atraer. Un oficial del ejército de Napoleón, el coronel Santamon (Jacques Destoop) recibe la misión por parte de su general (José María Seoane) de investigar las desapariciones de oficiales franceses acaecidas en la localidad donde se desarrolla la acción. El comisionado se presenta en la venta de Valentín disfrazado de sargento y simula que los intentos de emborracharle con vino y con la exhibición de la deslumbrante belleza de la hija del ventero, Juana María (La Pocha) han tenido éxito, lo que le convertirá en pieza fácil de cobrar en la soledad de su alcoba, pero cuando van a liquidarle se presentan sus hombres y detienen a todos los resistentes, condenándolos, después, a ser ajusticiados en la horca. Paco Salomón es exculpado dado su carácter colaboracionista y se le da el mando municipal. El día de la ejecución, la partida de “El cabrero” interviene para salvar a los reos, con un éxito casi total, pues en la refriega muere Don Alonso. Paralelamente, nos hemos ido enterando de las delicadas circunstancias personales que concurren en las relaciones entre los personajes destacados del pueblo, pues Juana María es realmente hija de Juan, el alcalde, amante de su madre (Eulalia del Pino), con el conocimiento y consentimiento de Valentín. La guapísima joven deberá, en un momento determinado, a propuesta del coronel Santamon, decidir a cual de sus dos padres salvará la vida, decidiéndose, tras hablar con su madre, por evitar la ejecución del bondadoso Valentín. Asimismo, Juana María no podrá evitar enamorarse del oficial francés por mucho que milite en las filas del enemigo y por mucho que, además, reciba las atenciones de “El cabrero” y por mucho que su pasión esté destinada a tener un final trágico. El film, que estaba lejos de poseer la fluida pulsión narrativa que había caracterizado a su director treinta años antes, contaba con algunas presencias estimulantes en su reparto, como la de la gran Lola Gaos o la de la bellísima Charo López, que interpreta a una lugareña descreída, “puta de franceses”. La contribución de Tordesillas, que moría violentamente una vez más (como en “La rebelión de los gladiadores”, en “Cristo negro”, o en “Dos hombres van a morir”, por citar unos pocos ejemplos), dando vida a don Alonso, representaba la tan necesaria figura del defensor de la razón contra la barbarie. Asiste horrorizado a la quema de libros por parte de la soldadesca napoleónica y, en un momento de la acción, afirma: “Todo mal viene de la falta de ilustración”.

Tal como ya dijimos en las primeras líneas de la primera entrega de esta extensísima entrada, Jesús Tordesillas no se prodigó en el medio televisivo. Son contadas sus intervenciones en los míticos espacios dramáticos de Televisión Española. Ya en la última etapa de su trayectoria artística, el actor madrileño dispuso de un breve papel, bajo la categoría de “colaboración especial”, en la adaptación de “Otelo” que firmó Gustavo Pérez Puig para el programa “Estudio Uno”, en versión de la obra de
Shakespeare del escritor Antonio Gala. El rol que le fue repartido a Tordesillas fue el de Dux, el mandatario de la Venecia renacentista en la que discurre la acción, ante cuya presencia deben dirimirse graves asuntos de estado y a cuya consideración, Barbancio (Manuel Dicenta), el padre de Desdémona (Maribel Martín), expone el caso de la presunta seducción ilícita que el moro Otelo (Alfredo Alcón) ha practicado en la persona de su hija. Tordesillas, que ya había representado “Otelo” en 1916, con Enrique Borrás de protagonista y haciendo el papel del envidioso Yago, se muestra en esta ocasión inseguro y mermado de facultades en su interpretación, y hasta da la sensación de que, cuando su parlamento se prolonga más allá de dos o tres frases, se apoya visiblemente en la lectura para decir su diálogo. En el resto del reparto, Fernando Guillén, como Yago y Manuel Galiana, Charo Soriano y Sancho Gracia, en papeles de menor trascendencia, sacaron adelante sus personajes con brillantez pareja a la de los interpretes protagonistas, anteriormente citados (si bien, en el caso del argentino Alfredo Alcón, nos parece algo artificioso, sobreactuado y sobrepasado por la dimensión colosal de su papel).

“La boda o la vida” es el título de una insensata comedia que dirigió Rafael Romero Marchent en 1973 y que logró estrenarse, distribuida por “Chamartín producciones”, en Madrid, en diciembre de 1974. Con la más que improbable pareja de protagonistas formada por La Polaca y Manolo Codeso (que no forman pareja en la ficción ¡sólo faltaría!), esta producción de Eduardo Manzanos, apenas tiene empacho en disimular su condición de vehículo para la nostalgia más rancia de los primeros años cuarenta, los de la inmediata posguerra, como si fuera aquella una época dorada, llena de deslumbrantes figuras en todos los ámbitos de la vida, ignorando a conciencia (¡que ya es ignorar!) las penurias de la terrible posguerra. Formando parte del bochornoso espectáculo, a nuestro protagonista de hoy, Jesús Tordesillas se le brindaba un momento estelar en el que se interpretaba a sí mismo, siendo objeto de un “espontáneo” homenaje en una película que, no olvidemos, producía un viejo amigo. Desgraciadamente, su fallecimiento se produjo antes de que la película llegara a estrenarse, por lo que el merecido tributo se hizo público a título póstumo.
El guión de “La boda o la vida”, firmado conjuntamente por el propio director y por el enigmático José Luis Navarro (un guionista sorprendente, cuya pista de aquellos años nos lleva hasta la mismísima serie televisiva de “Columbo”, para la que escribió algunos de sus peores episodios) era poco más que una ración de televisión “en pantalla grande”, toda vez que la parte fundamental del metraje se la llevaba la participación del protagonista, Carlos (Manolo Codeso en el rol de un estudiante universitario de cuya verosimilitud debía dudar hasta el espectador más bienintencionado) en un concurso de la tele. La necesidad de obtener el premio (dotado de cinco millones de pesetas) nacía de la obligación contraída de casarse con su novia, Elena (Nuria Gimeno), a la que había dejado embarazada. La hermana mayor de ésta, Patricia (La Polaca) toma el mando de las operaciones tendentes a conseguir que el gañán se alce con el premio porque tanto ella, como una tercera hermana, Marta (Paloma Moreno) quieren forzar la boda para poder casarse ellas a su vez con sus novios: León (Alejandro de Enciso), el novio de Patricia, y Álvaro (Carlos Romero Marchent, hermano, por cierto, del director del film). Bajo el férreo mando de Patricia (que no pierde la ocasión de interpretar un par de números musicales adscritos a su género particular, muy racial, de mujer “de rompe y rasga”) todos colaboran para que Carlos se documente debidamente y consiga el premio apetecido. Para ello acuden a los archivos del No-Do y a la hemeroteca del diario ABC y de la “revista Blanco y Negro”. El concurso, que presenta el ya entonces veterano de la televisión, José Luis Uribarri, versa sobre los años cuarenta, dedicando cada programa a un bienio de la década hasta totalizar, en el transcurso de cinco emisiones, el decenio completo. Es con esta excusa argumental que se da un repaso notoriamente sesgado a lo acontecido en España en aquellos años, los primeros de la dictadura de Franco. Las visitas de personalidades de la época (entre las que se incluye la de Jesús Tordesillas, a quien se homenajea) se alternan con actuaciones musicales de la inefable Marujita Díaz. Los visitantes aprovechan para plantear una pregunta al concursante, siendo en el caso de Jesús Tordesillas, los premios de cine de 1940 del Sindicato Nacional del Espectáculo, en los que, precisamente, fue él el agraciado con el galardón al mejor actor por “La malquerida”. Otra película en la que actuaba, “La florista de la reina”, es también mencionada porque le valió a su director, Eusebio Fernández Ardavín, el premio a la mejor dirección. En otro programa, el visitante es José Luis Sáenz de Heredia (de quien, en un programa anterior, se había proyectado imágenes de uno de sus primeros films, “A mí no me mire usted”, y del que también se selecciona una secuencia de su película “La mies es mucha” en la que puede verse, casualmente, a un joven Rafael Romero Marchent (el director de “La boda o la vida”) actuando junto a Fernando Fernán Gómez. Aparte de alguna curiosidad más, sólo válida para nostálgicos irredentos o para cinéfilos algo desvencijados, la película es terrible. Con idéntica devoción se proyectan imágenes de ídolos del fútbol, toreros como Antonio Bienvenida o Pepín Martín Vázquez (a una de cuyas faenas se nos informa que asistió el jefe de las SS nazis, como si tal cosa), o del general Moscardó. Mala hasta el sonrojo, la película no consigue arrancar la menor sonrisa, ni siquiera por conmiseración. Más bien al contrario, consigue incomodar gravemente a poca sensibilidad que se tenga. La presencia de Xan Das Bolas interpretando a César Colmenar, el concursante suplente que espera que el protagonista Carlos falle para ocupar su lugar, es lo único medianamente aceptable de todo el film. Su desvergonzada admisión de su pasada condición de estraperlista (que “perló” con harina, luego con yeso y cemento y, finalmente, con licencias de camiones) es el único momento digno de un atisbo de empatía por parte del espectador, que asiste al resto con el ánimo repartido entre la incredulidad y la indignación. Consecuentemente, el film fue un fracaso más que regular, que nació ya anticuado, feo y tristísimo.
No mucho mejor que “La boda o la vida” es “Le llamaban la madrina”, aunque la comunión de este título con el público fue mucho mayor, fundamentada en el tirón popular de Lina Morgan y en el bien afinado olfato de Mariano Ozores para la taquilla. El elenco actoral también superaba netamente el ofrecido por el film que dirigiera Rafael Romero Marchent, pues incluía figuras tan entrañables como los muy competentes José Sazatornil, Antonio Ozores, Alfonso del Real, Luis Barbero, Emilio Laguna, Alfredo Mayo o el propio Jesús Tordesillas, en el que sería su último papel para la pantalla, como jefe del inspector de la brigada social, don Ramón (Alfredo Mayo), a quien le encarga ayudar a López Segovia (Ignacio de Paúl), inspector de la sección “L”, de asuntos exteriores, en un caso de espionaje, para lo que el comisionado acudirá a la ayuda de la experta “afanadora”, Trini, a quien da vida Lina Morgan y a su “gang” (integrado por su novio, Justino, encarnado por Antonio Ozores, su abuelo, interpretado por Luis Barbero y los secuaces “Momia” y “Tute”, a los que prestan su presencia cómica José Sazatornil y Emilio Laguna). Con apariciones puntuales del siempre eficaz Goyo Lebrero (como Abelardo) y de las guapas Barbara Rey y África Prat, y una colaboración del exagerado Ángel de Andrés en el papel del paleto al que le dan el timo de la estampita (rol que le había tocado en suerte a Francisco Bernal en “Los tramposos”), el epitafio profesional de Jesús Tordesillas supuso tan sólo una comedieta más de las que firmaba Mariano Ozores en la que, por cierto, el actor protagonista de la presente entrada no pudo ya aportar su voz, por lo que fue doblado.

Final

Repasando esta desbordada entrada encontramos, no obstante su excesiva extensión, algunas películas que han quedado en el tintero. Como las dos que dirigió Manuel Mur Oti con Tordesillas en su reparto, “La guerra empieza en Cuba” (1957), en la que el actor tenía una participación relevante, sólo por detrás de la pareja protagonista (Emma Penella y Gustavo Rojo), y “A hierro muere” (1962), donde el actor madrileño se limitaba a intervenir en un papelito de breve extensión como el farmacéutico que dispensaba el veneno que el protagonista (Alberto de Mendoza) se disponía a emplear para librarse de su tía a la que ambicionaba heredar. Tampoco ha habido lugar para hablar demasiado de “El relicario” (Rafael Gil, 1970), más allá de lo comentado en la primera entrega de esta entrada, donde ya se explicaba lo que competía a la presencia de Tordesillas, ni de “Plaza de Oriente” (Mateo Cano, 1963), una producción Copercines que adaptaba una obra de Joaquín Calvo Sotelo (la segunda, después de “Milagro en la Plaza del Progreso”, que se convirtió, pasada al cinema en “Un ángel tuvo la culpa”, en la carrera de don Jesús). Otras películas, dignas, quizás, de mayor comentario, han sido sólo mencionadas, pero ya habrá ocasión de ocuparse de unas y otras, al tratar alguno de los actores que las interpretaron. Es ya hora de terminar, de una buena vez.
Jesús Tordesillas llevaba muchos años viviendo en el número 6 de la calle Fundadores de su Madrid, cuando la muerte le sorprendió la tarde del 24 de Marzo de 1973. Aquella mañana había estado en la Mutualidad de Artistas, donde era un habitual. De su constancia en el trabajo hasta sus últimos días de vida quizá (al margen de sus propias explicaciones, más románticas, que reprodujimos en la primera entrega de esta entrada) había dado la clave en una entrevista concedida en 1947 a la revista “Cámara”, en ella se declaraba contrario a la virtud del ahorro, llegando a afirmar que nunca ahorraba en previsión de días futuros, convencido de que el ahorro era inmoral. Y se explicaba así: “En general, lo que uno ahorra lo heredan otros, lo cual me parece terriblemente injusto. Existe también otra razón todavía más poderosa. (...) El ahorrar supone una falta de seguridad y de confianza en sí mismo. No, no. Decididamente, me pronuncio en contra de una virtud tan nefasta”. Don Jesús Tordesillas Fernández, un tipo, como no nos importa repetir, “de una pieza”.
PD: Tanto en la base de datos IMDB, como en el magnífico libro (esencial, para este burgomaestre) “Las estrellas de nuestro cine” (Carlos Aguilar y Jaume Genover, Alianza Editorial, 1996), como en el volumen correspondiente de la serie “Los cómicos “(Manuel Román, Royal Books SL), en las filmografías respectivas de Jesús Tordesillas figura la excelente “El fantasma y doña Juanita” (Rafael Gil, 1944), pero este burgomaestre no ha sido capaz de ver al citado intérprete en ella, por lo que, salvo prueba en contrario, consideraré su inclusión en tales filmografías un curiosamente repetido error.

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sábado, junio 06, 2009

Las pequeñeces de Elena Salvador

Este burgomaestre hace un alto en la grata pero ardua tarea de glosar la trayectoria de Jesús Tordesillas porque, en uno de los chamarileros que frecuenta, ha tropezado con un libro que le descubrieron sus buenos amigos señores Cuadrado y Felíu. Había quedado este burgomaestre prendado de los buenos oficios y de la belleza de Elena Salvador, una actriz que actuaba en “Pequeñeces” (film comentado algo extensamente en la segunda parte de la entrega dedicada a Jesús Tordesillas) junto a Aurora Bautista, y solicitaba de los doctos visitantes de este weblog alguna noticia a propósito de la actriz, a la que no le conocía apenas continuidad en su carrera artística. Ellos le revelaron que el matrimonio con el famoso urólogo, doctor Puigvert, apartó a Elena Salvador de los escenarios y que, con el paso de los años, se decidió a dar a la imprenta un par de libros en los que explicaba sus experiencias y su relación con diversa gente famosa. Hoy he tenido la suerte de dar con uno de esos dos libros y, como en él se da cuenta de cómo la actriz accedió al papel de Isabel, la hipócrita amiga de Curra Albornoz en “Pequeñeces” (Juan de Orduña, 1950), paso a relatarlo a continuación, a modo de apéndice de la entrada antes referenciada.

Elena Salvador (Madrid, 1927), que fue alumna de la mítica profesora de declamación Carmen Seco, que hizo en 1944 el meritoriaje en el teatro María Guerrero que dirigía Luis Escobar, que debutó sustituyendo a Pepita Velázquez (esposa de Guillermo Marín) en la representación de “De lo pintado a lo vivo”, de Juan Ignacio Luca de Tena, y que se inició profesionalmente en la escena como dama joven en la compañía de la argentina Lola Membrives, desarrolló una carrera espléndida en los escenarios, estrenando en los teatros Lara y Español a autores como Benavente, Buero Vallejo, Víctor Ruiz Iriarte o López Rubio. Conoció a Aurora Bautista en Barcelona, donde ésta, siendo todavía discípula de Marta Grau en el Instituto del Teatro, debía incorporarse a las representaciones en el Teatro Comedia de “La malquerida”, desempeñando el papel de Acacia, la hija de la protagonista a la que su padrastro anhela poseer. La titular de la compañía era Lola Membrives, a la que Elena Salvador conocía tan bien por ser su maestra, aquella quien le había dado su primera oportunidad profesional. Elena Salvador se prestó entonces a aleccionar a Aurora Bautista, inexperta todavía en el terreno del escenario, para poder compartir, con seguridad, escena con la gran dama a la que debía dar réplica. Algún tiempo después, la futura esposa de Antonio Puigvert, se encontraba en el paro, en un momento de transición entre sus temporadas en el teatro Lara y las que habrían de venir en el Español. Su situación económica era angustiosa y entonces, Aurora Bautista, sabedora de ello, y gozando de una posición de privilegio tras el éxito de “Locura de amor”, intercedió ante Juan de Orduña para que Elena obtuviera el bien pagado papel de Isabel en “Pequeñeces”. Como la misma actriz recuerda en las páginas de “Tratando a los famosos”, además del dinero, que tan bien le vino en aquel trance, su interpretación en el film CIFESA, adaptación de la novela del Padre Luis Coloma, le valió el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz de reparto. Un logro por cuya obtención siempre se sentiría en deuda con Aurora Bautista, tal como proclama en su libro. Olvidando el favor que ella misma le había prestado antes, considerándolo, tal vez, “pequeñeces”.

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martes, mayo 26, 2009

Ha muerto Pedro Sempson, “la voz almidonada”

Fallecido el gran Valentín Tornos, el 20 de septiembre de 1976, a Chicho Ibáñez Serrador se le planteaba el problema de mantener en marcha su exitoso programa concurso, “Un, dos, tres, responda otra vez” sin contar con la popularísima y entrañable figura de Don Cicuta. Para tratar de solventar la difícil papeleta, el padre de la Calabaza Ruperta, recurrió a diversificar la figura negativa del programa en tres personajes tan pintorescos como el del irreemplazable gruñón Don Cicuta: Don Lápiz, Don Rácano y Don Estrecho, a quienes dieron vida, respectivamente, Pedro Sempson, Paco Cecilio y el genial mago Juan Tamariz. El primero de ellos, un magnífico actor especializado en tareas de doblaje, falleció ayer, 25 de mayo de 2009, en Barcelona, a los noventa años de edad.
Que Chicho Ibáñez Serrador se inclinara por Pedro Sempson para encarnar a Don Lápiz, el personaje principal del triunviato encargado de poner en dificultades a los concursantes del más refrendado programa de la televisión española de los años setenta, se corresponde con naturalidad con la confianza que en el actor había depositado el director repetidamente en el pasado. Así, su nombre figura en muchos de los espacios dramáticos que dirigió Chicho en televisión española. Para su mítica serie, “Historias para no dormir”, Pedro Sempson significó un recurso habitual, contando con papeles destacados en algunos episodios memorables, como en el galardonado “El trasplante”, en el que desempeñaba el papel del cirujano jefe. Tanto en este como en todos los papeles de encarnó, Pedro Sempson contó con la prodigiosa herramienta de su privilegiada voz, una auténtica pieza de orfebrería sonora, impecable, precisa y preciosa que empleó rigurosa y generosamente en innumerables doblajes, especialidad en la que alcanzó la categoría de primera figura.
Recordado con admiración por Adolfo Marsillach en su libro de memorias “Tan lejos, tan cerca”, donde el director de “Silencio, vivimos”, se lamentaba de la deriva del actor hacia el exclusivo terreno del doblaje, por la pérdida que suponía para la escena, Pedro Sempson, por otra parte, completó una muy escasa filmografía en la que, no obstante, se incluyen algunos títulos destacados, como los dos dirigidos por Carlos Saura, “La prima Angélica” (1974) y “Dulces horas” (1981), amén de la inefable “El ángel” (Vicente Escrivá, 1969) uno de los más indigestos vehículos para la figura del cantante ligero Raphael. Instalado en el Olimpo de los dobladores de su generación (a similar altura que los Rafael de Penagos o Rafael Navarro), su voz percutiente reposa en la memoria de los seguidores de la serie de dibujos animados de “The Simpsons” al prestarla al personaje del jefe de Homer, Burns. Su afilado rostro, por otro lado, se hizo familiar para los espectadores en la época en que los espacios dramáticos de Televisión Española cautivaban al público, a lo largo de la segunda mitad de los años sesenta y de los primeros años de la década de los setenta. De la garganta almidonada de Pedro Sempson surgían las líneas de sus diálogos, diáfanas, aceradas, certeras, con la seguridad inflexible de un mecanismo perfectamente engrasado, permitiendo al espectador de entonces aquello que hoy puede parecer un capricho extravagante de puro inusual: entender cada una de las sílabas pronunciadas.

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martes, mayo 12, 2009

Jesús Tordesillas, un genérico de largo recorrido. (Segunda parte)

Sombra, Espronceda y viento (1945)

En octubre de 1944, mientras se estrenaban en las pantallas tres títulos de otras tantas superproducciones (en la medida en que tal término es aplicable al precario cine español de la época), “Eugenia de Montijo” (ambientada en la corte de Napoleón III, con Jesús Tordesillas como Prósper Merimée), “Lola Montes” (que transcurría entre el fasto de la monarquía de Luis II de Baviera –el propio Jesús Tordesillas-) y “ El clavo” (en la que nuestro protagonista, lucía sus mejores galas como presidente del consejo en un distinguido baile de sociedad), se rodaba en los estudios Orphea Films la producción de Emisora Films, “Una sombra en la ventana”. Estrenada en el cine Callao de Madrid el 31 de marzo de 1945 (donde se proyectó únicamente 9 días), “Una sombra en la ventana”, dirigida por Ignacio F. Iquino para su productora (fundada en asociación con su cuñado, Francisco Ariza) Emisora Films, era la adaptación al cine de la cuarta novela de Cecilio Benítez de Castro, un autor al que el cine (y, casi siempre, el propio Iquino) había recurrido ya anteriormente y con mucha frecuencia en los años inmediatamente anteriores: “Cuarenta y ocho horas” (José María Castellví, 1943), “Turbante blanco” (Ignacio F. Iquino, 1944), “Cabeza de hierro” (Ignacio F. Iquino, 1944) son películas basadas en novelas suyas, rodadas con equipos artísticos muy similares, en los que abundan las presencias de Ana Mariscal, Adriano Rimoldi, Mery Martin en los papeles principales y de Ángel de Andrés o Antonio Bofarull, en los secundarios. Circunstancia ésta consustancial con el “sello Iquino” de aquellos años, pues se trata de actores que el cineasta de Valls tenía contratados para Emisora Films. La historia de “Una sombra en la ventana”, como un par de años más tarde haría para Olivia de Havilland “A través del espejo” (Robert Siodmak, 1946), brindaba a su protagonista, Ana Mariscal, la ocasión de lucirse en un doble papel, ocasión que la célebre actriz y directora no desaprovecharía, pues le haría ganar el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos correspondiente a la mejor actriz de 1945. Así, la guapísima y juvenil Ana Mariscal incorporaba a Beatriz Ródenas y Silvia Gloria, dos mujeres de apariencia casi idéntica pero de personalidades antitéticas, víctima la primera y asesina, la segunda. Al principio de la acción, una despampanante mujer, María Luisa Goya (Mery Martin) muere asesinada en un villa de San Sebastián, propiedad de Pedro Alar (Jesús Tordesillas). Todo acusa a Rodrigo Abril (Manuel Luna), que es juzgado por el crimen y defendido por su amigo, el abogado Luis Carvajal (Adriano Rimoldi). Absuelto en el juicio, Rodrigo Abril se enamora poco después de Beatriz Ródenas (Ana Mariscal), iniciando con ella una relación amorosa. Mientras, Luis intenta resolver el crimen por el que fue juzgado su amigo, llevándole sus averiguaciones al convencimiento de que la autora no es otra que Beatriz. La rapta y la lleva a la villa donde María Luisa Goya fue asesinada. Hace exactamente un año del anterior crimen y éste se repite en similares circunstancias en la persona de Beatriz. Entonces Luis, persiguiendo al asesino consigue darle alcance y lo detiene. Se trata de Silvia Gloria (otra vez, Ana Mariscal), una mujer de extraordinario parecido con Beatriz, que también puso fin a la vida de María Luisa Goya. Luis la encierra y cuando la deja para dar parte a las autoridades, se declara un incendio. Rodrigo, que ha conseguido localizarles, tomándo a Silvia por Beatriz, muere en el siniestro al tratar de salvarla de las llamas. El film, rocambolesco y melodramático, con apuntes hitchcockianos e incendio purificador final dentro de los cánones del género, contenía, en uno de los dos papeles representados, uno de los que Ana Mariscal más satisfecha se encontraba de toda su carrera.

En el momento del estreno de “Espronceda”, 27 de abril de 1945 (en el Palacio de la Música, donde se mantuvo 17 días), habían transcurrido dieciocho meses desde el del notable éxito comercial y artístico de “El escándalo” (José Luis Sáenz de Heredia, 1943). El protagonista de ambos films fue el hoy olvidado galán Armando Calvo. Jesús Tordesillas, que incorporó el papel de “Miguel de los Santos” en el film de 1945, volverá a encontrarle en la cabecera de cartel de una película suya en “Doña Francisquita”, de Ladislao Vajda, estrenada a finales de 1952, y en “Dos hombres van a morir”, de Rafael Romero Marchent, que llegó a las pantallas en 1969. Pero no adelantemos acontecimientos. El título que glosaba la vida del poeta autor de “La canción del pirata”, fue dirigido por Fernando Casares “Fernán”, con argumento y guión propios, auxiliado en este último menester por Eduardo Marquina, quien asimismo aportó los diálogos. La trama se centraba básicamente en el amor contrariado que el poeta romántico mantuvo por Teresa Mancha (Amparo Rivelles), al que tuvo que renunciar cuando el objeto de su pasión hubo de aceptar un casamiento de conveniencia y que se vio obligado a enterrar bajo el manto de su propio matrimonio (contraído cediendo a las presiones maternas) con Bernarda (Ana María Campoy). La acción, desarrollada entre Madrid, Londres y París, permite acceder a la visión de personajes históricos tan variopintos como Lord Brummel (Julio Rey de las Heras), Óscar Wilde (Fernando Fernán Gómez) y , por ejemplo, Emilia Mancha, la hermana de Teresa, a quien daba vida María Dolores Pradera, pareja entonces de Fernán Gómez. Destacables presencias también de un jovencísimo José María Rodero, del siempre eficaz Manuel Arbó, del entrañable Nicolás Díaz Perchicot, del fascinante Enrique Herreros, o de la dama de la escena, Carmen Oliver Cobeña. Acogida al crédito Sindical con 406.000 pesetas, obtuvo, además, un premio de los del Sindicato Nacional del Espectáculo dotado con 250.000 pesetas.

Al igual que lo fue “Espronceda”, “Viento de siglos”, fue realizada bajo el sello de “Nueva Films” (la empresa de Alberto Álvarez de Cienfuegos), aunque producida por Filalicio Flaquer. Su estreno se celebró ya en 1946, concretamente el 4 de enero, en el cine Gran Vía de Madrid, y si “Espronceda” puede considerarse una película “de autor” por ser su director y guionista la misma persona, en el caso de “Viento de siglos”, su director, Enrique Gómez Bascuas, acaparaba para sí, igualmente, las funciones de argumentista y guionista en la que fue su película de debut en el largometraje. Enrique Gómez Bascuas (Barcelona, 1916 – Madrid, 1955) se inició muy tempranamente en la cinematografía, haciendo labores de ayudante de dirección desde los diecisiete años de edad en rodajes que se celebraron en París, ciudad en la que residía, a las órdenes de directores tales como Jacques Tourneur, Anatole Litvak o de Julien Duvivier, mientras completaba sus estudios de Filosofía, y se alzaba con un campeonato de lucha grecorromana. A tan variadas ocupaciones tuvo oportunidad de sumar también la corresponsalía del “Paris- Midi” en Londres. De vuelta a España y como funcionario del Ministerio de Trabajo, realizó documentales y escribió guiones, además de un “libro- referente” dentro de la escasa bibliografía cinéfila de la España de los años cuarenta, “El guión cinematográfico. Su teoría y su técnica”, publicado por Aguilar en 1944. En su primer film, como sería en lo sucesivo habitual, actuó su esposa, Margarita Andrey (como “Elena”, una de las protagonistas), cuya única experiencia previa en el cine había sido el film de Ramón Barreiro, “El sobrino de Búfalo Bill”. Enrique Gómez no dispuso de mucho tiempo para desarrollar su capacidad como director de cine. Su prematuro final, antes de cumplir los cuarenta años, truncó la que podría haber sido una muy interesante carrera, pues si bien sus films no contaron con el beneficio del favor popular, sus productos, que realizó sin desmayo durante los nueve años en los que se extendió su actividad, estaban animados por la personalidad culta e inquieta de su responsable.

En “Viento de siglos”, que se rodó en Barcelona en el verano de 1945, se cuenta una melodramática historia, según parece adaptación de una “obra dramática de los padres salesianos” (tal como consta en el expediente administrativo) titulada “El misionero”. La acción, que transcurre en un país imaginario, arranca con la muerte de un minero que deja sus ahorros al padre Lorenzo (Rafael Calvo). Pasado el tiempo, este sacerdote da su hospitalidad a dos individuos de mala catadura, dos desarrapados sin escrúpulos llamados “El Mellau” (el sevillano Manuel Luna) y “El Gambito” (Carlos Agosti). Estos dos tunantes, abusando de la confianza que se les ha dado, roban al padre Lorenzo el dinero que el minero le había dejado. Los dos aventureros recomponen mucho su situación económica con el producto del robo, pero sus malos pasos les llevan ante la justicia cuando “El Gambito” es acusado y detenido del asesinato del hermano del encargado de una mina, mientras que su compañero “El Mellau”, huye. Al “Gambito” se le encuentra culpable del delito y cuando va a ser ajusticiado, reaparece “El Mellau” para confesar que fue él el asesino. Pero la justicia humana no tiene tiempo de llevar a cabo su severa condena porque el juicio divino se ha adelantado: “El Mellau” ha bebido agua envenenada de una charca y está firmada su inapelable sentencia de muerte. Afortunadamente, el padre Lorenzo le asiste en sus últimos momentos y “El Mellau”, convertido al cristianismo, consigue salvar su alma inmortal. En el film, Jesús Tordesillas creemos que cumplía una función de escasa relevancia, como un tal “Gregor”, aunque bien podría ser la víctima del crimen o su hermano. Junto a los citados, en la cabecera de cartel figuraba una guapísima Ana Mariscal, que desempeñaba el papel de “Nadja”.El elenco del film se completaba con José María Lado (como François), Marta Santaolalla (en el rol de Belle), José Jaspe (como Raymon) y Guillermo Marín en el papel de comisario de policía. Su director, Enrique Gómez, declaró en el número 62 de “Cámara” a propósito de su “ópera prima” que la tesis del film era que “Sólo Dios tiene derecho a disponer de la vida humana”. Lo que no estaba reñido con que en la cinta se incluyeran un par de canciones, “Al pasar la barca” (bulerías) y “Mi molinero” (tanguillo), interpretadas por Mercedes Borrull, “La Gitana Blanca”. Jesús Tordesillas figuraba en el reparto de la que había de ser la siguiente película de Enrique Gómez, “Ha zarpado una goleta”, donde repetiría también su colega Manuel Luna y Marta Santaolalla (amén de la inevitable Margarita Andrey), pero el film no llegó a realizarse o no al menos con ese título, ni ese elenco. En su lugar, Enrique Gómez dirigió “La próxima vez que vivamos”, con Ana Mariscal, Margarita Andrey, Fernando Rey y Rafael Calvo como protagonistas, y con Alberto Romea, Fernando Fernán Gómez y Luis Arroyo (el hermano de Ana Mariscal) en papeles de apoyo.

Bajo el influjo de Juan de Orduña (1946)

Según asegura Eduardo García Maroto en su libro de memorias (“Aventuras y desventuras del cine español” Plaza y Janés, 1988), la versión que de “La mantilla de Beatriz” (film producido en 1946 en coproducción con la empresa lusa Lisboa Films) se vio en España en su estreno en enero de 1948 fue el producto de un desastroso montaje que convertía su película, una agradable comedia aventurera de capa y espada rodada entre España y Portugal que adaptaba una novela de Manuel Pinheiro Chagas, en algo que bien podía calificarse como de chapuza infecta. Teniendo en cuenta que la trama del film se basaba en enredos galantes y suplantaciones de personalidad ambientados en el siglo XVII, un montaje descuidado aumentaba en exceso la confusión. Para Jesús Tordesillas supuso la oportunidad de encarnar a don Pedro Calderón de la Barca en un papel episódico en la que sería una de las cuatro películas que estrenó en 1946. De las otras tres, una era la ya comentada en capítulo anterior, “El crimen de Pepe Conde” y las otras dos, “Un drama nuevo” (donde, curiosamente, reeditaba su previa caracterización de “mito de la literatura” al asumir el rol de William Shakespeare) y “Misión blanca”, estaban firmadas por el mismo director, Juan de Orduña, con quien ya había debutado en el film producido en 1945, “Leyenda de feria”.

Juan de Orduña y Fernández-Shaw (Madrid, 1902-1974), al que más tarde compararemos con Cecil B. De Mille, había sido actor, un galán de verdadero éxito, antes de dedicarse a la dirección, aspecto de su biografía coincidente con la del director de las dos versiones de “Los diez mandamientos”. Como actor teatral integró la compañía de Emilio Thullier y Eulalia Pino a partir de 1923 y debutó en el cine un año después en “La casa de la Troya” (film en el que, curiosamente, había de debutar también en el celuloide Jesús Tordesillas por petición expresa de su director, el autor Alfonso Pérez Lugín, que sí podrá contar con él, como vimos, en “Currito de la Cruz”). Pronto suma a sus oficios de actor y rapsoda el de productor, fundando “Goya Films” en 1924, sello responsable de su siguiente éxito como actor, “Boy” (Benito Perojo, 1925) y de la primera versión fílmica de “La Revoltosa” (Florián Rey, 1924). En 1941, año de su último film como actor protagonista, “Flora y Mariana” (dirigido por Julio Buchs) funda la productora Producciones Orduña Films, para la que se inicia como director con “Porque te vi llorar” (1941) y bajo cuyo sello dirigirá también “La Lola se va a los puertos” (1947), “Cañas y barro” (1954) y “El último cuplé” (1957), entre otras. Sólo un año después de la fundación de su propia empresa, firma un contrato con la poderosa “CIFESA” para quien dirige algunas de las películas más destacadas de la época, que han quedado (acertada o equivocadamente) como paradigma del cine español del franquismo (especialmente las totémicas “Locura de amor”, “Pequeñeces”, “Agustina de Aragón” y “Alba de América”, rodadas entre 1948 y 1951, todas ellas con Jesús Tordesillas en el reparto). Fiel a un estilo al que se le acusa peyorativamente de “teatral“, Orduña gusta de mostrar actores y decorados más que de intentar narrar historias con el lenguaje propiamente cinematográfico. Tras una serie de comedias tan atemporales como brillantes, en la línea “screwball” (“Deliciosamente tontos”, “La culpa la tuvo Adán” y “Ella, él y sus millones”) la temática del director se apoya repetidamente en nombres “respetables”, tales como el padre Coloma, o del autor Manuel Tamayo y Baus, para poner en pie films con aspiraciones de trascender. Para ello cuenta con presencias rotundas que el director mima como sólo un ex actor podría hacer, poniendo la cámara siempre al servicio de los intérpretes. Así sucede especialmente con Aurora Bautista, quien a sus órdenes se convierte en un mito del cine español, y con los galanes Virgilio Teixeira (con quien el director guardaba un parecido razonable), Jorge Mistral, Fernando Rey, Antonio Vilar o José Moreno (protagonista de muchas de las zarzuelas que dirigió a finales de los años sesenta). Jesús Tordesillas significó en el cine de Orduña una de sus figuras más habituales, que intervino tanto en las películas producidas por la empresa del director, como en las que financió CIFESA.

“Leyenda de feria”, el primero de los títulos que reunió profesionalmente al actor-director con nuestro protagonista de hoy, fue una producción Pegaso Films que se basaba en la comedia “La paz de Dios”, de Francisco Serrano Anguita según los textos (adaptación y guión) firmados por, precisamente, Enrique Gómez, el director de”Viento de siglos” y el propio Juan de Orduña. La película se estrenó el 20 de mayo de 1946 en el cine San Miguel de Madrid, contando en los papeles protagonistas con la italiana Paola Bárbara como Elvira, el radiofónico Enrique Guitart, como Pepe Carmona, Ricardo Acero (un habitual en el cine orduñiano), en el rol de Ángel Pinares y Jesús Tordesillas, desempeñando el rol de Juan Estepa. La trama de “Leyenda de feria” desarrolla la historia de Pepe Carmona, una figura del toreo que, ya retirado de los toros, se enamora de una mujer extranjera, Elvira, con la que contrae matrimonio. Tras las nupcias, la mujer, sintiéndose fascinada por el mundo de la fiesta taurina, insiste en que su marido la introduzca en su para ella mágico ambiente, a lo que él accede, trasladándose ambos a Sevilla y asistiendo a fiestas camperas, tentaderos y demás lugares comunes propios del universo de la tauromaquia. En este ámbito se desenvuelve el personaje de Jesús Tordesillas, el veterano Juan Estepa, y el de Ricardo Acero, el impetuoso y juvenil diestro, Ángel Pinares. Éste último, como consecuencia del ardor de sus pocos años, no puede evitar que los encantos de Elvira le enciendan la sangre, por lo que le disputa la mujer a su marido, a pesar de ser rechazado por ella. Se entabla una tremenda pelea entre los dos hombres y, finalmente, el matrimonio regresa más unido que nunca y algo decepcionado con su buceo en las esencias de la fiesta nacional.

“Un drama nuevo”, producción “POF” estrenada en el cine Avenida de Madrid el 25 de noviembre de 1946 y en Barcelona, en el cine Cristina, el 2 de diciembre del mismo año, adaptaba la obra teatral de Manuel Tamayo y Baus del mismo título. En su trama, hallamos nada menos que a William Shakespeare (Jesús Tordesillas) que accede a darle un papel dramático al caricato Yorick (Roberto Font) en un drama que le ofrece un autor joven (Ricardo Acero) para representarlo en “El Globo”. El patético Yorick se siente feliz ante la deseada perspectiva y algo aprensivo. Mientras se ilusiona con el nuevo rumbo que toma su carrera de actor, ignora que su vida personal atraviesa una crisis profunda. Su esposa, la dama joven de la compañía teatral, Alicia (Irasema Dilian, en un papel que se había ofrecido previa e informalmente a Ana Mariscal) y el galán, Edmundo (Julio Peña), hijo adoptivo de Yorick, se han enamorado irremisiblemente representando “Romeo y Julieta”. Este hecho no pasa inadvertido al envidioso Walton (Manuel Luna), primer actor dramático de la compañía, que se ofrece a ayudar a Yorick con la preparación de su papel (precisamente, el del conde Octavio, un marido engañado). Lo que Walton pretende, precisamente, es provocar que el bufón descubra la verdad para hundirle. Shakespeare, cuando descubre lo que está pasando entre los miembros de su compañía trata de poner remedio, impidiendo que sufra su amigo Yorick, pero los jóvenes amantes planean fugarse (para lo que Edmundo cuenta con la ayuda de Jorge (Antonio Casas), patrón de un barco, “El Glorioso” que hace la ruta a las Indias y que les llevaría a la soleada España) y Walton consigue que el marido burlado lo sepa. Finalmente, Shakespeare mata al actor intrigante en un duelo, mientras Yorick, representando su papel en el escenario hasta las últimas consecuencias, mata a Edmundo. La película obtuvo un Segundo Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo, dotado con 250.000 pesetas, y tres premios del Círculo de Escritores Cinematográficos (al mejor director, mejor labor musical para Juan Quintero, y premio especial de interpretación para Manuel Luna). El mexicano Roberto Font, un histrión apabullante, conseguía en la pantalla momentos de intensidad sublime, idóneos para trasladar al espectador las más agudas notas de un alma atormentada, que se debatía, a la deriva, entre su exterior ridículo que provocaba la risa del público, y su interior desgarrado por el dolor de la traición. Jesús Tordesillas, como William Shakespeare, actuaba con aplomo paternal y resultaba convincente, independientemente de lo mucho o poco que su personaje se pareciera al autor de “Macbeth”. Su sentido parlamento ante el público del teatro que ha asistido a la tragedia real que se ha desarrollado ante sus atónitos ojos cierra brillantemente el film. Por el cual han desfilado, en papeles de corta extensión, actores tan eficaces como Nicolás D. Perchicot (en el papel de traspunte), José Franco, Félix Fernández, María Cañete o Arturo Marín.

Producida también en 1946, aunque estrenada antes que “Un drama nuevo”, concretamente el 28 de marzo, “Misión blanca” fue una producción de Colonial AJE rodada en la Guinea española que, acogida al Crédito del Sindicato Nacional del Espectáculo con una dotación de 400.000 pesetas, contaba, como otros films de Orduña, una historia pasional, bajo el resguardo de una motivación religiosa (en otras ocasiones, la coartada era historicista). Premiado el film con un Segundo premio de los del Sindicato Nacional del Espectáculo (lo que representaba 250.000 pesetas), contaba con un equipo técnico artístico muy similar al del film anterior, destacando en el elenco actoral, Manuel Luna, que por su papel fue galardonado nuevamente por el Círculo de Escritores Cinematográficos con el premio al mejor actor, y Julio Peña, premio del Diario Pueblo en idéntica categoría. También la película y su director obtuvieron sendos galardones del rotativo madrileño aquel año 1946. La historia de “Misión blanca”, que iniciaba una larga serie de films “de las misiones” (entre los que destaca “La mies es mucha”, de José Luis Sáenz de Heredia, estrenado un par de años más tarde), la relataba el anciano padre Urcola (Jesús Tordesillas) al recién llegado a la misión en Guinea, joven padre Mauricio (Ricardo Acero). Contaba cómo el banquero Miguel Miranda (Manuel Luna), tras cometer un desfalco, mataba a Carlos (Fernando Rey), de quien su esposa estaba realmente enamorada (el matrimonio con Miguel había sido meramente de conveniencia). El banquero huye dejando a su mujer y un hijo de corta edad y se refugia en Guinea, donde adopta una personalidad falsa bajo el nombre de Brisco. Allí continúa con sus trapicheos y abusa de su situación de poder para beneficiarse a la nativa Souka (la exótica y bellísima Elva de Betancourt, esposa, por cierto, del dibujante y escritor, escenógrafo y finalmente director José G. Ubieta, uno de los miembros del círculo que formaban Rafael Gil, Carlos Serrano de Osma, Antonio del Amo y Antonio Román desde las páginas de “Popular Films”) a cuyos padres obliga que le sea entregada periódicamente. Para poner freno a tales desmanes está la actuación del padre Javier (Julio Peña), que pone todo de su parte para que Souka pueda casarse con su novio. El padre Javier no sólo vela por el bienestar de la joven, sino también por salvar el alma de Brisco, pues resulta que es su padre. Cuando el misionero entrega al banquero una cruz de diamantes que perteneció a su madre, éste comprende que aquel es el hijo que abandonó, Félix Miranda, y trata de salvar su vida, pues le había preparado una emboscada. Como suele suceder en estos casos, el malvado banquero muere víctima de la trampa para la que había previsto otra destinación. No obstante, su alma se salva porque el padre Javier consigue administrarle la extremaunción, en desenlace análogo al que protagonizó el mismo Manuel Luna en su anterior “Viento de siglos”. Poco tiempo después el compasivo sacerdote fallece a su vez, víctima de la fiebre amarilla. En la conclusión del film, el padre Mauricio, fortalecido en su fe por tan edificante relato, se apresta a continuar la labor del padre Javier.

Interludio con dos directores debutantes y uno veterano (1947)

La solvencia de Jesús Tordesillas le permitía encarnar con la misma convicción y acierto la tipología más enraizada con el tópico español y la de tipos anglosajones, como los que interpretó en “Las inquietudes de Shanti Andía”, donde será un marinero irlandés, y en ·Leyenda de navidad”, donde se encargará de dar vida al popular y tacaño Mr. Scrooge dickensiano. Se trata de dos títulos cuya dirección corrió a cargo de dos debutantes en tal menester, Arturo Ruiz Castillo y Manuel Tamayo Castro. Éste último será el encargado de adaptar la novela de Ricardo Baroja, “La nao capitana” y de convertirla en un guión cinematográfico para que lo dirija el aragonés Florián Rey (Antonio Martínez Castillo, La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, 1894- Alicante, 1962) y lo lleve a las pantallas con el mismo título. A estos tres films, se sumarán en 1947 dos nuevas colaboraciones con Juan de Orduña, “Serenata española” y “La Lola se va a los puertos”, marcadas ambas por el protagonismo femenino de la estrella de la copla, Juanita Reina. La presencia de Jesús Tordesillas en estos cinco títulos estrenados en 1947 no resultó baldía, pues por su actuación en tres de ellos (“Las inquietudes de Shanti Andía”, “Serenata española” y “La Lola se va a los puertos”) le permitió cosechar el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos al mejor actor secundario.

Arturo Ruiz-Castillo y Basala (Madrid, 1910-1994) debutó en el largometraje con “Las inquietudes de Shanti Andía”, film producido por Horizonte Film y estrenado en Madrid el 3 de febrero de 1947. Con anterioridad, Arturo Ruiz-Castillo había sido actor en la mítica compañía “La Barraca”, de Federico García Lorca y había formado parte de las Misiones pedagógicas creadas por la República, como fotógrafo y cineasta; como ilustrador, fue portadista de libros, y, tras experimentar con el medio cinematográfico como documentalista de vanguardia en los primeros años treinta, dirigió films de propaganda para el bando republicano durante la Guerra Civil. Puede dar la impresión que su supervivencia en la profesión es prueba de que la incontrovertible maquinaria de represión franquista no fue absolutamente perfecta. Si bien, que terminara siendo el director de “El santuario no se rinde” (1949) parece indicar, precisamente, lo contrario. Sea como fuere, “Las inquietudes de Shanti Andía” es un film todavía hoy muy interesante, arriesgado y singular. Obra personal, como corresponde a su condición de “ópera prima”, el film “Las inquietudes de Shanti Andía” no sólo fue dirigido por Arturo Ruiz-Castillo. El mismo cineasta es responsable de la adaptación de la novela de Pío Baroja en la que se basa y, además, se ocupó de diseñar decorados y figurines. Y cabe decir que la condición de dibujante del director resulta patente en el film pues son su extraordinaria fuerza visual y la soberbia robustez del diseño de sus personajes sus dos valores más destacados, muy por encima de su pulsión narrativa, falta de fluidez.

La película “Las inquietudes de Shanti Andía” no traicionaba a la novela en que estaba basada, lo cual parecía corroborar la presencia, en su parte final, del autor de la obra, don Pío Baroja, que actúa en el film recogiendo el testimonio de su protagonista. Se contaba, en ambos casos, la vida de Shanti Andía (Jorge Mistral), narrada por él mismo cuando, ya anciano echa la vista atrás hasta el lejano día en que, siendo niño (el pequeño José Antonio Sánchez), asiste al falso entierro de su tío Juan de Aguirre, en una espectral noche en Aguirreche, en el pueblo de su abuela (Juanita Manso). Acompañado por su madre, Clemencia (Milagros Leal), el infante Santiago de Andía y Aguirre sabe por la criada Iñure (una escalofriante Irene Caba Alba), que su tío no ha muerto realmente, que el ataúd está vacío y que el funeral se celebra para ocultar el hecho de que el tío Juan se hizo pirata y luego fue preso y que está encerrado en algún lugar de Escocia. La acción avanza entonces veinte años, hasta 1877, momento en el que Shanti vuelve a Lúzaro, su pueblo natal, tras haber estado navegando un largo periodo de tiempo. Se reúne entonces con su viejo amigo don Ciriaco (José Prada), un experimentado marino y con su madre y la vieja Iñure. A lo largo de los años, Shanti ha conservado vivo en sí el misterio de su tío Juan de Aguirre. Precisamente entonces, un misterioso vecino inglés, un viejo marino llamado Sandow (Manuel Luna) que vive con su hija Mary A. (Josita Hernán) le llama a su presencia. Le revela que él es Juan de Aguirre, que está muy enfermo y que le confía a su hija Mary, que es su prima. En casa de Sandow vive su fiel criado irlandés, Patrick Allen (Jesús Tordesillas), quien, cuando llega el momento del fallecimiento de su amo pide al médico, don Hilario (Nicolás Díaz Perchicot), que expida su certificado de defunción a nombre de Tristán de Ugarte. También, el criado (que Tordesillas interpreta con un acento británico muy acertado, por cierto), cuenta al sobrino de su recientemente fallecido amigo que Juan de Aguirre y él están en posesión del paradero de un inmenso tesoro escondido en un lugar de la costa africana, pero que las indicaciones figuran anotadas en un devocionario en vasco y que él no puede entenderlas. En Lúzaro también hay un personaje crucial, un tal Machín (José María Rodero), que, tras haber cerrado tratos con el falso Sandow, se dedica a explotar unas minas. Para él Juan de Aguirre tenía un sobre cerrado, el cual entregó a Shanti Andía para que se lo hiciera llegar, con el encargo de que no lo abra hasta un año después de su muerte. Shanti presiente que el rompecabezas de la historia de su tío está incompleto e indaga en busca de nuevas piezas. Sintiendo que se está enamorando de su prima Mary, se embarca nuevamente. En su periplo, en una ocasión en que su nave toca puerto, accede al local de un comerciante llamado Itchaso (un impresionante Arturo Marín) quien le cuenta cómo Juan de Aguirre tomó el nombre de Tristán de Ugarte y de cómo se hizo pirata a bordo del “Dragón”, una urca holandesa que tenía aparejo de corbeta de mucho velamen. La película abre entonces un paréntesis para relatar la apasionante historia del citado navío, un barco negrero tripulado por una variopinta selección de tipos y gobernado por el despiadado capitán Zaldumbide (José María Lado), a quien secundan el brutal piloto Tristán de Ugarte (Fernando Sancho), el médico Doctor Cornelius (un estrafalario Félix Fernández), y el contramaestre Sam Cooper (el maquillador Francisco Puyol). Entre los marineros del “Dragón”, se encuentra el timonel holandés Franz Nyssen (Manuel Guitián), el vasco Itchasu, y los dos amigos Patrick Allen y Juan de Aguirre, quien llega a un acuerdo con Tristán de Ugarte para intercambiar sus nombres cuando el piloto abandona el buque. Asistimos a la difícil convivencia en el barco del capitán Zaldumbide y al modo en que éste administra disciplina cuando reprime al malayo Chim (José Jaspe) a base de latigazos. Cierta noche en la que la tripulación está especialmente descontenta por culpa de un prolongado periodo de calma chicha que les mantiene lejos de lugar alguno donde poder aprovisionarse, con un cargamento de negros en la bodega y de 30 barricas de oro, se produce un motín comandado por el vengativo Chim y por el original Tristán de Ugarte que había retornado al “Dragón” tras agregarse en un puerto. Tras asesinar a Zaldumbide y ejecutar al doctor Cornelius, los amotinados arrojan a los negros por la borda. Chim se bate a muerte con otro tripulante, Demóstenes el Negro, con el que mantenía un odio feroz y empecinado. Mientras, Juan de Aguirre, con Patricio Allen y otros se han hecho fuertes en el camarote del capitán y consiguen, tras negociar hábilmente, dar un golpe de mano y hacerse con el mando de la urca. De vuelta al tiempo presente, Shanti Andía regresa a Lúzaro y se encuentra con que Machín se ha enamorado también de Mary, pero ha pasado el plazo de un año fijado por el difunto Juan de Aguirre y el contenido de la carta que confió agonizante revela que Machín es su hijo y, por tanto, hermano de Mary. Machín abandona Lúzaro y Shanti y Mary se casan. El film, que rezuma por momentos la esencia de la aventura marinera, parte de felicísimos hallazgos visuales, en clave sombría muchas veces, expresionista otras tantas. Secuencias de raíz onírica se alternan con otras de gran verosimilitud y, como dijimos al comienzo de este comentario, los personajes están diseñados de un modo excelente, digno del mejor cine clásico. La pesada atmósfera fantasmal, crepuscular, de la primera secuencia (la del falso entierro), con los extraordinarios primeros planos de Irene Caba Alba y del niño José Antonio Sánchez sólo preludiado por la presentación a cargo de un Jorge Mistral envejecido por el maquillador, supone un arranque memorable para una película que, en su momento fue saludada gozosamente por “aventurarse fuera de los caminos trillados”, por salir del “estrecho marco de la comedia intrascendente o francamente frívola” y definida como “un film de altura, digno del tema escogido. Un verdadero film español, con factura y ambición universales”. En aquel lejano 1947 ya se pensaba en que al público español había que meterle en el cine a empellones si la película era de la misma nacionalidad que él, por lo que se advertía, a propósito de “Las inquietudes de Shanti Andía” que “el público no dejará de verla, por española. Irá a verla por eso: por ser española y porque sentirá el orgullo de que lo sea”. Añadamos, por último, que con ser numeroso el elenco citado, no nos resistimos a añadir que también Manuel Requena tenía un breve papel, como el vecino de Lúzaro, Urbistondo, que vive cerca del caserío del inglés Sandow con su hija Genoveva (María Teresa Campos) y que Nati Mistral tenía una pequeña intervención, de las primeras de su carrera cinematográfica.

El 12 de mayo de 1947 se estrenó en el cine Avenida de Madrid, “Serenata española”, film dirigido por Juan de Orduña que adaptaba la obra póstuma de Eduardo Marquina sobre la vida de Isaac Albéniz, esfuerzo creativo en línea con su anterior estampa biográfica (comentada en epígrafe anterior) “Espronceda”, estrenada dos años antes, escrita en colaboración con su director, Fernando Alonso Casares. En el film de Orduña sobre la vida de Isaac Albéniz (1860-1909), el protagonismo recayó en la figura del galán Julio Peña, que ya había corrido con similar responsabilidad en sus anteriores “Misión blanca” y “Un drama nuevo”. Jesús Tordesillas, igualmente presente en ellas, tenía para sí el papel de Robert Brighton, un norteamericano que ayudará, como veremos, al protagonista, a triunfar en el “país de las oportunidades”. “Serenata española”, que contó con un crédito Sindical que se cifró en 615.600 pesetas, fue una producción Colonial AJE en la que a las habilidades musicales del glosado músico catalán se sumaban su facilidad para enamorar féminas, pues hasta tres guapas mujeres caían rendidas a su paso a lo largo del metraje. De las tres, sólo una, la del personaje que interpretó Juanita Reina, la gitana Angustias, conseguía, por su parte, conmover al inspirado pianista, con la mala fortuna de que eso provocaba los celos mal resueltos de su enamorado de siempre, el calé Antonio (Manuel Luna). Las otras dos eran, de una parte, la casquivana y frívola Emma (Mery Martin) y la espiritual cantante Laura Salcedo (Maruchi Fresno). La primera, que mantiene una relación no confesada con el amigo de Isaac, Javier (un indescriptible Antonio Vico), quien vive autodestructivamente, entregado al alcohol y otros excesos pese a su frágil salud pero que no puede consentir que su devoradora amante mancille la ingenuidad del artista y amigo Albéniz, tratará de seducir al impresionable joven pianista sin éxito, pero provocando indirectamente la muerte de Javier, y retrasará que Albéniz se reuna con su amada Angustias. La segunda, Laura Salcedo, vive pretendida por su amigo y representante Robert Brighton, pero no puede evitar, dada su gran sensibilidad, sentirse atraída por el artista Albéniz. Finalmente se casa con Brighton, un buen hombre que ayudará lealmente en lo profesional a su rival, y será el matrimonio formado por Laura y Robert Brighton quien abra y cierre la película con su evocación de la figura del compositor biografiado. Otro personaje que está presente en el prólogo del film y es una constante en la vida de Albéniz es su amigo de la infancia Enrique Fernández Arbós (el inevitable Ricardo Acero), violinista y director de orquesta. Otros elementos destacados que contiene “Serenata española” los encontramos en el binomio Juanita Reina- Manuel Luna, que parece un preludio del que volverán a formar en “La Lola se va a los puertos”, o en la presencia de Carlos Larrañaga interpretando al Albéniz niño, con un aplomo impropio de su muy corta edad y que, sin duda, llevaba en los genes. Aparece acreditado como “Carlitos L. Ladrón de Guevara”, obviando todavía el apellido paterno en favor del materno. La histriónica actuación de Antonio Vico, que él mismo se encargará de parodiar en “El batallón de las sombras” (Manuel Mur Oti, 1956) supone un delicioso festín para el espectador. Su estilo interpretativo, chocante y rompedor, resulta excesivo en solitario, pero comunica una refrescante naturalidad a sus compañeros de escena cuando actúa junto a Julio Peña y Ricardo Acero. El gran Félix Fernández, aporta una desenvuelta actuación como Don Agapito, el asturiano dueño de un colmado al que el niño Albéniz acude para encargar lo necesario para una merienda a la que se ve obligado a invitar a sus compañeros del conservatorio por haber ganado el primer premio de interpretación. Este dispendio le costará una bronca monumental de su poco angelical padre, don Ángel (Antonio del Pino) y provocará que el chaval abandone su casa. Se subirá en marcha a un tren y en él encontrará el apoyo espontáneo del alcalde de El Escorial (Fernando Aguirre) que ante la declaración del niño de que es concertista de piano le presentará al organista de la parroquia de la capilla (el escenógrafo Sigfrido Burmann) y propiciará así, que con sólo diez años, inicie Albéniz su vida profesional. La acción se desplaza luego a Bruselas, donde el músico convive con sus dos amigos, el disipado Javier (Antonio Vico) y el responsable Enrique (Ricardo Acero). Allí conocerá a las tres mujeres que van a ser decisivas en su vida, y a las que nos hemos referido antes, la seductora Emma, la etérea Laura y a su bien amada, la pizpireta y graciosa gitana trianera, la tonadillera Angustias. Isaac conseguirá el amor de Angustias, que además le proporciona la mejor inspiración para su arte, pero la intervención de Antonio truncará la felicidad de la pareja definitivamente cuando, tras dar con ellos en su retiro granadino, en un enfrentamiento con Isaac apuñale accidentalmente a la “cantaora”. Tras este suceso trágico, y empujado por un arrepentido Antonio, al que Angustias ha perdonado, Isaac Albéniz se concentrará en su arte. Ayudado por Laura Salcedo y Robert Brighton alcanzará notoriedad en los Estados Unidos (donde había llegado a dar conciertos tocando el piano de espaldas, como una especie de atracción ferial) y el respeto de grandes artistas como el mismísimo Franz Litz (un idóneo Arturo Marín) que ya en Bruselas le había sugerido que concentrara sus esfuerzos en captar la esencia de España. Digamos en referencia a nuestro protagonista, que Jesús Tordesillas no dispone de muchas oportunidades para lucirse, salvo una secuencia en la que dialoga en el interior de un carruaje con Laura Salcedo y puede entonces recitar algunas frases brillantes a propósito de la naturaleza del amor, pero su personaje cae bien y no en vano fue uno de los que le permitió ganar el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos de aquel año al mejor actor secundario. Como curiosidad, destaquemos que Carmen Sevilla hace una intervención brevísima en el rol de Clementina, la guapísima hermana del protagonista, leyendo una carta que Isaac les ha enviado (a ella y a su madre) desde Bruselas.

“La nao capitana”, producción Suevia Films que se estrenó el 29 de septiembre de 1947 en el cine Gran Vía de Madrid, fue una adaptación de Manuel Tamayo de la novela homónima de Ricardo Baroja que dirigó el veterano Florián Rey. Una vez más, con protagonismo de Manuel Luna y con un papel destacado para Jorge Mistral, tenía como estrellas femeninas a Paola Bárbara, Raquel Rodrigo y Lola Valcárcel. Entre los papeles de mayor relieve, había uno reservado para José Nieto, y en papeles secundarios volvemos a encontrar a los ya reseñados en films anteriores, José María Lado, Nicolás D. Perchicot, Manuel Requena, José Prada, Fernando Aguirre o José Jaspe. El papel del que se hacía cargo Jesús Tordesillas (y que fue uno del los que le valió la distinción ya reiterada del Círculo de Escritores Cinematográficos) era el de don Antonio Fernández de Sigüenza, un noble que se embarca en La Nao Capitana en el Puerto de Sevilla, en 1640, rumbo a las Indias. Le acompaña su esposa, doña Estrella (Paola Bárbara) y sus dos hijas, Leonor (Raquel Rodrigo) y Trinidad (Lola Valcárcel). En el navío, que comanda el capitán don Diego Ruiz (José Nieto), viajan galeotes que ganarán su libertad en el Nuevo Mundo, frailes en misión evangelizadora y colonos en busca de una vida de oportunidades. También se oculta un polizón, un hombre de origen árabe que cuando es descubierto por la tripulación pide ser llamado “El Fugitivo” (Manuel Luna). Como puede ser útil, merced a sus conocimientos de navegación, el capitán es benévolo con el intruso y sólo le castiga con diez días de cepo en el calabozo, permitiéndole enrolarse a continuación. Durante su encierro es ayudado por Leonor, ignorante de que el prisionero abordó la Nao Capitana en busca de su madre, doña Estrella, que es un antiguo amor suyo. En el transcurso de la travesía, se declara una epidemia que consigue ser controlada, se desatan tormentas y también amores (entre Trinidad y don Diego, y del piloto Martín Villalba (Jorge Mistral) hacia Leonor). Cierta noche, “El Fugitivo” consigue hablar con doña Estrella, descubrimos entonces que su verdadero nombre es Abdallah y que ella se convirtió al cristianismo para casarse con don Antonio. Precisamente, el marido sorprende esta entrevista, con tan mala fortuna que muere a manos de su rival (devolviéndole,de paso, el golpe Manuel Luna a Jesús Tordesillas, que lo había despachado en “Un drama nuevo”). Doña Estrella testifica entonces que la muerte de don Antonio fue accidental, causada por un golpe de mar. Con el terreno despejado en el terreno sentimental, Abdallah espera su oportunidad para apoderarse de la Nao Capitana, la cual se presenta cuando, en el transcurso de la fiesta de paso del Ecuador, el buque es atacado por piratas, momento que aprovecha el árabe para intentar hacerse con el mando, secundado por sus secuaces. Se desarrolla un feroz combate en el transcurso del cual doña Estrella resulta herida y muere, y que termina con la sofocación del amotinamiento y la derrota de los piratas. Los amotinados se enfrentan a un juicio que los condena a muerte. Leonor trata de interceder por Abdallah, pero éste rechaza su auxilio, declarando su amor por la difunta Estrella y sus propios orígenes en la estirpe de los reyes musulmanes de Granada. Antes de ser colgado, se convierte al cristianismo con la esperanza de encontrarse con su amada Estrella en el Más Allá. Por su parte, en el Más Acá, cuando la Nao Capitana llega destino, Leonor acepta el amor de Martín Villalba y Diego y Trinidad deciden casarse, mientras que los galeotes son liberados. Para poder fletar debidamente “La Nao Capitana”, Cesáreo González contó con un crédito sindical dotado con 700.000 pesetas y el film resultante obtuvo, además de la parte alícuota que le correspondía del premio de Jesús Tordesillas, otro galardón también de los concedidos por el Círculo de Escritores Cinematográficos, al director de fotografía, Manuel Berenguer. Del numeroso reparto nos resistimos a omitir la presencia de Fernando Fernández de Córdoba, al que recordamos recientemente por la triste efemérides que protagonizó, y que incorporaba el papel de un clérigo, Fray José. En uno de sus primeros papeles en el cine, tenían una pequeña intervención Conrado San Martín y Manuel Dicenta. Ambos tendrán papel en la siguiente película que comentaremos algo extensamente, “La Lola se va a los puertos”, la última de las que estrenó Jesús Tordesillas en 1947 y segunda dirigida por Juan de Orduña aquel año.

Antes del estreno de “La Lola se va a los puertos” se produjo, el 27 de noviembre de 1947, el de “Leyenda de Navidad” (aunque sólo en Barcelona, pues en Madrid hubo de esperar casi ocho años, hasta julio de 1955). Se trató de la primera experiencia en la dirección del guionista Manuel Tamayo Castro, sobrino nieto de Manuel Tamayo y Baus, el autor de “Un drama nuevo”. Como dijimos antes, el film adaptaba el relato de Charles Dickens “Canción de Navidad” y guardaba para Jesús Tordesillas el sabroso “bombón” del papel de Mr. Scrooge, que no dudamos encarnó muy acertadamente. Compartiendo el protagonismo, el primer actor Ángel Picazo, el de la voz de terciopelo (a quien dedicamos en este weblog una entrada anterior), incorporaba a su sobrino Jack, mientras que Manuel Requena prestaba su orondo físico al personaje del “fantasma de las navidades presentes”, Fernando Aguirre, hacia lo propio con su menguada humanidad al de “las navidades pasadas” y José Jorner, cuyo físico desconocemos, al de las futuras. Por su parte, la estirada pero gentil Lina Yegros hacía el papel de Nelly, el amor de juventud de Scrooge. La película, que se rodó en Orphea Films, apenas tuvo repercusión, a pesar de haber obtenido una dotación del crédito sindical de la nada despreciable cifra de 375.000 pesetas y de reportar a sus productores 3 permisos de doblaje y uno de importación, que no estaba mal.

Como puede leerse en sus títulos de crédito, “La Lola se va a los puertos” quiso ser un “enfervorizado homenaje” a los hermanos poetas Antonio y Manuel Machado, autores de la obra adaptada, de idéntico título. Juan de Orduña, su director, volvió a contar con la estrella de la tonadilla, Juanita Reina para el papel principal y con Ricardo Acero, como galán joven. Como primeros actores, repetían también los casi inseparables Manuel Luna y nuestro protagonista de hoy, Jesús Tordesillas. El estreno de esta producción POF que distribuyó CIFESA, se produjo en la tardía fecha del 29 de diciembre de 1947, cerrando un año que tan provechoso había resultado para el actor, que con su papel de don Diego Guzmán en este film completaba el trébol de trabajos que le valdrían el codiciado premio del CEC al mejor actor secundario. Valga decir de su labor interpretativa en este título que resulta especialmente intensa, rayana en la sobreactuación, lo que le hace emplear una mueca en cada sílaba de sus apasionados diálogos. Este despliegue facial se debe sin duda a la labor directiva de Orduña quien, al estilo de, por ejemplo Charles Chaplin, interpretaba todos los papeles para sus actores para indicarles exactamente cómo quería que representaran cada escena.

Cuenta “La Lola se va a los puertos” la historia de Lola (Juanita Reina), una cantaora (que, como en “Serenata española” interpretará temas de Quintero, León y Quiroga) entregada por entero a su arte a la que su guitarrista, Heredia (Manuel Luna), ama sin esperanzas. Igualmente enamorado de manera fulminante quedará “Panza Triste” (Manuel Dicenta), un empleado de don Diego Guzmán enviado por su amo con la misión de contratar y acompañar a la pareja artística para que actúen en su cortijo. La relación entre Lola y Heredia es prácticamente idéntica a la que mantenían Angustias y Antonio en “Serenata española”, siendo la fémina el dicharachero objeto de adoración y el varón el guardián abnegado del culto a la cantaora, que se encargará de desanimar a cuantos hombres la pretendan. Aunque la acción en “La Lola se va a los puertos” transcurre en 1860 y es, por tanto, unos veinte años anterior, el tipismo en los trajes de la pareja artística les confiere un aspecto muy similar. El caso es que el trío, al que hemos descrito y que ha partido al inicio de la acción del puerto de San Fernando en Cádiz, es recibido en Sanlúcar por don Diego Guzmán (Jesús Tordesillas) quien los conducirá a su cortijo, desplegando una afectada admiración y cortesía que apenas disimula que el dueño de la finca está enamorado de la tonadillera, y a la que quiere, consecuentemente, conquistar. La excusa para contratar al dúo de artistas es que se celebra en el cortijo una fiesta en honor del compromiso matrimonial del hijo de don Diego, José Luis (Ricardo Acero) con su novia, Rosario (Nani Fernández), que ha venido de educarse en el extranjero acompañada por su tío, el afrancesado Willy (Nicolás D. Perchicot), en el transcurso de la cual, José Luis y Lola caen irremisiblemente enamorados el uno del otro. Ante tan inoportuna pasión, Rosario hace valer sus derechos adquiridos y Lola, muy trágica, renuncia a su recién nacido afecto por José Luis y huye. El joven, por su parte, se hace torero. Entre festejo y festejo, el diestro busca a su amada Lola. Cuando la encuentra, la retira de la canción y juntos se refugian en una casita en Chipiona, donde vivirán felices. Pero no es posible que esta situación dure mucho. Don Diego, cuando entra en conocimiento de ello, intenta atraer a su presencia a José Luis, para apartarlo de Lola. Recurre a Rosario, para que ponga fin a la relación de su hijo con la cantante, pero ésta se niega. Interviene entonces “Panza Triste”, que trae informes del paradero de Lola en Chipiona. Rosario, a su vez, alerta a la “cantaora” de las intenciones del despechado don Diego, lo que precipita que Lola acuda a Sevilla a parlamentar con el padre de su amado. Pero quiere la fatalidad que Lola y Don Diego se vean sorprendidos por don Diego en actitud sospechosa (debida a un arrebato del maduro caballero). “Panza Triste”, presente en el incómodo incidente, aprovecha para dar rienda suelta a su frustración y poner verde a Lola, calificando su comportamiento de la peor manera posible. José Luis abofetea al gañán y, éste en un gesto teatral (sólo al alcance de Manuel Dicenta) apuñala al joven torero. Ante la gravedad de la herida, Lola hace una promesa desesperada ante la Virgen de los Dolores, ofreciéndose a renunciar a su amor por José Luis si éste se salva. La curación milagrosa se produce y Lola cumple su promesa, marchándose a América acompañada del fiel y entregado Heredia, mientras que Rosario conseguirá casarse como tenía inicialmente previsto con José Luis. Don Diego, compungido ante las posibles consecuencias de sus impulsivos actos y muy arrepentido, ha pedido perdón a diestro y siniestro. Jesús Tordesillas, sin embargo, incurrirá en conducta muy similar años después cuando también le dispute la novia a su hijo en la ficción de “Doña Francisquita” (Ladislao Vajda, 1954) . También entonces le tocará perder, como veremos. En los papeles meramente incidentales de “La Lola se va a los puertos” destacamos la presencia de unos juveniles Conrado San Martín y José María Mompín, que forman con un tercero no identificado, un trío de jóvenes marineros en la secuencia inicial en el puerto de San Fernando que recuerdan a los tres protagonistas de “Un día en Nueva York”. El enorme Antonio Riquelme tiene también una pequeña intervención en el papel del “salao” “Calamares” que forma dúo cómico con Faustino Bretañes, como “Asaura”, y la entrañable María Isbert cuenta con un anecdótico rol de criada en la casa de Chipiona. Otras presencias reseñables son las de los muy habituales María Cañete, Fernando Aguirre, Rafael Romero Marchent, Arturo Marín y la no tan habitual de Manuel Luna (hijo).

Locura de amor (1948)

“Locura de amor” representa la culminación de la imparable progresión del otrora galán de los escenarios, Juan de Orduña, quien venía firmando consecutivamente un film tras otro, con Jesús Tordesillas formando parte de los repartos, desde 1945. Compañeros desde los tiempos en que ambos eran reconocidísimos actores de teatro (Eduardo García Maroto, en su libro de memorias, los cita entre los más populares al recordar el panorama escénico en 1925), no cabe duda de que, como director, Juan de Orduña tenía depositada toda su confianza en Jesús Tordesillas. Como comentábamos al inicio de esta entrada, tal confianza no hizo sino renovarse constantemente, a lo largo de los años, hasta su última colaboración juntos en “Teresa de Jesús”, en 1962. El drama de Manuel Tamayo y Baus sobre la figura de doña Juana “La Loca” significó el mayor éxito de público hasta el momento de su estreno para su director y representó la irrupción de una nueva estrella, Aurora Bautista, y también uno de los más grandes triunfos de la productora Cifesa. Por si le faltara poca significación, la futura gran estrella, Sara Montiel, tenía en ella su primer papel verdaderamente destacado, en una película de relevancia. Para la historia, la película ha quedado como un paradigma de un modo determinado de entender el espectáculo cinematográfico, que este burgomaestre considera, quizá audazmente, cercano al de (salvando las distancias) el pionero Cecil B. De Mille, de alguna manera, un modelo en el que Juan de Orduña parecía inspirarse. Comparten ambos cineastas, a uno y otro lado del Atlántico, parecidos planteamientos y, también, haber suscitado con su cine muy parecidas críticas, que revelan similares deficiencias. En opinión de este burgo, tanto uno como otro han legado a la posteridad un obra más que respetable, que, en ocasiones, ha alcanzado niveles de categoría mítica y en otras, en cambio, el resultado final ha sido un fiasco insoportable. Por lo que toca a “Locura de amor”, los aciertos superan claramente a las deficiencias y así lo entendió el público de la época que se emocionó honradamente con las subrayadísimas pasiones enfrentadas (sin apoyaturas carnales, se entiende) y las intrigas palaciegas de la corte del reino de España en los albores del siglo XVI. Oficialmente, el film recogió las mejores recompensas, siendo calificado como de “Interés Nacional”, lo que le valió a su productora 5 permisos de importación de producciones extranjeras. Asimismo, acogida al crédito del Sindicato Nacional del Espectáculo fue financiada con una ayuda que ascendió a un millón seiscientas mil pesetas y posteriormente premiada con el primer premio del Sindicato Nacional, que estaba dotado con medio millón más de pesetas. Pero no fue ese el único premio obtenido por la cinta, pues el Círculo de Escritores Cinematográficos la distinguió con el máximo galardón y en el Certamen Cinematográfico Hispanoamericano se le concedieron casi todos los premios importantes: mejor película, mejor director, mejor actriz, mejores decorados (Sigfrido Burmann), mejor adaptación musical (Juan Quintero) y mejor actor secundario, para Jesús Tordesillas. Estrenada en el cine Windsor de Barcelona el 8 de septiembre de 1948, conoció el estreno con categoría de Gran Gala en la sala Rialto de Madrid justo un mes más tarde, el 8 de octubre del mismo año.

La historia que narra “Locura de amor” es de sobras conocida. Basada en la obra teatral de Manuel Tamayo y Baus del mismo título, esencialmente describe la caída en el pozo de la demencia de la reina Juana (Aurora Bautista), hija de los Reyes Católicos, dando a tal desgracia la explicación romántica de su amor, desmedido y contrariado, por su esposo, el casquivano Felipe “El Hermoso” (Fernando Rey), y de cómo este hundimiento se propicia por intrigas de algunos nobles y de las consecuencias políticas que tal caída acarrea a la corona de España. En la segunda línea del drama, la conspiración de Filiberto de Veres (Jesús Tordesillas) es la impulsora de los acontecimientos que derivan en la descalificación de la reina Juana para poner el poder en manos de su esposo, Felipe, sobre quien tiene gran influencia. Mientras tanto, el pueblo sufre las consecuencias de este desgobierno, en defensa del bien común actúan el almirante de Castilla (Juan Espantaleón) y el en secreto enamorado de la reina, el capitán don Alvar de Estúñiga (Jorge Mistral). Del lado del mal, la vengativa mora, hija de Boabdil, Aldara (una joven y espléndida Sara Montiel), quien sólo alienta para procurar el daño a la reina Juana, y que se vale de que el rey consorte, Felipe, se ha encaprichado de ella, para ingresar al servicio de la reina, y así tener ocasión de vengar la humillación que sus padres hicieron sufrir al suyo al desposeerlo de Granada. Hacia el final, no obstante, la bellísima Aldara, que se ha enamorado del valiente y leal capitán Alvar, interviene para salvarle la vida cuando, en un “Juicio de Dios” éste se está batiendo con Filiberto de Veres y queda indefenso. Entonces, Aldara clava su daga en la espalda del taimado consejero y Jesús Tordesillas tiene ocasión de hacer una de sus estupendas muertes en la pantalla. En papeles secundarios, “Locura de amor” contaba con el siempre magnífico Félix Fernández como el mesonero Garcipérez (presunto padre de la joven Aldara, al principio de la película), con Ricardo Acero dando vida al joven Carlos I, hijo de la reina Juana, con Eduardo Fajardo, como marqués de Villena, compañero del fatídico juego de pelota que le costaría la vida al archiduque Felipe, con Manuel Luna en el papel de don Juan Manuel (en el bando, como no, de los conspiradores), con Manuel Arbó, como el sacerdote Marciliano, y con María Cañete, como Elvira, la dama de compañía de la reina. En el reparto de roles, tal como recordó Fernando Rey para el libro de Pascual Cebollada a él dedicado, originalmente el papel que le había correspondido era el del capitán Alvar de Estúñiga, pero como CIFESA tenía gran interés en promocionar la figura de Jorge Mistral, le propusieron cambiar con él su papel por el de “Felipe el Hermoso” cobrando un poco más. Fernando Rey aceptó porque, como dijo él mismo, “entonces le daba todo igual”. Después a Jorge Mistral CIFESA siguió mimándolo haciéndole un contrato sensacional que el galán no cumplió, marchándose a México.

En “Locura de amor”, Jesús Tordesillas emplea a fondo su perfil más oscuro y despliega todos los recursos propios del consejero manipulador que desliza en los oídos ajenos las palabras justas que convienen a sus fines. Su interpretación de la personalidad ladina de Filiberto de Veres es magnífica y sus excesos hoy resultan felizmente deliciosos. Curiosamente, la crítica del momento no sólo no fue completamente unánime, sino que incluso emitió juicios contradictorios. Mientras que para José de Juanes de “Arriba”, “Jesús Tordesillas debuta como “malo” (sic), y lo hace tan bien que mucho nos tememos verle encasillado desde ahora en esta clase de tipos”, el crítico que firmaba como “El pobre Pérez” en “La Tarde” aseguraba que “el señor Tordesillas, tan sobrio como siempre -¡ay!-, añade a su sobriedad algunos tintes de perfidia poco convincente”. El caso es que hizo de su personaje un auténtico aguafuerte, un tipo decidido y hábil al que sólo el enfrentamiento directo con el capitán Alvar de Estúñiga (“un militar y no un político”, como subraya el guión) puede hacerle perder la posición de primacía que se había procurado, y tan sólo la intervención inesperada de una mujer enamorada (la mora Aldara), la vida.

Si el éxito popular de “Locura de amor” fue de tal magnitud que ha superado el paso del tiempo, el de “Jalisco canta en Sevilla” se revela hoy algo más coyuntural. Película producida en 1948, se estrenó en Madrid en el Real Cinema el 31 de enero de 1949 y es recordada fundamentalmente por la tremenda popularidad de su protagonista masculino, el cantor mexicano Jorge Negrete, un astro de fulgor deslumbrante en México y España que provocó, con su llegada a nuestro país para el rodaje del film, una de las más conocidas anécdotas de la historia menuda de nuestro cine. Recibido por una multitud de féminas enfervorizadas que trataban de acercarse a su ídolo, y que le zarandearon y arrancaron botones del traje, el charro, algo asustado exclamó: “¿Pero qué pasa con estas mujeres, es que en España no hay bastantes hombres?”. Normalmente, el relato de la anécdota acaba ahí, aunque Pepe Isbert, en su libro de memorias recientemente reeditado añade su propia réplica con la que asumía la función de redimir el honor patrio asegurando que “Querido Negrete. En un país de treinta millones de habitantes, el que haya un centenar de “descarriadas” no es mucho…” Isbert, traslada, además, el comentario del mexicano a su llegada para interpretar un film posterior, “Teatro Apolo”, pero generalmente esta reacción se atribuye a su primera visita que sería la correspondiente al rodaje de “Jalisco canta en Sevilla”. Dejando al margen el sonado arribo de su protagonista, el film rodado en la capital del Guadalquivir bajo dirección del mexicano Fernando Fuentes (experimentado ya en lidiar con el divo Negrete) reservaba para una juvenil Carmen Sevilla el papel protagónico femenino como Araceli Vargas, y para Jesús Tordesillas el de su padre, el ex torero y ganadero don Manuel Vargas. El sencillo argumento de “Jalisco canta en Sevilla”, imbricación de la figura del cantarín charro mexicano en el entorno torero y flamenco sevillano, con su simple historia de amor, y trufado de canciones, contaba la historia de Nacho Mendoza (Jorge Negrete) a quien se le comunica el fallecimiento de un pariente español que le ha legado una gran fortuna. Acompañado de un amigo, Nacho Mendoza viaja desde su México natal a Sevilla, sólo para encontrarse con que, debido a unas inesperadas complicaciones, no podrá entrar en posesión de su herencia. Conoce entonces a don Manuel Vargas (Jesús Tordesillas), torero retirado poseedor de una finca de reses bravas que, debido a la entusiástica pasión de su dueño por todo lo mexicano, se llama “El Charro”. Don Manuel contrata a Nacho como caballista y lo acoge en su cortijo. Allí, le presentará a su guapísima y saladísima hija Araceli (Carmen Sevilla). Los dos jóvenes se gustan, pero la diferencia de su posición social se interpone entre ellos. Entonces, oportunamente, don Manuel se arruina, mientras que Nacho cobra su importante herencia. Agradecido por la ayuda que recibió del ganadero, el charro compra, por persona interpuesta, la hacienda de don Manuel, salvándole de la ruina económica. Se celebra entonces una fiesta en “El Charro” para celebrar el cumpleaños de Araceli, en el curso de la cual, Nacho conoce al prometido de la chica, lo que le lleva a despreciarla públicamente. Don Manuel afea en privado a Nacho su conducta, enterándose entonces de que es él el verdadero comprador de su propiedad y de que su intención es devolvérsela y regresar a México. No obstante, Araceli confiesa entonces su amor por él y le convence para que se quede con ellos en Sevilla. El film, que contenía una de las canciones más populares del cancionero de Jorge Negrete, “Agua del pozo”, que interpretaba en pantalla secundado por el famoso “Trío Calaveras”, suponía un mero vehículo para una estrella de la canción en pleno auge popular, una distracción intrascendente para un público mayoritario. No en vano, la escena que protagonizó Jorge Negrete a su llegada a España fue, a su modesto nivel, digna emulación de las manifestaciones del fenómeno de las “fans” que antes había vivido en EEUU Frank Sinatra, o preludio de las que luego se reproducirían con Elvis Presley o Los Beatles en un futuro que hoy no parece tan distante.

Año de transición (1949)

Entre el gran éxito de Juan de Orduña para el sello CIFESA, “Locura de amor”, estrenada en 1948, y los dos siguientes, “Pequeñeces” y “Agustina de Aragón”, estrenadas ambas en 1950, trinidad de films protagonizados por la extraordinaria Aurora Bautista, media un título igualmente dirigido por Juan de Orduña, producido en este caso por su propia empresa (POF), el cual supone la tercera actuación protagonista de Juanita Reina a las órdenes de Orduña. Hablamos de “Vendaval”, film que, atendiendo a su reparto, aparece como un híbrido entre las dos etapas diferenciadas de la filmografía de su director, marcadas por sus protagonistas femeninas, entre las que su elenco lo encabezaba la folclórica Juanita Reina y las que pasó a dominar con su excepcional presencia Aurora Bautista. Así, la irrupción del galán portugués Virgilio Teixeira en el “universo Orduña” se produce en “Vendaval” y supone el inicio de una larga serie de colaboraciones. La película, que mezclaba a Soledad, la inevitable tonadillera a la que daba vida la estrella Juanita Reina, en complejas tramas conspiratorias en el Madrid del convulso reinado de Isabel II, entre 1866 y 1868, fue un fracaso cuya magnitud resultó equiparable a la de los éxitos de los films de Orduña rodados para CIFESA. Como en la previa “La Lola se va a los puertos”, la película es fruto de la colaboración creativa de su director con el guionista Antonio Mas Guindal y la historia que se cuenta es la de las dificultades en las que se ven envueltos los amores entre la tonadillera del café “La Perla”, Soledad, y su novio el capitán Mario Mir (Virgilio Teixeira), dificultades provocadas por la lealtad con la que ambos auxilian a la reina Isabel II (Miriam Day) en diversas situaciones comprometidas en las que se ve mezclada la soberana por culpa de sus tratos con el coronel Puig Moltó (Eduardo Fajardo). En una de esas ocasiones, Soledad se ve obligada a engañar a Mario para proteger a la reina, ocasión que aprovecha el oficial para romper con ella. Y es que el mozo piensa que ella se la está dando con el coronel Puig Moltó en un palacio de la calle Sacramento, al cual le impide acceder, mientras que lo que realmente está pasando en el interior es que la reina, acompañada por la condesa de Medina (Lina Yegros) está negociando con el conspirador Juan Fernández (Jesús Tordesillas) a propósito del chantaje al que éste pretende someter a su soberana por unas cartas que la reina Isabel envió al coronel Puig Moltó. La ruptura entre Soledad y Mario dura dos años, y no se reconcilian hasta que no deben prestar otro servicio a Su Majestad cuando, triunfante la revolución de 1868, intervienen para rescatar su real joyero de la acción del populacho. El film, que se financió acogiéndose al crédito sindical por un valor que alcanzaba la notabilísima cifra de 1.300.000 pesetas, fue estrenado el 29 de octubre de 1949 en el cine Pompeya, donde se mantuvo tres semanas. Lo más perdurable de su metraje probablemente sea el fragmento que incluye la canción de los maestros Quintero, León y Quiroga, “Y sin embargo, te quiero...”

Jesús Tordesillas, que en “Vendaval” (1949) había viajado en el tiempo tres siglos desde “Locura de amor” (1948) para seguir conspirando contra la reina de España de turno, se había embarcado como pasajero en “La nao capitana” y como marino en “Las inquietudes de Shanti Andía”, producciones ambas de 1947. Pues bien, en 1949 volvía a hacerse a la mar, sólo que esta vez ya con el cargo de capitán del buque sobre el que surcaba las olas del océano, desde el puente de mando del “Magallanes”, barco mercante que era, de hecho, un protagonista más de “Neutralidad”, uno de los mejores films de Eusebio Fernández Ardavín, sobre historia y guión de su sobrino César Fernández Ardavín, quien también participó en el film en calidad de ayudante de dirección, tarea que compartió con José Luis Merino. Nos referimos a “Neutralidad”, película sobre la que algo dijimos en su día por ser ésta la película de debut (en el cine y en la profesión de actor) del alemán Gerard Tichy. A lo dicho entonces podemos añadir que Rafael Gil, en su libro “Recuerdo y presencia de Eusebio Fernández Ardavín” (33 Festival de cine de San Sebastián, 1965) decía de “Neutralidad”: “...más cerca del cine-documento que del cine-ficción, que es el que siempre había cultivado. No había gestos heroicos ni patrioteros. No había conflicto ni melodrama. Sólo sinceridad, nobleza...” Lo narrado en el film era el accidentado viaje del buque mercante “Magallanes”, bajo el mando del capitán a quien daba vida Jesús Tordesillas, auxiliado por el primer oficial, Ignacio (Jorge Mistral). Estamos en el año 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. El “Magallanes” zarpa, al inicio de la película, del puerto de Bilbao y a la altura de Finisterre recibe un SOS de una cañonera americana que ha sido torpedeada por un submarino alemán. El barco español recoge a los náufragos. Más tarde, Ignacio, que como es el galán de la película se enamora de una pasajera llamada Mónica (la italiana Adriana Benetti), que está en el barco para eso, descubre a un polizón (Manuel Luna, que vuelve a las andadas polizonas que ya le conocíamos de “La nao capitana”), un oficial francés al que Ignacio no denuncia porque resulta que ayudó en el rescate de un barco en el que viajaba su padre. Ya empieza a faltar espacio en el “Magallanes” cuando un día sus tripulantes divisan un bote con dos náufragos procedentes del submarino alemán que torpedeó a la cañonera de los americanos rescatados previamente. Muere uno de los alemanes como consecuencia de las heridas sufridas, pero el superviviente (Gerard Tichy) genera la suficiente tensión como para que la atmósfera en el “Magallanes” se haga bastante desagradable de respirar. Afortunadamente al final llega la Navidad, que no sólo no ocupa sitio, sino que además tiene el efecto de esparcir por toda la cubierta, desde la popa hasta la proa y de babor a estribor, amor fraterno y comprensión mutua (amén de villancicos) entre españoles, alemanes, americanos y franceses. Como apuntaba Rafael Gil, la ambientación es cuidadosa y convincente, lo que le valió al decorador Teddy Villalba el premio de su categoría profesional del Círculo de Escritores Cinematográficos de aquel año. El conjunto del film se vio beneficiado asimismo con uno de los premios del Sindicato Nacional del Espectáculo dotado con 150.000 pesetas y del asesoramiento del Estado Mayor de la Armada, de la colaboración de la Subsecretaría de la Marina Mercante, de la Compañía Trasatlántica, y de la Universal Pictures Company de Nueva York, además de dos asesores marítimos que contribuyeron a dar al filme la sensación de “verismo” que tanto impresionó a Rafael Gil, Juan Navarro Dagnino y Francisco Blanco Tabdade. La travesía de “Neutralidad” se inició en las pantallas el 30 de diciembre de 1949, en los cines Callao y Real Cinema de Madrid, poniendo fin a un año que, cinematográficamente había sido meramente de transición para Jesús Tordesillas, por mucho que le hubieran dado el mando de un barco en este último film. Además de “Vendaval” (una de las más flojas películas de Orduña) y “Neutralidad”, Tordesillas había obtenido un papel de protagonista en una película de Luis Marquina que no llegó a completarse, “En el nombre del padre”, que debió rodarse en los estudios CEA de Madrid y con Lina Yegros, Eduardo Fajardo, Nati Mistral, Nicolás Díaz Perchicot, Manolo Morán, José Jaspe, Ricardo Acero, Manuel Monroy, Julia Caba Alba, Casimiro Hurtado y Arturo Marín, en el reparto, sobre un guión de Antonio Guzmán Merino. La película que, producida también en 1949, en cambio y por desgracia para quienes participaron en ella, sí llegó a estrenarse (aunque ya en 1950, concretamente el 12 de enero, en el cine Coliseum de Madrid) fue una de las escasas realizaciones de Jaime de Mayora, “El sótano”. El fracaso del film fue sonoro, pues su exhibición suscitó un violento pateo del público, quien empujó a los dueños de la sala a retirar el film precipitadamente. Don Camilo aseguró a quien quisiera oírle que el boicot al estreno en el Coliseum lo organizó nuestro protagonista de hoy, Jesús Tordesillas, por aparecer en los títulos de crédito detrás del escritor, “un aficionado”. El caso es que en su escasa explotación posterior, las reacciones no fueron menos airadas. En cierto pueblo andaluz, el público protagonizó un conato de incendio de las butacas de la sala. “El sótano” nació de la creatividad de su director, argumentista y guionista, Jaime de Mayora, viejo amigo de los tiempos de la Facultad de Derecho de Camilo José Cela, quien colaborará en el film corrigiendo y afinando el estilo del guión y los diálogos, además de interpretando uno de los papeles, en una experiencia como actor a la que el literato era proclive y que su compañero de estudios no tuvo ningún reparo en satisfacer. Al lado de don Camilo (que hacía el papel del físico Loves), actores profesionales trataban de sacar adelante la película que tan mala acogida encontró en el público, y que podríamos catalogar de “drama psicológico” que estudiaba las reacciones y comportamientos de una serie de personajes que se refugian en un sótano durante un prolongado bombardeo. El film, que desarrollaba la acción en tiempo “casi” real, exploraba los grandes temas humanos que se suscitaban en una claustrofóbica situación límite. Así, Jesús Tordesillas se ocupaba de representar el elemento religioso al encarnar al padre Ramón (rol este, el de clérigo, para el que será cada vez más frecuentemente reclamado, en lo sucesivo), y Eduardo Fajardo encarnará al descreído periodista Juan Bell, hilo conductor de la historia (pues es él quien abre y cierra la acción). Encerrados con ellos, los distintos vecinos del inmueble ejemplificarán con sus comportamientos las distintas virtudes y vicios de la psicología humana, las luces del amor y las sombras del odio. Entre ellos encontramos a Elena (Paola Bárbara), a Eva (Maruja Asquerino), a un marinero (Roberto Font) al propietario de la finca (Alfonso Horna), a Enrique (José Jaspe) y a una juvenil Lola Gaos. Con la petulancia que le caracterizaba, Camilo José Cela se apresuró a aventar su fracaso personal con un estupendo artículo que publicó en “Arriba” el 17 de enero de 1950 y que tituló significativamente “Mi tercer pateo”, poniendo a salvo su abultado ego por el procedimiento de blasonar sus errores como incomprensiones de un público adocenado. De su amigo Jaime Mayora (que se formó cinematográficamente en la Alemania Nazi) aseguraba que se trataba “un director valiente, original y dueño de una técnica tan sabia como segura”. Suponemos que la “valentía” aludida por el insigne literato había sido la que le había permitido al director obsequiar al público con momentos tan inolvidables como el minuciosamente detallado vuelo de una mosca, incluido en “El sótano”. Y el ser dueño de una técnica tan segura debió ser lo que le hizo dejar el cine tras rodar sólo otra película (“Noche de tormenta”, que tardó cinco años en estrenarse) y dedicarse en lo sucesivo a la publicidad.

Grandes éxitos: Pequeñeces, Agustina de Aragón y Balarrasa (1950)

Con el final de la oscura década de los años cuarenta llegó para la carrera cinematográfica de Jesús Tordesillas el momento de máximo esplendor por lo que se refiere al éxito de las películas en las que intervino. Bajo contrato con la (en aquel momento) renacida CIFESA, que en 1950 había de estrenar sus películas más popularmente afortunadas desde los ya lejanos tiempos del binomio Florián Rey/Imperio Argentina. Así, en 1950, Tordesillas verá su nombre instalado en los repartos de tres títulos estrenados a lo largo del año: “Pequeñeces” (estrenada el 11 de marzo en el cine Rialto, donde permaneció 107 días), “De mujer a mujer” (cuyo estreno se verificó el 13 de septiembre en el cine Avenida, donde se mantuvo 14 días) y “Agustina de Aragón”, que estrenada en el cine Rialto el 9 de octubre se proyectó durante 98 días. El mismo año, además, se rodó “Balarrasa”, que había de ser una producción Aspa Films distribuída por CIFESA y cuya factura acabó siendo asumida por la empresa valenciana, en cuyo reparto el nombre de Jesús Tordesillas también figuraría en lugar destacado. De los cuatro títulos citados dejaremos para la futura tercera parte de esta entrada el de “De mujer a mujer”, por dos razones. En primer lugar, porque no casaría su inclusión en un epígrafe denominado “grandes exitos”, pues lo fue sólo mediano, y en segundo, porque lo incluiremos en un capítulo reservado a los films de Luis Lucia con presencia de Jesús Tordesillas.

Tras el rotundo éxito de “Locura de amor”, “Pequeñeces” representa un nuevo acierto que, en relación al precedente, supone un avance notable (al personal juicio de quien esto escribe) en ambición y logros. Visualmente, se beneficia de un mayor esfuerzo de producción que se hace evidente al espectador. Argumentalmente, al proceder la historia de una novela, en lugar de una obra de teatro, “Pequeñeces” dispone de una trama más compleja y variada, más rica en diversidad de registros, matices y situaciones que “Locura de amor”. La ambientación histórica en una época más reciente, muy visitada por la cinematografía norteamericana, permite al espectador encontrarse mucho más cómodo en los planos de “Pequeñeces”, en sus suntuosos decorados y escuchando su música, que en los más austeros muros de “Locura de amor”. En definitiva, un proyecto de una empresa, un director y un elenco artístico similares que, trataron de mejorar los buenos resultados anteriores.

Tal como se entendía el cine en 1950, parte decisiva del éxito de una película radicaba en las estrellas que la interpretaban. Por eso el fenómeno de Aurora Bautista (del que algo dijimos en una entrada anterior, la titulada “Aurora Bautista, heroína hispánica”) gravitaba en el mismo centro de “Pequeñeces”. Una historia ejemplarizante del padre jesuita Luis Coloma en la que se contaba el caso de Curra Albornoz (Aurora Bautista), mujer ligera casada con Fernando Luján (Juan Vázquez, en una creación sobresaliente de un tipo que sería su especialidad en el cine) el inoperante conde de Albornoz, una auténtico zoquete, glotón e irresoluto infeliz al que su mujer pone los cuernos con jovenzuelos a los que coloca de secretarios de su marido. El matrimonio tiene un hijo, Francisco Luján (Carlos Larrañaga, que desde “Serenata española” ha modificado su nombre artístico dándole al apellido de su padre la preeminencia), alumno ejemplar de un colegio jesuita que dirige el padre Cifuentes (Jesús Tordesillas). Se inicia la acción (que transcurre durante el reinado de Amadeo de Saboya, en 1872) con el solemne acto de clausura del curso en el colegio del padre Cifuentes. Francisco Luján es honrado con la distinción destinada al mejor alumno del colegio, lo que le llena de emoción, pero no puede ocultar a su compañero Alfonsito Téllez (José Luis Sanjuán) que algo le tiene apesadumbrado, y es que su madre no ha asistido, como prometió, a la ceremonia. Mientras, en los mentideros de la alta sociedad, Curra Albornoz irrumpe a tiempo para desmentir lo que en su círculo de amistades se asegura, que se ha atrevido a solicitar para ella el puesto de camarera de la reina, y para su actual amante, Juanito Velarde (Ricardo Acero), el secretario de su marido, otro puesto análogo en la corte. Los amigos de Curra, partidarios de la Casa de Borbón, están escandalizados, tanto el que lleva la voz (¡y qué voz, se trata de Ramón Martorí!) cantante, el marqués de Butrón, como la maliciosa Isabel (una muy atractiva Elena Salvador), la estirada Carmen Tagle (Rosario García Ortega), la fastidiosa Leopoldina Pastor (Maruja Asquerino), el zumbón Diógenes (Fernando Fernández de Córdoba), el pavisoso Gorito (Rafael Arcos), o el amanerado Tío Frasquito (Félix Fernández). Mientras, en el hogar de los Albornoz, el poseedor del título se enfrenta con un indignado Martínez (Juan Espantaleón), ministro de la gobernación, que no puede tolerar que Curra haya rechazado un nombramiento que había solicitado por escrito por lo que supone de menosprecio a la Corona. Curra consigue tener una entrevista con el ministro en el transcurso de la cual, consigue destruir las pruebas de su insolente petición por el sistema de arrebatar la carta al ministro de sus manos y arrojarla al fuego de la chimenea, que convenientemente había mandado encender a la fiel Miss Kate (María Cañete, otra vez al servicio de Aurora Bautista, como en “Locura de amor”). Esto provoca que el ministro se enfurezca terriblemente, hasta el punto de poner sus frondosas patillas en riesgo de prenderse fuego y que profiera amenazas inadecuadas para ser emitidas hacia una mujer. A todo eso, el pobre Paquito Luján ha llegado a casa con sus diplomas mientras se desenvolvían estas situaciones y nadie le ha hecho el menor caso, lo que le ha llevado a deshacerse en amargo llanto. El ministro Martínez recibe poco después un anónimo que le insta a registrar la mansión de los Albornoz con la seguridad de que encontrará en las habitaciones de la condesa pruebas de su deslealtad a la Corona sin sospechar que se trata de una trampa de la propia Curra. Afortunadamente, su agudo jefe de la policía (Manuel Dicenta) intuye el engaño, por lo que efectúa un cuidadoso registro, desdeñando las pruebas falsas y encontrando, en cambio, unas cartas auténticas que, sin revelar nada importante, permitirán a la prensa deslizar insidias sobre la condesa. Así sucede en las páginas del periódico “La bandera española”, firmadas por el articulista Rivero. Curra Albornoz empuja a su amante Juanito Velarde a batirse en duelo con el gacetillero, tomando la precaución de hacer que le entregue antes sus cartas. Sabe que Rivero es un buen tirador y que así se verá libre de su amante, que ya empieza a resultarle fastidioso. En un baile de sociedad, Curra Albornoz se entera del resultado del duelo. El médico (Manuel de Juan) ha certificado el fallecimiento de su amante en el enfrentamiento con el periodista y Curra no tiene ni una vacilación cuando llega a saberlo. Sólo ha transcurrido media hora de película y han pasado un montón de cosas. Pero “Pequeñeces” no ha hecho más que empezar. En la fiesta, el marqués de Butrón anuncia la caída de Amadeo, se avecina la instauración de la República y la aristocracia en pleno parte con destino a París. Allí entrará en acción el marqués consorte de Sabadell, Jacobo Téllez Ponce (Jorge Mistral), que llega a la capital del Sena procedente de Italia, tras haber desempeñado el cargo de embajador en Constantinopla, un vividor que abandonó a su mujer, Elvira, marquesa de Sabadell (Lina Yegros) y a su hijo, Alfonsito, ocho años atrás y que en el pasado (las cartas interceptadas por el jefe de policía eran suyas) tuvo una relación con su prima Curra Albornoz. Jacobo lleva consigo unos documentos en un sello lacrado destinados al duque de Aosta, su majestad Amadeo de Saboya, comprometedores para los que conspiran contra él, que le fueron confiados en Italia por unos sectarios comandados por un militar de alta graduación (Arturo Marín). Al llegar al hotel de París en el que se alojan los aristócratas españoles que forman el grupo de Curra, se entera por Diógenes de que Amadeo ya no reina en España y Jacobo opta por abrir el sobre y se entera así de que junto a las pruebas que condenan al marqués de Butrón hay también instrucciones para eliminarle a él en cuanto haya servido de correo, pues es tachado de “indeseable”. Sin dinero, ni un objetivo claro, se deja aconsejar por el volátil Tío Frasquito (quien se queda con los lacres del sobre abierto) en el sentido de que Curra Albornoz le puede ayudar dándole los cargos vacantes de secretario de su marido y amante suyo. Efectivamente, la pareja pronto retoma su antigua relación, haciéndolo de un modo cada vez más descarado en el despreocupado París. Curra hasta le regala a Jacobo la miniatura con su propio retrato que le había dado antes a Juanito Velarde (y que le hicieron llegar tras el fallecimiento de éste), una valiosa joya que Jacobo se apresura a mandar restaurar sustituyendo los brillantes buenos por unos de imitación. A esas alturas, el general Pavía ya ha hecho saltar la República en España. Los sectarios, ponen a un agente (Guillermo Marín) en la pista de Jacobo, a propósito de los documentos de los que se apropió. Jacobo, como no puede devolverlos, los utiliza para chantajear al marqués de Butrón, ahora que va a ocupar un ministerio en la Restauración. Con el dinero obtenido, Jacobo regresa a España junto con los Albornoz. En Madrid continúa sin alteraciones la vida licenciosa de la pareja de amantes, hasta que un día Paquito los sorprende juntos cuando precisamente iba a sorprender a su madre regalándole un ramo de camelias. El niño se siente muy decepcionado y escribe al padre Cifuentes para precipitar su regreso al colegio. Su madre se siente avergonzada por primera vez y, tras una entrevista con el jesuita que la deja “planchada”, accede a que su hijo se vaya con el cura. Tras el incidente, Curra Albornoz empieza a dejarse llevar. Bebe en exceso y se pone en evidencia, momento que Jacobo aprovecha para reanudar un ligue que había hecho en París, con una tal Monique (Sarita Montiel) que aparece en Madrid. Pronto se sabe en toda la ciudad que Jacobo se gasta con Monique el dinero que le saca a Curra. Una noche, en la ópera, durante la representación de “El barbero de Sevilla”, Curra sorprende las miradas que Jacobo lanza a un palco (en el que está Monique). Simultáneamente, a Jacobo le llega una nota del agente (que ha recibido orden de asesinarle) citándole. Curra cree que Jacobo ha ido a reunirse con su rival en el palco, pero realmente su amante ha ido a buscar los lacres que cedió al Tío Frasquito en un intento desesperado por salvar la vida, con la intención quizá de reconstruir el sobre lacrado. Pero los lacres han desaparecido de la colección del afeminado Tío Frasquito. Éste, que parece tener más facilidad para pensar que su guapo amigo, le sugiere, como último recurso, que trate de reconciliarse con su mujer, doña Elvira, la marquesa de Sabadell. Y le advierte que lo mejor para ello es entrevistarse con el padre Cifuentes (al que describe como “un jesuíta muy listo, al que no se le puede colar nada de matute”), que tiene un gran ascendiente sobre ella. Mientras Jacobo visita al padre Cifuentes y se entrevista con Elvira, que le pide como condición que le firme un documento según el cual no podrá administrar sus bienes, con lo que frustra las intenciones de su marido, Curra, acompañada de su amiga Isabel, busca a su amante, no hallándole en su casa (donde le recibe un criado al que da vida el entrañable Ángel Álvarez), por lo que, ni corta ni perezosa, se presenta en el domicilio de Monique con el pretexto de pedirle que participe en la tómbola benéfica y baile de disfraces que se van a organizar por la causa de la Restauración. Al despedirse, Monique, que se muestra muy segura de sí, y hasta desafiante, asegura a Curra e Isabel haberse sentido “muy honrada con su visita”, a lo que la primera replica rápida y certera: “Las honradas somos nosotras, señorita”. Jacobo, cada vez más desesperado, se presenta en el baile de disfraces tratando de recurrir una vez más a la condesa de Albornoz, la cual está que trina porque ha tenido que comprar por cinco mil pesetas en la subasta benéfica la miniatura que le había regalado a Jacobo y que, evidentemente, es lo que ha donado Monique. Jacobo es acosado por el agente enviado para matarle que está acompañado de un sicario. En su huida entra a refugiarse en una iglesia, en la que rechaza la confesión que le ofrece el cura (Fernando Aguirre). Más tarde, Curra da con él, pero por desgracia, también sus asesinos, que le matan en la calle, en presencia de su amante, la cual, al abandonar la escena del crimen, pierde en ella una estola de pieles. El suceso se comenta en todo Madrid, la prensa se hace eco y como se desconocen las causas del asesinato, las sospechas de la opinión pública recaen, sin fundamento, en Curra. Ésta trata de luchar contra el vacío que se le hace en la Alta Sociedad ofreciendo una fabulosa cena de gala, pero es un fracaso. No consigue que le acompañe ni su pobre marido (a pesar de que trata de engañarle quitándole importancia a sus dolencias) pues se encuentra enfermo. Los invitados pretextan cualquier excusa para no asistir y sólo se presentan Isabel y Leopoldina, sus “mejores amigas” que sólo acuden para cerciorase del desastre y, cínicamente, para “hacer una obra de caridad”. Curra las echa con cajas destempladas. También le dice al fiel y anciano mayordomo Germán (Nicolás Díaz Perchicot) que queme todas las cartas que están llegando, sin percatarse de que una de ellas es de Paquito (a pesar de que el fámulo trata de advertírselo). En la carta Paquito habla del nuevo colegio en el que está y de que van a ir de excursión al mar. En la desgraciada salida a la costa, una broma de uno de los compañeros de Paquito provoca que éste empuje al mar a Alfonsito Téllez (el compañero había dicho que éste había insultado a la madre de Paquito), lanzándose a continuación al agua para salvarle. Los dos mueren ahogados. Esta desgracia sacude a la hasta ese momento inconsciente madre, que se muestra muy arrepentida ante el padre Cifuentes , ante Elvira, la madre de Alfonsito y esposa de Jacobo (que la perdona, cristianamente) y, por último, ante el féretro de su hijo. Entonces, una voz celestial, la del difunto niño, le hablará manifestándole su alegría porque al fin “ha vuelto a ser buena”. Este final, con la voz de ultratumba de Carlitos Larrañaga hizo temer a la Subcomisión Reguladora de la Cinematografía, tal como expresaron en carta fechada el 11 de agosto de 1949, que “en lugar de conseguir emocionar al público no logre más que provocar la carcajada, lo cual sería lamentable desde todos los puntos de vista”. Tales aprensiones, que se concitaron ante la lectura del guión, no se vieron, increíblemente, confirmadas, pues lo cierto es que en el contexto de la película el momento funciona correctamente, lo que es un mérito extraordinario de Orduña, de Aurora Bautista, del fotógrafo Ted Pahle, del músico Juan Quintero y, en general, de lo acertado de las dos horas previas de película. Todos los aspectos formales y artísticos de “Pequeñeces” ayudan a hacer del film una obra de categoría excepcional en la que es difícil resaltar unos aspectos por encima de otros, pues si los decorados halagan al espectador con su suntuosidad, la música, siempre presente, acompaña con acierto las numerosas e intrincadas incidencias de la trama o a las características de los distintos personajes (así, por ejemplo, la música bufa que sigue las evoluciones del tontorrón conde de Albornoz). Todo el reparto actúa a un nivel extraordinario y se percibe claramente que Orduña disfruta exhibiendo a sus intérpretes, mimando sus actuaciones. Cierta tendencia suya a convertir sus películas en un mero desfile de luminarias no está presente aún en “Pequeñeces”, como tampoco lo estará en “Agustina de Aragón”, films ambos, sin embargo, en los que hasta los menores papeles parecen (y lo están en la mayoría de los casos) interpretados por primerísimos actores y actrices. La habilidad de los guionistas, Vicente Escrivá, Vicente Coello y Ángel A. Jordán se impone de modo que todo el conjunto revierte en beneficio del espectáculo por encima de la suma de las partes. En el futuro, Orduña no contará con un material tan sólido, pero ya hablaremos de ello en su momento. Por lo que toca a Jesús Tordesillas, se muestra muy seguro, muy cómodo y muy sólido en su interpretación del padre Cifuentes, una verdadera roca que, confrontada en sucesivas entrevistas, que articulan el film, con los endebles caracteres de los frívolos y díscolos Curra y Jacobo, no sufre lo más mínimo para respaldar con su superioridad moral la autoridad del clero en general, y de los jesuitas en particular, sobre los comunes (y pecadores) mortales. Parece sinceramente emocionado ante los logros de sus alumnos, en el comienzo del film, y honradamente interesado por los problemas de los irresponsables adultos que se le ponen por delante. Cuando describe ante Curra Albornoz la zozobra de su hijo, pronuncia la palabra clave, “pequeñeces”, de un modo tan significativo que hasta el espectador más adormilado tiene que prestar atención a su interpretación. Poco antes, mientras esperaba que se presentara la condesa, le hemos visto sorprender, sin querer, la portada subida de tono de un semanario. Al voltearla para evitar la pecaminosa visión, se encuentra con que la contraportada es aún más atrevida, por lo que, en un rápido gesto digno del mejor cine cómico silente, tapa la revista con su sombrero. Tal perfección en su cometido actoral probablemente sea la causa de que los papeles clericales menudeen en su carrera futura, alternándose con los del honorable anciano seglar. La incursión en la figura del villano, pese al acierto de “Locura de amor” se dará, en cambio, con mucha menor frecuencia.

“Pequeñeces” arrasó en el II Certamen Cinematográfico Hispanoamericano. Los premios Miguel de Cervantes fueron para Juan de Orduña, como mejor director, Aurora Bautista, como mejor actriz, mientras que Sigfrido Burmann obtuvo el premio a los mejores decorados. Vicente Escrivá, Vicente Coello y Ángel A. Jordán recogieron el premio honoríco por su adaptación de la novela del padre Coloma y, además, la película se alzó con el tercer premio de los del Sindicato Nacional del Espectáculo, y la sensacional Elena Salvador se llevó el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos por su brillantísima creación de Isabel, la amiga de lengua viperina de Curra Albornoz.

Por increíble que pueda parecer hoy, que nuestros más reconocidos directores tardan del orden de cuatro y cinco años en estrenar nuevo film, CIFESA puso en pantalla la siguiente epopeya de Juan de Orduña en sólo siete meses, un tiempo de gestación prematuro que dio como resultado la magnífica “Agustina de Aragón”, una producción que volvía a beneficiarse del poderío de la empresa valenciana, bien respaldada por la financiación estatal, que la calificó “de Interés Nacional” y le otorgó un premio del Sindicato del Espectáculo, y que fue refrendada por el éxito popular que antes cifrábamos en los días de permanencia en el local de estreno. Algo hablamos ya de este film (y de su protagonista) en la entrada-galería “Aurora Bautista, heroína hispánica”. A lo dicho entonces (y no olvidamos que fue mencionada también en la entrada dedicada a Valeriano Andrés), añadiremos hoy que esta espléndida película de aventuras y acción bélica (sobrecargada en exceso, eso sí, de soflamas patrioteras) funciona admirablemente a pesar de su carga ideológica, como sucedía con “Pequeñeces”. Los incidentes de tipo galante y social que constituían el entramado del film anterior eran sustituidos en “Agustina de Aragón” por trepidantes lances aventureros inscritos en un conflicto bélico, el de la Guerra de la Independencia contra el invasor francés. La majestuosidad de los salones, alcobas y suntuosas escaleras de “Pequeñeces” se veían así sustituidas por fragorosas batallas, galopadas y luchas encarnizadas. En ambos films, dominando el centro de la escena, Aurora Bautista, que ya había dejado para la historia del cine su Juana la Loca y que sumaba a tan notable logro dos personajes inolvidables más en un solo año, Curra Albornoz y Agustina Zaragoza Doménech.

“Agustina de Aragón” arranca con la recepción en palacio de una anciana Agustina, que va a recibir la solemne imposición de una condecoración de manos de Fernando VII. La recibe el general Torres (Jesús Tordesillas), ante una formación de alabarderos que le rinden honores. En los salones de palacio, ante reliquias de los Sitios de Zaragoza, la heroína inicia sus recuerdos de juventud, cuando se vio involucrada en la contienda por la Independencia de España. Se trata de un prólogo similar a los de otros films previos de Orduña, como el de “Misión blanca”, donde el anciano “Locura de Amor”, que se abre con una Juana la Loca anciana, o como el de “Serenata Española”, que también arranca con unos personajes envejecidos (los de Robert Brighton y Laura Salcedo) que dan paso a un largo flash back que constituirá el grueso de la acción. La peripecia de la joven Agustina da comienzo cuando da cobijo en su carruaje, durante el viaje que la llevará a reunirse con su futuro marido en un pueblo aragonés, al misterioso fugitivo (Fernando Nogueras) que huye de los franceses que le persiguen, poseedor de unos valiosos documentos para la causa de la Independencia. El desconocido cede los decisivos papeles a su benefactora y le pide que los entregue a Palafox (Fernando Rey) antes de morir. El coche de Agustina es detenido por los franceses, uno de los cuales, un oficial (José Bódalo) se fija en su belleza. Durante el trayecto conoce a la partida de Juan Roca (Virgilio Teixeira), que incluye a la pareja de amigos que forman el catalán “Escudella” (Fernando Sancho, curiosamente el único aragonés del reparto) y el maño Colás (Raúl Cancio), además del tío Jorge (Juan Espantaleón) y el padre Jacinto (Manuel Arbó). Agustina, tras entregar los documentos, llega a la casa de sus tíos, Francisco (Manuel Luna) y Pilar (María Cañete), a donde ha ido para reunirse con su prometido, Luis Montana (Eduardo Fajardo). Desgraciadamente, el futuro marido de la muchacha tiene un grave defecto, es un afrancesado que lee a Voltaire y no contento con eso, mantiene tratos con los que apoyan a Napoleón (Guillermo Marín) y a su hermano, José Bonaparte, a través del jefe de servicio secreto del emperador (Fernando Fernández de Córdoba). Tara semejante provoca el rechazo del tío Francisco primero y de la propia Agustina después, que pronto inclinará sus afectos hacia Juan, especialmente cuando éste la defiende del brutal intento de violación a que la someterá el oficial francés que la ha visto antes en el camino. Juan mata al oficial tras una violentísima pelea, lo que le obliga a esconderse un tiempo en los montes, cosa que hará tras despedirse de su madre (la siempre conmovedora Antonia Plana). En Zaragoza, el pueblo se ha hecho con las armas rebelándose contra las decisiones de las autoridades oficiales, atizado su fervor anti-francés por el coronel Torres y por la primera soflama de Agustina, poniéndose a disposición del general Palafox en la defensa de la ciudad contra el invasor. A partir de ese momento se suceden los asedios a la capital del Ebro. Unos generales franceses relevan a otros en la tarea de derrotar al tozudo pueblo zaragozano que, animado permanentemente por Agustina, superará todas las dificultades del sitio, sobreponiéndose a los cañonazos, el hambre y la peste. En el transcurso de los sitios, Luis Montana se redime asesinando al jefe de servicio secreto francés y Agustina se casa con Juan. Tanto Luis como Juan morirán defendiendo Zaragoza, así como otros muchos, entre cuyos decesos tendrá especial relevancia el del simpático “Escudella”, que expirará de manera monstruosa, llenando la pantalla de negra sangre en un encadenado deslumbrante. Al final, Agustina alcanza el paroxismo de la heroicidad en un climax irrepetible, de dimensión icónica, cuando, tras arengar por enésima vez a los últimos resistentes (un puñado de ancianos malheridos) dispara ella misma el cañón contra las tropas francesas. Como un bálsamo que sella la película, la heroína recibe la condecoración en el plano final, tan “elevado” como el último de “Pequeñeces”.

La labor de Jesús Tordesillas no presenta la misma relevancia que la que tenía en films anteriores de Orduña, algo perdido en la pléyade de personajes uniformados. Como lugarteniente de Palafox, el coronel Torres (al final, general) muestra un grado de heroicidad suficiente, pero el personaje no destaca demasiado en un reparto tan numeroso, en el que sumando los dos bandos, abundan los oficiales cargados de galones, botonaduras y charreteras. Así, Arturo Marín será el mariscal Lefevre, Juan Vázquez, el general Guillelmi, Miguel Pastor Mata, el general Lacoste, Adriano Domínguez, el emisario del ejército francés, Valeriano Andrés, otro oficial del ejército napoleónico, etc, etc … En papeles libres del peso del uniforme, destaca la presencia de Nicolás Díaz Perchicot, como un viejo ciego y del joven Eugenio Domingo, como su lazarillo. Con “Agustina de Aragón” y su multiestelar reparto se puso broche final a un tipo de cine. El maridaje formado por Orduña y CIFESA no conseguiría ya otro éxito semejante, ni otra película de equiparable magnitud. Asociándose, sin embargo, con el Vicente Escrivá de Aspa Films, CIFESA iba a conocer en muy poco tiempo otro gran éxito de taquilla mediante el estreno del film dirigido por José Antonio Nieves Conde, “Balarrasa”, protagonizado por uno de los talentos más inmensos que el cine español ha dado en toda su historia, Fernando Fernán-Gómez.

De “Balarrasa”, film estrenado en los primeros días de 1951, concretamente el 5 de febrero, en el cine Rialto, en el que permaneció 61 días, hablamos ya algo en este weblog con ocasión de la entrada dedicada a Mario Berriatúa, que interpretaba en el film un papel, el del teniente Hernández, que con su muerte, que el protagonista , Javier Mendoza (Fernando Fernán-Gómez) interpreta que le estaba destinada a él, acciona el mecanismo de la conversión moral que lleva a “Balarrasa” a pasar de ser un juerguista vividor y tramposo a ordenarse sacerdote. En el hábil y adoctrinador argumento y guión de Vicente Escrivá, se nos presenta al protagonista como misionero, en el inicio del film, caminando en medio de la helada ventisca de una noche en Alaska, que viendo próximo su fin rememora su vida anterior. Esto da paso a un flash back, que representa la mayor parte del metraje, en el que se nos da una idea de su comportamiento durante la guerra, de cómo, por mediación del Destino, abraza la vida religiosa y de cómo el rector del seminario (Manuel de Juan, quien, curiosamente, siendo doblador, actúa con la voz prestada) le recomienda que, antes de ser ordenado, pase una temporada en su ambiente familiar normal, para asegurarse de la fortaleza de su vocación. Al reingresar en su hogar, Javier Mendoza se reencuentra con su padre, don Carlos Mendoza, y sus hermanos Fernando (Luis Prendes), Mayte (Rosa María Salgado) y Lina (Dina Stern), hallándolos instalados en una vida llena de vicio y perdición. También se reencuentra con la entrañable fámula Faustina (Julia Caba Alba, impecable como siempre) y con el veterano del frente Desiderio (Manolo Morán), que le guardará la lealtad que le tenía cuando estaba a sus órdenes, así como con sus compañeros de francachela, los del club deportivo que capitanea el personaje incorporado por José Bódalo. La influencia de Javier endereza el rumbo de sus descarriados familiares, haciendo que el padre siente cabeza y abandone sus timbas y copichuelas, que Mayte se deje de relaciones peligrosas y se prometa con el inocente y honrado Octavio (José María Rodero), y que Luis rompa con los delincuentes Mario Santos (Eduardo Fajardo) y Zanders (Gerard Tichy). En el desarrollo de tan notable labor reparadora, sólo habrá que lamentar una baja: Lina muere, hacia el final de la película, en un accidente de automóvil cuando se está fugando con su amante. Luego, con el resto de la familia cristianamente reconstituido, Javier podrá ordenarse sacerdote con toda solemnidad y, ya retomando el tiempo del inicio de la película, entregar su alma a Dios, sucumbiendo al rigor de la noche de Alaska.

El film, en el que todas las incidencias argumentales giran en torno a la figura de su omnipresente protagonista, contiene segmentos que serán revisitados en la inmediata “Séptima página”, de la que hablaremos en la siguiente entrega de esta entrada. Así repiten en gran medida sus roles respectivos de padre díscolo e hija desorientada Jesús Tordesillas y Rosa María Salgado, a los que hay que añadir que el papel de novio “bueno”, tímido y responsable en ambos films correrá a cargo de José María Rodero, que en las dos situaciones necesitará la intercesión de un tercero para conseguir el objetivo del favor de la guapa muchacha. También la presencia destacada de Luis Prendes en los dos títulos, tan cercanos, les confiere cierta resonancia. Y la siempre grata de Julia Caba Alba, que repite en ambos títulos el rol de criada uniformada. Por otra parte, una circunstancia muy particular concurre en el rodaje de “Balarrasa”, la cual aparece recogia en el espléndido libro de memorias de Fernando Fernán-Gómez “El tiempo amarillo”. Cuenta en sus páginas el gran actor y director que la película nació en principio como una producción “Aspa Films” que CIFESA se limitaría a distribuir, y que, como tal, inició su rodaje puntualmente y en unos decorados de corte realista, debidos a Antonio Labrada. En el curso de las filmaciones, el jefe de producción, Cuquerella, hombre de confianza de Vicente Casanova (presidente de CIFESA), que había asumido la producción de la película (aunque se mantuvo igualmente el rótulo de “Aspa Films” en los créditos), insistió en cambiar completamente los decorados, que se consideraban indignos del estilo suntuoso de la productora “Antorcha de los éxitos”, haciendo éstos pasaran a ser diseñados por el francés Pierre Schild. Así, con el retraso producido por la confección de los nuevos “sets”, el reparto cambió (por ejemplo, Eduardo Fajardo sustituyó a Alfredo Mayo) y hubo de emprenderse un nuevo rodaje, lo que en el caso de su protagonista, que aparecía mucho en pantalla, suponía interpretar de nuevo casi toda la película. La versión ofrecida por el director de “Balarrasa”, que se desprende de la larga conversación que constituye el cuerpo del libro “José Antonio Nieves Conde, el oficio del cineasta” (Francisco Llinás. 40 semana Internacional de cine Valladolid 1995) califica de “exagerada” la afirmación vertida por Fernán-Gómez, limitando la repetición de tomas a una semana de rodaje, la correspondiente a las escenas que se desarrollaban en el domicilio de la familia Mendoza, las cuales el decorador de Cifesa se encargó de llenar de espejos y jarrones. Otra anécdota de “Balarrasa” recogida igualmente en el libro de Fernán-Gómez hace referencia a la fuerte personalidad de la interesantísima María Rosa Salgado, quien, pese a su juventud, fue capaz de plantarse ante José Antonio Nieves Conde el primer día de rodaje, en un momento en el que el director le había pedido que “sonriera más abiertamente”, a lo que ella se negó en redondo, considerando que era ella quien decidía cómo debía interpretar a su personaje, saliéndose con la suya. Esta disciplina inusitada, máxime tratándose Nieves Conde de un director de trato más bien áspero (todo lo contrario que José Luis Sáenz de Heredia, que dispensaba en sus rodajes la cordialidad más exquisita), admiró mucho al disciplinado Fernán-Gómez, pese a no refrendarla. Nieves Conde, en el libro citado de Francisco Llinás también hace alusión al incidente, pero no entra en detalles y, de sus palabras parece desprenderse que prefirió dejar que la actriz pensara que se había impuesto en la confianza de que luego él acabaría seleccionando el plano que mejor le conviniera.

Jesús Tordesillas, el mismo año que había interpretado de forma harto convincente al heroico general Torres, y al moralizante jesuíta padre Cifuentes, componía en “Balarrasa” un papel, el de don Carlos Mendoza, de señor juerguista y amoral, sin más interés en la vida que el de inclinarse sobre el tapete con un mazo de cartas, vaciando rápidamente cuantas copas de licor se ponen a su alcance. Esta incorporación en una película que, a diferencia de las rodadas a las órdenes de Juan de Orduña, se inscribía con solvencia en la contemporaneidad, demostraba, por si quedaba alguna duda, lo que Jesús Tordesillas era entonces, un actor genérico de eficacia irreprochable y de brillantez intachable.

Epílogo a la segunda parte

En la siguiente entrega trataremos de concluir el repaso a la carrera profesional de Jesús Tordesillas. Nos detendremos entonces en sus repetidas colaboraciones con los directores Luis Lucia, Ladislao Vajda y Ramón Torrado, además de en sus incursiones en el cine de género, en los años sesenta, y repasaremos sus últimas apariciones, ya en su etapa de decadencia, en la estrecha parcela del cine español de los años setenta en la que le franquearon el acceso. En la prolongada andadura del actor Jesús Tordesillas, como hemos visto en el capítulo que se cierra aquí, algunos directores noveles contaron con sus servicios. La experiencia, en algunos casos, parece que dejó ingrato recuerdo en él, a tenor de lo que declaró a la revista Cámara en la entrevista publicada en su número 76, publicado el 1 de marzo de 1946. A la pregunta “¿Qué es lo peor del cine español?”, don Jesús contestaba sin dudar que: “Los espontáneos”. El entrevistador protestaba: “¡Que no estamos hablando de toros!” y don Jesús se explicaba: “Es que, en el cine, también hay espontáneos que saltan al plató a lidiar el toro del celuloide”. “Y los coge”, apostillaba el periodista. “¡Eso es lo malo! –remataba Tordesillas- ¡Porque si los cogiera sólo a ellos!... Pero la “cornada” viene a recibirla siempre el prestigo de nuestro séptimo arte.” (¿En quién estaría pensando don Jesús?)

En el mismo reportaje, Tordesillas aludía a lo que parecía una de sus obsesiones, la promoción y salvaguardia del “espíritu español”, una idea fija que creemos encontrar en su carrera artística y que, para el gusto de este burgomaestre, desluce los méritos de su buen oficio. Español hasta la ofuscación, embebido de esencias patrias, don Jesús contesta a la pregunta “¿Y qué es lo mejor del cine español?” con un desmelenado: “Lo mejor se produce cuando lo que se hace es eso: español”. Poco después, cuando el reportero le inquiere a propósito de qué actor le habría gustado ser en España y en el extranjero, de no ser Jesús Tordesillas, contesta que “Español, Ricardo Simó-Raso, el mejor actor que ha habido en el mundo”. Ante el silencio subsiguiente, el periodista insiste: “Ahora falta el extranjero”, a lo que nuestro protagonista replica: “No, no; perdone. Extranjero, ¡nunca! No quiero dejar de ser español ni en hipótesis.”

Un tipo de una pieza, este Tordesillas... (Continuará)

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jueves, abril 23, 2009

Jesús Tordesillas, un genérico de largo recorrido. (Primera parte)

El prestigio ganado por el actor Jesús Tordesillas ha sobrevivido mal al inexorable paso del tiempo. Sus méritos artísticos, premiados puntualmente y con prodigalidad durante su periodo de vida activa, no se han beneficiado de circunstancias favorables que los preservaran del olvido. Así, compañeros suyos de generación y de similares registros, se ganaron el reconocimiento masivo y popular a través de su incorporación cotidiana a la pantalla de la televisión (casos de Manuel Dicenta, Guillermo Marín o Francisco Pierrá), otros coetáneos, igualmente procedentes del teatro, como los anteriores, si bien no tan asiduos del medio televisivo, contaron a su favor con el cultivo del género cómico (de todos, el más acertadamente tratado por la cinematografía hispana) para asegurarles un lugar preferente en la memoria del público (como el gran Pepe Isbert, Mariano Azaña, Antonio Riquelme, o Joaquín Roa). Tampoco tuvo Jesús Tordesillas la fortuna de ser invitado a participar en ninguno de los escasos e inolvidables festines interpretativos que jalonan la historia de la cinematografía española. Ningún título de los que conforman la filmografía de Jesús Tordesillas tiene entidad comparable a cimas reconocidas crítica y popularmente tales como “Bienvenido míster Marshall”, “Plácido”, “El pisito”, “Atraco a las tres”, “Marcelino Pan y Vino”, “Historias de la radio”, “La vida por delante”, “Calle mayor”, “Surcos”, “La gran familia”, “La calle sin sol” o “Mariona Rebull”, o “La caza”. Sólo películas como “Balarrasa”, cuyo adoctrinamiento moral la deja hoy anclada al pasado, o las orduñescas “Locura de amor” o “Agustina de Aragón”, en las que su figura aparece cubierta por la pátina de la ambientación histórica y confundida entre otras muchas igualmente enmascaradas por la escenografía y el vestuario “ad hoc”, tuvieron verdadero éxito popular, y aún estas cayeron, en poco tiempo, en la sima de lo “demodée”.

Y no obstante, Jesús Tordesillas, pese a quedar su nombre asociado a propuestas hoy anticuadas, revelaba en sus interpretaciones una cualidad especial, cierta modestia natural que impregnaba su tipología de “respetable hombre mayor”, proclive a la bonhomía y cercano a la nobleza, dotándola de un valioso verismo. Y esta cualidad, tan grata al espectador como difícil de conseguir por medio de artificios, le permitió a Jesús Tordesillas encarnar sin acartonamientos ni rigideces personajes tan monumentales y totémicos como al emperador Carlos I de “Jeromín”, al Luis I de Baviera, en “Lola Montes”, o al William Shakespeare de “Un drama nuevo”.

Las claves de don Jesús Tordesillas

Por lo que sabemos, nuestro protagonista de hoy perteneció por entero a la idea estereotipada de la España tradicional y de firmes convicciones reaccionarias (y algo delirantes) del franquismo. Defensor a ultranza de “lo español”, en su acepción más carpetovetónica, debía sentirse a sus anchas encarnando al emperador Carlos I (y V de Alemania), ensanchador de la grandeza del imperio patrio, defensor de la fe católica y, al mismo tiempo, proclive al desliz carnal, el cual puede lavarse muy píamente con bulas y rezos de rosarios. Amante de los toros, del flamenco y de la “cultura” enraizada en lo celtibérico, Jesús Tordesillas, se inició profesionalmente en el teatro de la mano de los hermanos Álvarez Quintero, como su compañera Társila Criado, con quien formaría compañía y compartiría escenario tanto en el Madrid de los años treinta como en el resto de los teatros españoles. En el seno de cuya formación, por cierto, y procedente de la compañía de Julia Lajos, iniciaría su ascensión a la fama un joven Antonio Casal, a quien Jesús Tordesillas se encargaría de aleccionar, haciéndole ver, por lo que sabemos, que su camino estaba en el género cómico, dado que el público, ante la impavidez del actor gallego, reaccionaba con la risa. Pero Antonio Casal será motivo de otra entrada, que deparará el futuro. Volviendo a Jesús Tordesillas, de su experiencia con Társila Criado quedará constancia fílmica en la adaptación que del drama benaventiano, “La malquerida”, realizará José López Rubio, entre 1936 y 1939, con el trágico desarrollo de la Guerra Civil interponiéndose entre el principio y la conclusión de su rodaje. Precisamente, José López Rubio es uno de los directores más decisivos en los primeros pasos en el medio cinematográfico de Jesús Tordesillas, dirigiéndole en cuatro films de los de la primera etapa de su carrera: “La malquerida” (1939), “Pepe Conde” (1940), “Eugenia de Montijo” (1944), y “El crimen de Pepe Conde” (1946). En las dos entregas de las aventuras del actor cómico Miguel Ligero como Pepe Conde, Jesús Tordesillas hace el papel de Don Gaspar, el desocupado marqués de Hinojo, y tiene especial protagonismo en la segunda, pues es el impulsor de la trama que lleva a hacer creer al héroe, mediante una de sus habituales bromas, que ha vendido su alma al diablo. En “Eugenia de Montijo”, es Próspero Merimée, y en el drama benaventiano es Esteban, el segundo marido de la Raimunda (Társila Criado) y padrastro de Acacia (Luchy Soto), tal como describimos en la entrada titulada “Dos primos figurantes”, al ocuparnos de esta película. La preeminencia de la figura de Jacinto Benavente en la escena española durante su prolongada actividad literaria se pone de manifiesto en la carrera de Jesús Tordesillas quien lo representará en los escenarios repetidamente. El siguiente, tras José López Rubio, de los directores más influyentes en ese momento de la carrera del actor es Eusebio Fernández Ardavín quien le repartió el papel de Julio Mendoza en “La marquesona” (1940), una de las tres películas en las que, en la década de los cuarenta, lo dirigió. Las otras fueron “La florista de la reina” (1940) y “Neutralidad” (1949) que, como recordará el habitual de “Lady Filstrup”, supuso el debut en la pantalla de Gérard Tichy. Si López Rubio y Eusebio Fernández Ardavín contaron con Jesús Tordesillas de manera habitual, aún mayor fue la frecuencia con la que Juan de Orduña recurrió al actor para que interpretara uno de los papeles de sus películas. Hasta en trece ocasiones, el director (galán de la pantalla, en primer término) tuvo a sus órdenes a Jesús Tordesillas, incluyendo en la lista sus mayores éxitos, concentrados éstos en el breve periodo de tiempo que da inicio a la década de los años cincuenta. Así, nuestro protagonista de hoy figura destacado en los repartos de: “Leyenda de feria” (1945), “Un drama nuevo” (1946), “Misión blanca” (1946), “Serenata española”(1947), “La Lola se va a los puertos”(1947), “Locura de amor” (1948), “Vendaval”(1949), “Agustina de Aragón” (1950), “Pequeñeces” (1950), “Alba de América” (1951), “Zalacaín el aventurero” (1954), “La leona de Castilla” (1957) y “Teresa de Jesús“ (1962). Otros directores decisivos en la carrera de nuestro protagonista de hoy (sin llegar, por supuesto, al grado de afinidad de Orduña), fueron el húngaro Ladislao Vajda Weisz (Budapest, 1906- Barcelona, 1965), que le dirigió en “Séptima página” (1951), “Doña Francisquita” (1952) y “Tarde de toros” (1956); Luis Lucia, para quien actuó en cinco ocasiones: "De mujer a mujer” (1950), “Jeromín” (1953), “La lupa” (1955), “El Piyayo” (1956) y “Un ángel tuvo la culpa” (1960); con el gallego Ramón Torrado, tuvo ocasión de trabajar en su etapa siguiente, ya en los años sesenta, en tres films: “Fray Escoba”(1961), “Ella y los veteranos” (1961), “Cristo Negro” (1962) y “Bienvenido, padre Murray” (1963); otras tres películas, filmadas desde finales de los cincuenta hasta rebasado el ecuador de los sesenta pusieron a Jesús Tordesillas a las órdenes del italo-argentino Luis César Amadori: la muy exitosa “¿Dónde vas, Alfonso XII?” (1958), y “Una gran señora” (1959) y “Acompáñame” (1966), vehículos éstas últimas al servicio de sus protagonistas, Isabel Garcés y Rocío Dúrcal, respectivamente.

A sus directores más habituales (Juan de Orduña, López Rubio, Luis Lucia, Eusebio Fernández Ardavín, Ramón Torrado, Luis César Amadori) hay que añadir otros con los que colaboró puntualmente, como José Antonio Nieves Conde, quien puso al actor en el cartel de “Balarrasa” (1950), quizá su película de mayor éxito popular, en un año extraordinario para el actor, pues a la del film de Nieves Conde, Jesús Tordesillas pudo sumar intervenciones en otros éxitos del año, como las dos películas de Juan de Orduña de tremendo impacto popular, “Pequeñeces” y sobre todo, “Agustina de Aragón”, o como “De mujer a mujer”, duelo interpretativo entre las estrellas Ana Mariscal y Amparo Rivelles, que dirigió Luis Lucia. Nieves Conde volvió a convocar a Tordesillas para su película “La legión del silencio”, que comentamos aquí en la anterior entrada, dedicada a Fernando Cebrián, que hacía en ella su debut en el cine.

Jesús Tordesillas también actuó a las órdenes de otros destacados directores como Antonio del Amo, Manuel Mur Oti, Arturo Ruiz-Castillo y el más habitualmente productor (como veremos, frecuentemente de películas en las que intervenía el actor) Eduardo Manzanos Bronchero, quien le adjudicó uno de sus pocos papeles de protagonista en “El andén” (1953).

Un poco de su mucho teatro

Apartado de los escenarios cuando mayor era su actividad cinematógrafica, mediada la década de los cuarenta, reemprendió la actividad teatral de la mano de su compinche Manuel Luna, con quien -como veremos- había actuado repetidamente ante las cámaras, y formó con él una compañía que representó comedias de repertorio por los teatros de España hasta el fallecimiento del señor Luna, que se produjo en junio de 1958. Previamente a la formación de esta sociedad, Jesús Tordesillas había actuado, en lo que podría considerarse colofón a una larga ejecutoria en los escenarios, en la Compañía del Teatro María Guerrero, en la representación de “Diez minutos de parada ¿Quién soy yo?”, montaje dirigido por Carlos Fernández Cuenca, que le reunió sobre el tablado con Aurora Bautista, Fernando Rey, Eduardo Fajardo, Félix Dafauce, Carlos Muñoz, María Esperanza Navarro, Maruchi Fresno, Margarita Andrey, Emma Penella y Manolo Morán, todos ellos, estrellas de la pantalla grande. La excepcional función del María Guerrero supone apenas una gota en el océano de una actividad teatral que se prolongó durante sesenta y cinco años de profesión en los que Jesús Tordesillas estrenó ciento setenta y dos comedias de autores tales como Gregorio Martínez Sierra, Jacinto Benavente, Eduardo Marquina, Alfonso Paso y Abati, o Asenjo. De las obras originales de don Jacinto Benavente, tenemos constancia de los estrenos en el Teatro de la Comedia de la obra “Cualquiera lo sabe”, el 13 de febrero de 1935, en la que le repartieron el papel de “Don Rosendo” y donde tuvo como compañeros en el escenario a Mariano Azaña (como “Benito”), a Manuel Dicenta (como “Félix”) y a las damas de la escena Guadalupe Muñoz Sampedro (como Doña Adelaida”) y a Elvira Noriega. Nueve años más tarde, el 19 de enero de 1944, hizo de “Mauricio” en el poema escénico en cuatro actos “Nieve en mayo”, actuando junto a Mary Carrillo (para quien don Jacinto había escrito la obra, la cual le proporcionó a la actriz la primera ocasión en que su nombre estaba por encima del título, en el cartel), que hacía el papel de “Blanca”, Mariano Asquerino (como “Rafael”) y Diego Hurtado (como “Eddy”). La obra se ambientaba en Granada, en el Sacromonte, lugar en el que el autor se había inspirado mientras acompañaba a Mary Carrillo durante el rodaje de “El doncel de la reina” (Eusebio Fernández Ardavín, 1944) en la capital andaluza. Nuevamente con Mary Carrillo como protagonista (en el doble papel de “Guillermina” y “María de las Nieves”), el estreno de la comedia en tres actos “La ciudad doliente”, que se produjo el 14 de abril de 1945, contó con Jesús Tordesillas en su elenco, que hizo esa vez el papel de “El doctor”. Completando el reparto, entre otros destacados intérpretes se hallaba Antonia Plana (como “Doña Esperanza”), Mariano Asquerino (como “El novelista”), Diego Hurtado (como “Florencio”), y Roberto Camardiel (como “Fernando”). A Enrique Jardiel Poncela, integrando igualmente la compañía titular del Teatro de la Comedia, don Jesús le estrenó el 20 de diciembre de 1935 su comedia “Las cinco advertencias de Satanás”, interpretando el papel de “Ramón”, al lado de Mariano Azaña (como “Pedro”), Guadalupe Muñoz Sampedro (en el papel de “Alicia”), Ricardo Canales que hacía el protagonista, “Félix”, y José Marco Davó, que hacía el papel de “Leonardo”, sin aparecer en escena, prestando sólo su voz. En esta comedia agridulce, de inspiración fantástica, un seductor (Félix) que tiene la costumbre de pasar sus conquistas amorosas a su amigo Ramón una vez se ha cansado de ellas, decide poner fin a sus actividades donjuanescas justo antes de recibir de Lucifer cinco advertencias de otras tantas desgracias. La última de ellas es que se enamorará perdidamente de una mujer, que será correspondido por ésta y que deberá rechazarla inevitablemente. Esta mujer, Coral (Elvira Noriega en su debut como primera actriz), resultará ser su hija. Con el corazón roto, Félix se la cede a su amigo Ramón.

Relación permanente, pero inestable, con el cine

El estereotipo fílmico habitual de Jesús Tordesillas fue variando al paso de las décadas. Si en un primer momento se le identifica frecuentemente con el rol de villano (alguno de ellos tan matizado como el de “La malquerida”), o, cuando menos, de personaje de cierta ambigüedad moral, susceptible de redención final, conforme los años fueron blanqueando su noble cabeza y empequeñeciendo su menuda figura, la figura del anciano amable se fue imponiendo sobre el malvado. A este principio general, hay que añadir su nutrida galería de clérigos de todo tipo, sacerdotes, párrocos, frailes y misioneros que, desde la pantalla grande difundieron la doctrina de Cristo y practicaron las virtudes teologales, esparciendo sus bienes por toda clase de descarriados o confortando al afligido. Otra vertiente muy habitual en la filmografía de Jesús Tordesillas la conforman sus personajes históricos, revestidos de dignidades aristocráticas o de mando militar, adornados muchas veces con el seguro dominio de la esgrima (un valor muy estimable para la interpretación o, simplemente, para dar sablazos). El hombre adinerado, de sólida posición económica, es también un rol de los que más repitió en la pantalla, con la variante del señorito andaluz, incluida. Fuera de estos parámetros, señalaremos que Jesús Tordesillas consiguió sus más meritorias actuaciones o, como mínimo, las más llamativas, como la que realizó en la piel del enigmático Patricio Allen, el marino irlandés de “Las inquietudes de Shanti Andía” (Arturo Ruiz-Castillo, 1947).

Marginado por la edad y por los nuevos y renovados rumbos del cine español, Jesús Tordesillas vivió su decadencia profesional a partir del nacimiento del llamado “Nuevo cine español”. Podría haberse retirado, y según él dejó dicho así lo intentó, pero un ataque de neurastenia motivado por la conciencia de “no volver a ser actor” le impulsó a postularse para continuar trabajando aunque fuera en papeles casi testimoniales, en los que prestaba su presencia de anciano apacible sin aparente esfuerzo, llegando, en esta línea de confortables colaboraciones, a interpretarse a sí mismo en dos películas de escasa valía, como fueron “El relicario” (Rafael Gil, 1970) y “La boda y la vida” (Rafael Romero Marchent, 1974). También es posible que su proclamada aversión al ahorro (que él veía más como un defecto detestable que como una virtud, según proclamaba en entrevista concedida a la revista “Cámara”) le obligara a continuar en activo por imperativos económicos. Esta laboriosidad, que no dejó de tener su recompensa oficial, que enseguida diremos, se desarrolló habitualmente en proyectos de productoras afines (en el tiempo de esplendor –ya pasado- y en filiación política). Sus prestaciones, que por teatrales, no habían sido consideradas por los cineastas emergentes, de mediados los cincuenta, tampoco fueron tenidas en cuenta por los valores más jóvenes de los sesenta. Su ancianidad estuvo frecuentemente al servicio de films intrascendentes de mera explotación comercial, donde prestaba su avejentado físico al estereotipado rol de abuelito (si había niño cantor por medio), de un avejentado clérigo (de la nutrida galería de ellos que había ido representando a lo largo de su carrera), o de honorable padre del héroe (si la cosa iba del Oeste). Y es que los tiempos, a pesar de los pesares, iban cambiando, y Jesús Tordesillas, tan pronto como asumió la cima del éxito, en los albores de la década de los cincuenta, cayó para quedarse, pocos años después, en la sima del olvido del público, que, como era su obligación, prestaba su atención renovada a nuevos artistas. En cambio, las instituciones sí recordaban al actor, como prueba el hecho de que fuera distinguido con el título de Productor Ejemplar el 18 de julio de 1962, y que el mismo Francisco Franco le entregara la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo a Jesús Tordesillas pocos meses antes de que éste cumpliera los ochenta años de edad. Poco después de hacerlo, el 24 de marzo de 1973 Jesús Tordesillas expiraba, dejando, para la Biblioteca del Teatro un fondo de seis mil libretos teatrales. Afortunadamente, hoy podemos disfrutar de lo bueno que el actor hizo, prescindiendo de consideraciones coyunturales, por muy justificadas que estuvieran, y el respeto que sólo le tuvieron sus contemporáneos ideológicamente cercanos podemos sentirlo también, admirando su oficio, los que estamos bien alejados de sus coordenadas políticas.

Trazado en el capítulo precedente un esbozo de la trayectoria profesional de Jesús Tordesillas, pasaremos a continuación a comentar cronológicamente algunos de los títulos que conforman su trayectoria profesional, a efecto de que sirvan como representación de la totalidad, que rebasa, sólo en el medio cinematográfico, la más que respetable cifra de noventa películas.

Creciendo en el escenario y madurando en la pantalla (1904 – 1945)

Jesús Tordesillas Fernández nació en Madrid el 23 de enero de 1893. Siendo un niño de corta edad, sufre la proverbial picadura del gusanillo escénico al representar en el colegio “Aprobados y suspensos”, de Vitor Aza. A los once años, don Tirso Escudero, empresario del Teatro de la Comedia, le reclama para que sustituya a Pedro Zorrilla en la comedia “El niño de oro”, con Catalina Bárcena en lo alto del cartel. De muchacho, consigue una colocación en el Banco Español de Crédito, ocupación que combina con representaciones de teatro de aficionados. A una de ellas, a la de la comedia “Los galeotes”, asisten sus autores, los archifamosos hermanos Álvarez Quintero, acercándose, al término de la función, Serafín a felicitar al joven Tordesillas y a sugerirle con su comentario que pase a dedicarse profesionalmente a la interpretación. Al estímulo verbal unieron en 1911 la acción, al convocar a José Tordesillas para que tomara parte en el reestreno de su obra “El patio”. A los dieciocho años, el actor abandona definitivamente su empleo en el banco y comienza su carrera como actor profesional, debutando con un papel minúsculo, sin letra, en la benaventiana “La losa de los sueños”, el de “El echador” (sencillamente, el mozo que sirve café con leche a los protagonistas). Tan escasamente destacado rol pronto se verá mejorado en comedias futuras, para tranquilidad del principiante, cosa que el mismo Jacinto Benavente se encargará de asegurarle al joven Tordesillas, que llegará a estrenar cinco obras del laureado autor y que llevó quince de sus comedias en la gira que hizo por Sudamérica en los años veinte. De la amistad que nació entre dramaturgo y cómico quedó el testimonio de un retrato que el primero le hizo al segundo y que le regaló, dedicado.

El debut en el cine de Jesús Tordesillas llega, según testimonio suyo recogido en la entrevista publicada en el libro correspondiente de las serie “Los cómicos”, de Manuel Román, con el ignoto film “Tauromanías”, por cuya participación el actor percibió una remuneración de cinco duros, el cual fue también conocido como “Los oficios de Rafael Arcos”, título que recogía el nombre de su guionista y protagonista, padre, por cierto, del actor del mismo nombre, con quien Tordesillas trabajaría en décadas posteriores. La fecha de estreno fue la del 4 de mayo de 1916, la dirección, de Francisco Elías y, junto a Tordesillas y Rafael Arcos, actuaba en la pantalla Joaquín Carrasco.. A esta primera experiencia en celuloide siguió “Flor de España”, film de 1922 dirigido por José María Granada y, con posterioridad llegaría el gran éxito de “Currito de la Cruz”, primera de las cuatro adaptaciones al cine de la novela homónima del crítico taurino Alejandro Pérez Lugín, que firmaba sus crónicas bajo el seudónimo de “Don Pío”. La película, en la que Jesús Tordesillas encarnaba a una figura del toreo, además de un gran éxito popular (el cual le alcanzó en La Habana, donde actuó dos años, entre 1925 y 1927, y que le valió una oferta de trabajo de la Fox hollywoodiense que se vio obligado a declinar), supuso para el actor la satisfacción de lidiar con buen arte en la pantalla, adornándose con alguna que otra revolera. Aunque para las escenas de riesgo fue doblado por el diestro Antonio Márquez, Jesús Tordesillas no era un completo profano en la materia, pues tuvo ocasión de torear alguna becerra y hasta recibió en una ocasión un puntazo. Otras aficiones, a propósito, muy raciales (y algo más elevadas, quizá) de nuestro protagonista de hoy por aquellos años, eran también las de tocar la guitarra (española, por supuesto), escuchar flamenco degustando manzanillas durante noches enteras, hasta bien entrada la mañana siguiente, en diversos tablaos, como el de “Villa Rosa”, donde escuchaba a Antonio Chacón, y acudir a las tertulias literarias del salón del Teatro Lara, compartiendo mesa y conversación con don Jacinto Benavente, Linares Rivas, Gregorio Martínez Sierra y López Silva, entre otros. De su contacto con tales literatos tal vez naciera su vocación escritora que le llevó a autoeditarse un puñado de opúsculos, de los que conocemos el título de, al menos, uno, “Naderías”, recopilación de pensamientos y breves leyendas. Por completar el capítulo de las aficiones de Jesús Tordesillas, antes de retomar el hilo de su trayectoria profesional, añadamos sin más tardanza que fue toda su vida un apasionado del circo y que su primera vocación había sido la de acróbata.

Producida en 1933, “Madrid se divorcia”, se estrenó en la capital de España en febrero de 1935, presentando en los papeles protagonistas a la pareja, matrimonio en la vida real, que formaban Jesús Tordesillas y Rosita Lacasa. Entre el rodaje y el estreno de esta película, que aprovechaba con el debido oportunismo la aprobación del gobierno de la República de la Ley de Divorcio, la esposa de Jesús Tordesillas había participado de manera destacada en la película de debut de José Luis Sáez de Heredia, “Patricio miró a una estrella”, deliciosa comedia de tintes fantásticos protagonizada por Antonio Vico. Asimismo, tuvo un papel principal en la versión sonora de “La hermana San sulpicio”, mítico film de los dirigidos por Florián Rey a mayor gloria de su estelar pareja, Imperio Argentina, buena amiga de Jesús Tordesillas con quien, casualmente no trabajó nunca. Con posterioridad a estos títulos, Rosita Lacasa actuó también en la comedia “Veinte mil duros”, basada en la comedia teatral de Leandro Navarro y Adolfo Torrado que, dirigida por Willy Rozier en 1935 no se estrenó en Barcelona hasta marzo de 1936, y en Madrid, hasta octubre de 1938. En “Madrid se divorcia”, película que firmaron Alfonso Benavides y Adelqui Millar sobre un argumento de Enrique López Alarcón y con guión de Alfonso Benavides, la trama se centraba en la fiebre divorcista que se apoderó del mundillo artístico con motivo de la aprobación, en agosto de 1932, de la ley del divorcio por el gobierno presidido por Azaña.

Dirigido por Eusebio Fernández Ardavín

Hasta ahora, en este weblog habíamos citado más a Eusebio Fernández Ardavín por su condición de tío de César Fernández Ardavín que por los méritos de su labor profesional. Pero es el caso que el director de “El abanderado”(1943) estrenó en 1940 dos títulos en los que intervenía Jesús Tordesillas, “La florista de la reina”, que trasladaba al cine una obra teatral de su hermano Luis, mediante una adaptación llevada a cabo por Rafael Gil, y “La marquesona”, producción CIFESA adaptación a su vez de la comedia original de Quintero y Guillén, efectuada por el propio director. Tanto una como otra contaban con protagonistas femeninas : María Guerrero López (sobrina de la famosa María Guerrero) la primera, y Pastora Imperio, la segunda.

Eusebio Fernández-Ardavín (Madrid, 1898-Albacete, 1965) se inició en el cine realizando películas “amateur” desde los diecinueve años, hasta rodar su primer largometraje en 1925 que ya adaptaba una obra de su hermano Luis, “El reloj del anticuario” (o “Del rastro a la castellana”) en 1925. Este primer film, todavía no comercial, sigue la fundación de una empresa, “Producciones Ardavín” mediante la cual llevará a cabo la realización de tres largometrajes más sobre otras tantas creaciones de su hermano dramaturgo, “La Bejarana” (1925), El bandido de la sierra” (1926) y “Rosa de Madrid” (1927). Tras rodar en colaboración con Nemesio M. Sobrevila el mediometraje “El sexto sentido” (1929), viaja a París, contratado por los estudios Paramount de Joinville, para encargase de supervisar los diálogos y la producción de las versiones españolas de los films que allí se producen. De vuelta a España, en 1932 accede al puesto de director de producción de la nueva productora Sociedad CEA (Sociedad Cinematográfica Española Americana), donde inicia su carrera más profesional con “El agua en el suelo” (1934) sobre un argumento pensado para el cine de los hermanos Álvarez Quintero y protagonismo de la debutante Maruchi Fresno. Las dos películas producidas en 1940, precisamente con participación de Jesús Tordesillas, se cuentan entre sus más rotundos éxitos. La primera en estrenarse, concretamente, el 23 de marzo del año de su producción fue “La marquesona”, adaptación de una comedia de Antonio Quintero del mismo título, que se inscribía con toda naturalidad en la línea de trabajo de CIFESA de aquel tiempo, fácilmente reconocible si se tiene en cuenta que “La marquesona”, protagonizada por Pastora Imperio, se estrenó menos de un mes después de “La Dolores”, que contaba con Concha Piquer como protagonista, y cuarenta días antes de que la productora valenciana pusiera en las pantallas “La gitanilla”, con Estrellita Castro en la cabecera de cartel. Rodada en los Estudios Orphea, que, como veremos, el madrileño Jesús Tordesillas frecuentó en aquellos años, “La marquesona” tenía como jefe de producción a Aureliano Campa Morán (el habitual cuando el rodaje del film se verificaba en la Ciudad Condal), y contaba la historia de una antigua “cantaora y bailaora” de flamenco que consigue reverdecer los laureles del éxito y que trata de reconciliarse con su hija, Rosa (Luchy Soto), la cual le había abandonado. En el film, Jesús Tordesillas corría a cargo de representar el papel de “Julio Mendoza”, el primer papel masculino en importancia, lo que no comportaba, por otra parte, demasiada importancia. La película, que costó la friolera de 900.000 pesetas,